Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
No Me Gustó El Regalo
Eduardo García Gaspar
4 septiembre 2008
Sección: Sección: Una Segunda Opinión, SOCIALISMO
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Muchas de las veces en las que alguien expresa deseos de felicidad, lo hace diciendo que querría tener mucho dinero. No es porque el dinero traiga felicidad, sino porque es un medio para lograr hacer lo que la persona desea. De esto es posible generar una idea: no existe propiamente una felicidad, sino millones de ellas.

Cada persona tienen sus sueños, ambiciones, deseos y pasiones. Será casi imposible tener a dos personas con felicidades iguales. La cosa es más extrema, pues nuestros deseos de felicidad son cambiantes. Lo que se desea con ardor en un momento, quizá en otro sea un deseo de tercera importancia. Además, la felicidad es muy difícil de poner en palabras claras. Intente usted explicar a otros su propia felicidad con detalles. Será difícil.

El punto bien vale una segunda opinión por razones políticas. Si la felicidad de cada uno es cambiante, diferente y difícil de explicar, resulta una misión imposible que alguien que no nos conoce nos prometa que nos hará felices. Entiendo que eso diga e intente la esposa, los padres, los amigos cercanos. Quien nos quiere, pero también conoce muy bien, puede desear hacernos felices, o ayudarnos a serlo.

Los responsables de nuestra felicidad al final de cuentas, somos cada uno de nosotros. Será absurdo que alguien que vive en otra ciudad, que no nos conoce, nos hable por teléfono y nos diga que él nos hará felices. Si alguien nos llama por teléfono y nos dice eso, pensaremos que estamos hablando con un loco. Más loco lo consideraremos si además nos dice que le demos parte de nuestro dinero para que con él nos haga felices.

El más mínimo razonamiento nos indicará que nuestro dinero en nuestras propias manos nos dará más felicidad que ese dinero en las manos de ese que promete cosas y que ni siquiera conocemos. Cuando nuestros hijos nos piden dinero para hacernos regalos de cumpleaños, nos reímos por la disparatada situación. Que un total extraño nos quiera convencer de lo mismo es una asnada. No tiene él la menos idea de lo que pensamos que nos hará felices.

Y a pesar de todo esto existe en política el sueño de muchos gobernantes que creen que en verdad ellos tienen la misión de hacer felices a quienes ellos gobiernan. Es físicamente imposible que alguien que no nos conoce piense que puede darnos la felicidad. Si para ello tienen dificultades quienes más nos conocen, eso es imposible para el que ni siquiera nos ha visto una vez.

Y si acaso intentara ese gobernante hacernos felices, le aseguro que en sus intentos logrará lo opuesto. Nos hará profundamente infelices: nos quitará dinero para imponernos lo que él cree que es la felicidad, no lo que nosotros creemos que lo es. Impondrá en nosotros su idea de felicidad, y lo hará por la fuerza.

Es como cuando usted o yo hacemos regalos a quienes no conocemos bien. Compramos cosas que nos gustan a nosotros creyendo que también le gustarán al otro. No son cuestiones complicadas, ni se requiere gran esfuerzo para comprenderlas: un gobierno no puede echarse sobre los hombros la tarea de hacer felices a millones de ciudadanos. Creer que lo puede hacer es un acto de soberbia.

Pero un gobierno sí puede hacer otra cosa mucho mejor. Puede crear un medio ambiente de tal naturaleza que sea más fácil para nosotros ser felices hasta donde podemos y de acuerdo con lo que decidimos nosotros. Un ambiente estable, tranquilo, libre, con reglas conocidas y sin violencia, en el que cada persona pueda disfrutar de los logros de sus esfuerzos. Esta es la tarea de un gobierno y no la otra.

Si una parte de mi felicidad es escuchar música clásica, comer quesos fuertes, visitar museos y leer cuentos, sería ridículo de mi parte imponer en el resto de las personas escuchar a Mozart, comer Cabrales, pasar dos días en El Prado, y leer a Poe. Para muchos hacer eso sería una pesadilla..

Por estas cuestiones prácticas es que temo a quienes prometen hacernos felices. No creo que en verdad tengan los deseos de hacerlo. No creo que nos conozcan lo suficiente. Y no pienso que sea práctico que nos prometan felicidad usando nuestro propio dinero. Por eso me maravilla ver a algunas personas que ven a los gobernantes y en verdad sí creen que ellos pueden hacerlas felices. Si la gente que nos conoce y quiere nos da regalos que en ocasiones nos desagradan, ¿qué interés tendrá en complacernos quien ni siquiera nos conoce?


ContraPeso.info, lanzado en enero de 2005, es un proveedor de ideas y explicaciones de la realidad económica, política y cultural.





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