Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Los Tres Elementos
Eduardo García Gaspar
23 febrero 2008
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: Análisis
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El siguiente es un resumen de un más largo ensayo, titulado Razón, Libertad, Amor (PDF 600 KB). La tesis central establece que la libertad, la razón y el amor forman un elemento único en sí mismo y que uno no puede existir sin los otros dos, so pena de crear una existencia terrible para los seres humanos: gracias a la libertad podemos realizar decisiones, gracias a la razón podemos reflexionar, analizar y aprender de nuestras acciones, y gracias al amor podemos guiar esas acciones.

La libertad, por tanto, tiene como instrumento a la razón y ésta tiene como guía al amor. Gracias a la libertad podemos elegir, gracias a la razón podemos aprender de acciones propias y ajenas, y gracias al amor podemos guiar esas acciones y elecciones. La libertad, quiero dejarlo claro, tiene como instrumento a la razón y ésta tiene como guía al amor.

Propongo aceptar que los humanos somos libres y que tenemos la capacidad de razonar, lo que la experiencia nos demuestra mil veces al día. Una consecuencia de esta realidad es la singularidad de cada ser humano, tan distintos entre sí, que somos únicos e irrepetibles.

Con aún mayor importancia propongo aceptar que la libertad y la razón van juntas y que una sin la otra no tienen sentido. Sin razón pero libres, no sabríamos siquiera que somos libres; nuestra vida seria una serie de acciones al azar, sin orden ni concierto. Sin libertad, nuestra razón viviría una existencia cruel por no poder realizarse.

Si aceptamos que somos seres libres necesariamente deberemos aceptar que somos racionales; la mera idea de saberse libres supone la existencia del poder de razonar. Poder decir que soy libre es igual a decir que pienso; y esto es lo que me hace proponer, hasta este momento, que la esencia humana está formada por el conjunto indivisible de libertad y razón.

Posteriormente introduzco un elemento adicional, la realidad de nuestra vida en sociedad, en contacto continuo con otras personas que poseen esa misma esencia de libertad y razón. Esta realidad cotidiana nos obliga a aceptar la idea de que somos diferentes en nuestras características, pero iguales en nuestra esencia; la sociedad brinda la oportunidad de complementarnos unos con otros, de necesitarnos unos a otros, en relaciones de mutua dependencia, que requieren reglas de comportamiento. Esas reglas necesariamente deben estar basadas en la esencia humana, de libertad y razón.

Concretamente escribo que si reconocemos que la libertad es imposible sin la razón y que la razón es inútil sin la libertad, y que ambas son parte de la naturaleza humana, no queda más que reconocer que la sociedad en la que vive el ser humano debe ser respetuosa de ellas dos, de la libertad y de la razón. No puede ignorarse a una en beneficio de la otra; tampoco puede impedirse su uso en algunos seres humanos y en otros permitirlo. Peor aún, si ello se realizara, la sociedad sufriría de la falta de contribución al bienestar general de esos que no son libres o se les impide usar la razón.

Lo que la afirmación anterior implica es una relación causal entre esencia humana y bien común, o como quiera llamarse al bienestar y a la felicidad personal. Si los seres humanos son dejados libres y así son capaces de usar su razón lo que necesariamente viene a la larga es el bienestar; desde luego, debe aceptarse la posibilidad de situaciones negativas, de retrocesos, crisis y marchas hacia atrás, pero al mismo tiempo es cierto que en el muy largo plazo debe verse un panorama positivo. Una prueba de esto se encuentra en los mejores estándares de vida de las democracias con relación a los regímenes cerrados que ponen severos límites a la libertad humana.

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Visto de otra manera, podemos concluir que existen arreglos sociales que son congruentes con la esencia humana y que hay otros que no lo son; muy posiblemente sea esto una función continua más que una dicotomía. Basado en esto repito la idea de que es posible cometer un error grave, el de defender a la democracia como el más alto valor, cuando ella es sólo un medio, pues el valor verdadero es la esencia humana, su libertad y su razón.

Como ya indicó Lord Acton, un demócrata puede cometer errores en su pensamiento que no comete un defensor de la libertad, todo por no reconocer cuál es el máximo valor a defender.

Esta es una visión de la sociedad humana que se entiende como formada por seres con potencial para hacer contribuciones positivas cuyo origen está en su libertad y su razón. Es una sociedad en movimiento ininterrumpido, cuyas circunstancias cambian debido en última instancia a la esencia humana de libertad y razón. Al aceptar esto, no hay más remedio que aceptar también la posibilidad de regímenes sociales de diferentes tipos, en una clasificación dependiente de su respeto a esa esencia, es decir, de respeto a la libertad.

Conforme más se respete la libertad, más será posible el uso de la razón de quienes forman una sociedad y eso hace posibles más contribuciones al bienestar general si se actúa dentro de un código de reglas; y viceversa, las contribuciones al bienestar serán menores conforme se reduzca la libertad de las personas en esa sociedad.

Esta, pienso, es la razón más poderosa para negar la conveniencia y la legitimidad de regímenes sociales al estilo del socialismo y el intervencionismo estatal; el control gubernamental de las actividades de esos regímenes está en contra de la esencia humana como la he definido hasta ahora. Sí, las dictaduras, del signo que sean son contrarios a la esencia humana y necesariamente conducen a menores índices de bienestar.

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A la combinación de libertad y razón añado luego otro elemento, el amor, proponiendo que los tres fueran considerados como esencia humana, sin posibilidad de ser separados. Esto lo justifico dada la consecuencia de esa esencia tripartita; vivimos en sociedad, tenemos tratos con quienes nos rodean e incluso con nosotros mismos dado que somos libres y tenemos capacidad para razonar.

Si somos libres, si tenemos razón, se sigue, creo, la necesidad de ese tercer elemento como guía de nuestros tratos con otro seres de igual esencia y de los tratos conmigo mismo. Esto equivale a ver en el amor la clave de las reglas de la libertad.

La introducción del amor como el tercer elemento de la esencia humana, imposible de ser separado de la libertad y de la razón, está fundamentado en la necesidad de reglas que nos permitan el aprovechamiento de la libertad y la razón. Como principio esencial, el amor es la fuente última de las reglas que permiten la existencia de la libertad y, por consiguiente, de la razón. El amor posee un poderoso valor para explicar a los actos humanos y poderlos evaluar.

Considero al elemento amor como capaz de explicar la bondad de leyes, costumbres, virtudes y valores. En su primer nivel, el más básico, el amor indica la conveniencia de no lastimar a los demás, de no hacer a otros lo que no quisiéramos que nos hagan a nosotros mismos. Dentro de este nivel, están las leyes que aplica un gobierno para castigar y prevenir actos de daños claros, como robos, engaños, fraudes, secuestros, asesinatos, terrorismo y similares. También como parte de este nivel básico están costumbres, reglas y acciones que juzgamos de cortesía y educación mínima.

Es decir, el amor tiene la capacidad de hacer entender la existencia y necesidad de leyes aplicadas por un gobierno, así como la existencia y conveniencia de hábitos y costumbres consideradas apropiadas.

En su segundo nivel, el amor nos mueve a tratar a los demás como quisiéramos ser tratados; ya no hay aquí el aspecto negativo de no hacer, sino el positivo de sí hacer. En este segundo nivel del amor es donde están las acciones humanas positivas, de iniciativa personal, como las obras de caridad hacia los demás, e incluso los actos de beneficio personal, como el dejar de fumar o el no tener dependencias de drogas.

Insisto en el poder del amor como principio central y primario para entender el papel de las leyes, de las costumbres, de las virtudes y valores, de todas las acciones humanas. El robo, visto algebraicamente, es un acto de amor negativo, al igual que una obra de caridad es una acción de amor positivo. Incluso, el amor puede hacernos entender que el respeto mostrado al dar el pésame a un amigo por la muerte de su padre, es un acto positivo pues significa el respeto a una costumbre que considera deber tratar a los demás como quisiéramos ser tratados.

Intenté justificar la inclusión del amor como parte de la esencia humana viendo qué sucedería si sólo fuéramos libres y con poder de razonar, pero sin el elemento amor. Sucedería algo muy sencillo, nuestra existencia sería terrible, pues no habría leyes que nos protegieran, ni amigos que nos ayudaran; no tendrían sentido las inversiones ni los ahorros y estarían permitidos los robos y fraudes. Sería una vida horrible, sin perspectivas positivas.

Todo porque ni las personas se aman a sí mismas, ni aman a los demás. Se cometerían los más grandes abusos contra otras personas y contra uno mismo, sin guía alguna que nos detuviera; habría daños, perjuicios y males sin fin, pues ningún freno existiría para detenernos. Sin amor, por tanto, la libertad y la razón tienen poco sentido. Del amor emanan las reglas de la libertad y de la razón; para ser libres y para usar nuestra razón, no hay más que respetar las reglas que parten del amor.

Digo que la libertad, la razón y el amor forman un elemento único en sí mismo y que uno no puede existir sin los otros dos, so pena de crear una existencia terrible para los seres humanos: gracias a la libertad podemos realizar decisiones, gracias a la razón podemos reflexionar, analizar y aprender de nuestras acciones, y gracias al amor podemos guiar esas acciones.  La libertad, por tanto, tiene como instrumento a la razón y ésta tiene como guía al amor.

Gracias a la libertad podemos elegir, gracias a la razón podemos aprender de acciones propias y ajenas, y gracias al amor podemos guiar esas acciones y elecciones. La libertad, quiero dejarlo claro, tiene como instrumento a la razón y ésta tiene como guía al amor. De alguna manera, esta es una visión de la naturaleza humana; somos seres muy especiales cuya esencia está formada por la libertad, la razón y el amor.

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Pero hay un problema, consecuencia inevitable de la libertad y de la razón en seres imperfectos: podemos cometer acciones contrarias a nuestra esencia. Todos los días lo constatamos; en nuestro mundo hay robos, asesinatos, bombas, guerras, hambre, todos actos considerados contrarios al bienestar humano.

Visto de otra manera, nuestro mundo es uno en continuo movimiento, activo sin remedio como consecuencia de la misma esencia humana; si somos libres, si podemos razonar, necesariamente vamos a producir cambios y modificaciones en nuestro alrededor.

Algunas de esas acciones serán incongruentes con nuestra esencia y esa incongruencia puede ser analizada de acuerdo con la correspondencia entre la acción en cuestión y el código de reglas que emanan del amor.

Intento una clasificación de acciones humanas, divididas en dos grandes categorías. Una de las categorías refirió diversos tipos de acciones humanas; un tipo de ellas fueron las acciones graves contrarias a los demás, como el fraude y el asesinato, que están dentro del radio de acción de la ley temporal y mueven a la acción del gobierno. Otro tipo de acciones fueron las clasificadas como leves y contrarias a los demás, como la falta de cortesía al no respetar una fila para comprar boletos de teatro y cosas similares.

Añado como contraria a la esencia humana un tipo de acción que frecuentemente es olvidada, las contrarias a uno mismo; son esas acciones que pueden no tener una consecuencia negativa directa en los demás aunque dañan a quien las realiza, como el consumo de drogas.

Dentro de la misma categoría incluyo lo que llamé acciones involuntarias de ayuda a otros, algo también frecuentemente ignorado. Se refiere a todas esas acciones normales, diarias, de la vida humana que no son percibidas más allá de eso, una vida normal sin altibajos, respetuosa de leyes y costumbres; esta vida, sin quererlo conscientemente, sin embargo, tiene efectos positivos en quien lleva esa vida y en los demás.

Me refiero a la conocida idea de ese carnicero que buscando su propio bienestar, haciendo su trabajo en su tienda, causa un beneficio en quienes le rodean. Este tipo de acción es muy cercano a la idea Cristiana de que el simple trabajo personal es una forma de oración a Dios.

Y, desde luego, anoto el tipo de acciones que son positivas y voluntarias para los demás. Son éstas las acciones de caridad, ayuda y, en resumen, amor hacia los demás y que mueven a actos voluntarios de sacrificio personal. Igualmente anoté el tipo de acción positiva para uno mismo, como el hábito del ahorro que sacrifica el gusto inmediato.

Esta clasificación de acciones, por simple que sea, ayuda a entender la propuesta de considerar a la esencia humana como formada por esa tríada indivisible de libertad, razón y amor. Somos libres para emprender esos actos, buenos o malos; usamos nuestra razón para decidir esos actos; y tenemos al amor como guía para iluminar esas decisiones.

Esta gran categoría de acciones humanas posibles, desde luego, permite ver el poder de explicación que tiene el amor como principio central del código ético que califica las acciones y poner atención en la situación poco analizada de la bondad de quien se limita a simplemente no hacer nada en contra ni a favor de los demás; quien se limita a actuar dentro del primer nivel del amor, que es el de no lastimar a nadie, con eso sólo ya realiza acciones positivas. Esa actuación, que parece neutra, en realidad no lo es, pues en realidad ya está dentro del cuadrante positivo del amor, al menos en la parte de no tratar a los demás como no quiero ser tratado.

Pero nuestra esencia no se limita a esa categoría de acciones; podemos realizar otro tipo de acciones muy relacionadas con la inquietud natural de quien es libre y puede razonar. Me refiero a la otra gran categoría de acciones que propongo, las acciones relacionadas con el producto de nuestra razón.

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Escribo que el ser humano crea ideas, conceptos y nociones que le sirven para entender mejor la realidad. Para esto usa la razón, nuestra única arma o instrumento para entender lo que existe, lo que es real y es externo e interno a su ser.

En estas acciones se trabaja en terrenos desconocidos o al menos sujetos a mayor conocimiento. No sabemos, en otras palabras, lo que encontraremos; por eso son descubrimientos, pequeños o grandes, pero descubrimientos al fin. Somos libres de hacerlos y esa libertad con la razón como instrumento es la maravillosa combinación que lleva al humano a saber más, a entender mejor.

Estas acciones de descubrimiento y de propuestas nos pueden colocar en conflictos, sobre los que propuse los siguientes tipos: los conflictos en descubrimientos que son sujetos a demostración y que se enfrentan a opiniones doctrinarias; los conflictos en las aplicaciones de los descubrimientos, que pueden ser de controversia por su contradicción con criterios y valores; conflictos entre escuelas filosóficas, en los que no existen sistemas objetivos para negar las tesis; y los conflictos por actos individuales e ideas vagas que están en contraposición a valores.

Estos conflictos, dije, son inevitables, pues son efectos de la esencia humana, en concreto de la libertad para actuar, de la razón para proponer y de la posible contradicción entre cada propuesta y el código del amor. Propongo que la solución a esos conflictos radica en la aplicación de las consecuencias lógicas de ese código. Más aún, no puede esperarse solucionar esos conflictos de otra manera que acudiendo a valores emanados del amor, lo que significa reconocer que sí existen ideas mejores que otras y eso a su vez quiere decir que sí existen sociedades superiores a otras.

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Lo anterior puede aparecer como políticamente incorrecto para muchos que desean ver a las diversas sociedades, todas, como culturas igualmente respetables y buenas, cada una en su manera. Mientras que no persigo atacar costumbres que son moralmente neutrales y en las que obviamente no puede haber una comparación de superioridad o inferioridad entre sociedades, me parece igualmente obvio que sí hay sociedades superiores a otras.

Es superior una sociedad que respeta la libertad religiosa a otra que la niega con leyes y castigos. Cuanto más se respete esa esencia humana la sociedad que lo haga será superior a otra en la que esa esencia sea obstaculizada y atacada.

Nuestras acciones humanas serán capaces de crear las mayores expresiones artísticas, los más grandes descubrimientos y las mejores ideas; pero también esas acciones serán capaces de crear los más grandes horrores y tormentos. La aceptación de esa imperfección humana es inapelable y con sus efectos deberemos vivir. Sin embargo, la naturaleza humana nos da una clave para remediar lo malo y fomentar lo bueno.

En pocas palabras, encuentro que definir a la esencia humana como una tríada inseparable de libertad, razón y amor, es un concepto en extremo útil para explicar la existencia de reglas y preceptos éticos, desde la ley que castiga el robo hasta la virtud que premia la caridad. Esa esencia, más aún, puede explicar la idea de una sociedad terrenal dinámica y en conflicto; y también, el progreso como función de la acción que resulta de las iniciativas libres decididas por la razón de cada persona dentro de un sistema ético cuya fuente es el amor.

Concluyo que la gran guía de la libertad es el amor, como principio central del que emanan las reglas éticas y morales. Con nuestra libertad y la razón necesaria estamos en una posición de responsabilidad personal que nos obliga a seguir los dictados del amor. El amor es, pues, la justificación de nuestra libertad y de nuestra razón. Si pudiera elevarse el plano de abstracción, incluso podría decirse que el amor es el objetivo de la libertad y de la razón para cada ser humano en lo individual. El amor es la gran regla de la acción decidida libremente; es el objetivo de la libertad. Podemos entender a cada ser humano como una persona responsable por sí misma para actuar de acuerdo con los principios del amor.

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Nuestra vida es la ocasión para llegar por nuestra propia voluntad y razón al amor, con acciones individuales. La libertad nos presenta una interminable serie de opciones y nos dice que todo lo podemos hacer; la razón nos dice que no todo lo debemos hacer usando como guía las reglas éticas y morales que provienen del amor. Y en las cuestiones en las que tenemos duda, ese principio guía a la razón con el simple mandamiento de tratar a otros como quisiéramos ser tratados.

Allí está el amor, como principio fuente, y es nuestra tarea aplicarlo a la vida diaria, aceptando la responsabilidad de los actos propios. Esta aplicación a la vida diaria no es, desde luego, la tarea de cada persona que tiene que reinventar y deducir sus propias normas; a través del tiempo, con la experiencia acumulada de siglos, hemos ido descubriendo las aplicaciones del amor a la vida diaria. Allí están, igualmente, nuestras creencias y principios, nuestras convicciones religiosas y de valor.

En esto, pues, debemos entender a cada hombre por separado, individualmente responsable de sus decisiones tomadas con libertad y de acuerdo con su propia conciencia para hacer lo de debe hacerse. La sociedad y su arreglo social y político no pueden entrar a legislar la conciencia de los hombres, limitándose a castigar las transgresiones más obvias que nos lastiman, y creando circunstancias que permitan el ejercicio de esas decisiones libres. Sí, puede y debe haber exhortaciones al buen comportamiento y a las acciones correctas, pero su realización debe ser dejada a la iniciativa voluntaria y libre de la persona.

Me parece lógico afirmar que ha sido presupuesto algo de manera implícita y que debe salir a la superficie, que las ideas tienen consecuencias; que las buenas ideas tienen beneficios y que las malas producen pesares. Esencialmente, en la medida que las ideas de una sociedad olviden o nieguen esa naturaleza humana, se tendrán resultados negativos; y viceversa, cuando más se acerquen la concepción tripartita de la naturaleza humana, mejor será nuestra posición. Las ideas pueden destruir una sociedad, o pueden beneficiarla.

En la medida que ignoremos que somos en realidad personas con responsabilidad moral para actuar voluntariamente con amor, nos alejaremos de nuestro papel, con consecuencias terribles. Somos, como se han dicho, agentes morales, libres y por tanto, con deberes y obligaciones. Esto equivale a decir, pienso, que nuestra vida tiene un significado de lucha, de esfuerzo, de trabajo y de empeño. De nosotros se espera que actuemos por convicción propia de acuerdo con los principios del amor.

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El aislamiento de la libertad, separada del amor y su código, nos colocaría en una sociedad sin guía, dada a los abusos, al egoísmo destructivo, que abre la puerta a las más terribles acciones. En pocas palabras, quitar el elemento amor de la naturaleza humana es anular la conciencia, el criterio último por el que podemos decir que algo es bueno o algo es malo.

Anoto que esto me parece una posición mucho más revolucionaria que aquellas que colocan a la libertad absoluta sin las responsabilidades del amor. No hay ni puede haber, sin grandes daños, relativismo moral. La libertad por sí sola, sin razón y sin amor, no tiene mucho sentido.

Considerar por separado a la libertad, fuera de la tríada esencial humana de libertad, razón y amor, reduce su significado a un simple poder hacer sin obstáculos; puedo hacer lo que me venga en gana sin que nada me lo impida. Esta es una concepción pobre de la libertad, definida sólo en sentido negativo de no tener límites. En cambio, dentro de la esencia humana la libertad tiene un sentido positivo; es el poder hacer voluntariamente algo para, y ese para es el amor. Veo como profundamente lógico que si el criterio por el que se evalúan nuestras acciones es el amor, sea también el amor la meta de nuestras acciones.

Ser una persona humana, por tanto, es una cuestión muy seria para cada uno de nosotros. Somos libres, sí, pero eso no va sin responsabilidades graves individuales. La esencial responsabilidad es actuar de acuerdo con criterio del amor, que es lo mismo que actuar de acuerdo con nuestra propia esencia y hacerlo voluntariamente, por decisión personal y con la liberación de lo que a ello se opone. Visto desde otro punto de vista, mis acciones me acercan o alejan de mi propia esencia humana; me acerco a ella con acciones de amor y me alejo con lo contrario.

Es decir, soy más conforme más hago acciones de amor; la libertad por sí sola sólo provoca la realidad de una persona que hace lo que quiere, pero la libertad con amor crea una persona que se acerca al más grande valor. La diferencia es enorme y nos da una clave para entender mejor la dicotomía entre sistemas sociales liberales y colectivistas.

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El colectivismo, y sus variantes de nombre y grado, debe verse como ajeno a la esencia humana, pues nos priva de la libertad, de la oportunidad para usar nuestra razón y, muchas veces, ataca al amor como un valor fijo. Por su parte, el liberalismo es más complejo, pues por un lado posee las circunstancias para realizar nuestra esencia humana, pero por otro sus exponentes quedan cortos en el potencial de la esencia humana y, más aún, presenta la oportunidad de actuar contrario al amor.

Efectivamente, el liberalismo usualmente se queda en la defensa de la libertad como carencia de frenos para la realización de acciones personales. Sin embargo, creo que debe ser obvio que el liberalismo sí permite la concepción de la esencia humana al dar la oportunidad para que la misma libertad haga posible la acción de promover y difundir tesis que ven a la naturaleza humana con mayor riqueza.

Más claramente, los sistemas liberales presentan un arreglo que hace posible a la esencia humana; allí hay libertad para hacer, para pensar, para innovar, para expresarse. Esta es una situación propicia a la realización humana, pero presenta dos peligros que debemos aceptar. Uno es la explicación de los sistemas liberales sobre la base exclusiva del concepto negativo de la libertad, visto antes. El otro es que allí será inevitable encontrar actos contrarios al amor y a la razón. Pero, ese tipo de sistema es el único que permite la posibilidad de la esencia humana.

Quizá sea esta naturaleza del liberalismo, la que no muy bien entendida le acarrea tantas críticas que tratan de ser solucionadas con el colectivismo o el intervencionismo. Creo que la única noción cierta es que nuestra sociedad terrenal simplemente nunca llegará a ser perfecta y que los deseos de perfección pueden ocasionar daños mayores a los que se pretende solucionar.

Y es aquí cuando necesariamente debe darse una atención enorme a la religión, especialmente al Cristianismo, por su coincidencia con el amor, la responsabilidad personal y la dignidad humana, que no es otra cosa que el reconocimiento a esa esencia tantas veces mencionada. Siendo libres, usando nuestra razón, la fe cristiana puede entenderse como nuestra liberación mayor. Sólo dentro de un arreglo social de corte liberal puede ser posible la acción del Cristianismo.

Para entender esta labor del Cristianismo, será útil ver los tipos de conducta que los seres humanos pueden realizar dependiendo de su actitud hacia su propia existencia. Si comenzamos por la más pasiva de todas las actitudes, sin duda veremos allí a los apáticos, esos que no actúan y que por sí mismos renuncian a su esencia humana en el sentido de dejar de ser libres por voluntad propia.

Contraria a esa posición de la actitud pasiva está la actitud activa, la de aquellos que aceptan su libertad, por tanto su responsabilidad, y quieren cambios, o al menos se oponen a algo. Pero hay un tercer tipo, el de la actitud ante la propia existencia que reacciona ante ella con amor, como ha sido definido antes; estas personas son las que basan sus acciones en hacer obras de amor, tratar a los demás como quisieran ser ellas tratadas, con el sacrifico personal voluntario que eso implica. Creo que esta última categoría sólo puede ser explicada acudiendo al Cristianismo.

Sin duda, añado, que esta responsabilidad individual produce miedo e incluso deseo de renunciar a la libertad; por eso existe ese grupo de personas apáticas, que se vencen a sí mismas y hacen de lado la posibilidad de ser ellas los sujetos de la acción humana; se convierten en objetos ignorando su esencia. Quienes tienen una posición contraria, que saben que son libres y que razonan, no padecen el miedo paralizante de los otros; lo que ellos piensan, proponen y hacen es evaluado de acuerdo con las reglas de amor.

Es decir, pueden ser activistas de lo malo o de lo bueno. Quien, por ejemplo, promueve ideas en las que la sensualidad reina, no importa si es un filósofo o el editor de una revista, hace el mal. Igualmente, pienso, hace bien quien defiende a la libertad religiosa.

Al final, me quedo en lo personal con una idea. Nuestra esencia humana, de libertad, razón y amor, lleva en sí misma la noción de la responsabilidad personal, que es la de voluntariamente buscar el amor. Nuestra libertad está sujeta al amor. Si queremos ser verdaderamente libres debemos tener al amor como principio único de conducta. El amor es nuestra medida y razón de ser dentro de nuestra libertad. Si la razón persigue la Verdad y nuestra libertad el Amor, más aún, veo que al final ambos, Verdad y Amor, son lo mismo.


ContraPeso.info es un proveedor de información e ideas que buscan explicar la razón de ser de sucesos económicos, políticos y sociales.



No hay comentarios en “Los Tres Elementos”
  1. Carlos Morales Lechuga Dijo:

    Excelentes reflexiones… permiten… retomar rumbos que considerábamos perdidos… Reciban mí más distinguido reconocimiento… gracias por haberme permitido centrar el objetivo de un trabajo familiar que se nos pidió desarrollar, por uno de los profesores de mi hija que cursa el primer semestre de preparatoria.

  2. cindy torres Dijo:

    me parecen muy buenas estas palabras aunque un poco largo pero nos hace reflexionar sobre todo lo que tenemenos que hacer para ser libres aunque eso se nos haya perdido





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