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Selección de ContraPeso.info
25 noviembre 2008
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta una idea de Kevin E. Schmiesing Ph.D.. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. La idea central del escrito es examinar la crisis actual a la luz de lo que ahora debemos hacer.

Mientras siguen las consecuencias de la crisis financiera en toda la economía, este es un buen momento para hacer una pausa y considerar el gran significado del desastre.

Leonard Read, defensor del mercado libre, escribió un texto notable en 1958, Yo, El Lápiz. Es un himno a las maravillas del mercado libre. Aún hoy es leído por estudiantes que buscan tener aprecio por el valor del mercado. El texto traza los numerosos componentes de un simple instrumento de escritura desde sus diversos puntos de origen (por ejemplo, el grafito de Sri Lanka, el cedro de Oregon), hasta el producto terminado que ahora está en mis manos.

El punto del ensayo de Read es que la economía de mercado facilita la cooperación de un número extraordinario de asombrosamente diferentes personas para lograr una causa común, la creación de una gran cantidad de productos y servicios. La producción de un lápiz, en pocas palabras, encapsula la naturaleza social de la economía.

Read no era un teólogo y usó palabras diferentes, pero la Doctrina Social Católica ha señalado el mismo punto. “Por medio de su trabajo…”, escribió Juan Pablo II, “cada persona colabora con el trabajo de otros y para su propio bien. El hombre trabaja para proveer a las necesidades de su familia, su comunidad, su nación y al final, toda la humanidad”. La interdependencia entre compañeros de trabajo, proveedores y clientes, el papa observó, lleva a una “cadena de solidaridad progresivamente creciente.”

“Yo, El Lápiz” exhibió el lado positivo de la naturaleza social de la economía. Pero si la humanidad se beneficia cuando todos trabajan cooperando mediante instituciones económicas incrustadas en un estado de derecho, también los seres humanos sufren colectivamente cuando el vicio personal aprovecha instituciones con fallas y ejerce influencia importante.

La codicia, la irresponsabilidad y las reacciones irracionales ante una economía titubeante afecta no sólo a los que son culpables de las ofensas. Mucha oposición popular al paquete de rescate aprobado de 700 mil millones de dólares, fue expresada en términos como “¿Por qué debo pagar yo por los errores de otros?”

Es una objeción legítima. Sin embargo, no puede evitarse el hecho de que el pecado tiene consecuencias sociales. Cuando es extenso, el impacto es inmenso. Quienes han llevado su crédito razonablemente y no han tenido parte en las maniobras inducidas con codicia por maniobras financieras de alto riesgo, perderán aún así fondos educativos y de jubilación, empleo y paz mental como resultado de la amplia y profunda crisis económica.

Es una verdad misteriosa que las decisiones de personas a las que no conocemos, a veces muy distantes, pueden afectar nuestras vidas. Enfrentando este misterio, filósofos equivocados han aconsejado la desesperación. La responsabilidad personal es un mito, dicen ellos, porque nuestras vidas están regidas por fuerzas fuera de nuestro control. Muchos, sin duda, se sienten atraídos por esta visión mientras contemplan la debacle que se desenvuelve delante de ellos.

Es decididamente una visión no cristiana. Nuestra interdependencia con otros es una realidad y su potencial es para el mal, pero también para el bien. Muy importante, entonces, es nuestra responsabilidad personal para articular, fomentar y lo más importante, vivir la convicción de que la virtud es vital para el bienestar de la economía.

Las decisiones de muchas personas ha llevado a las condiciones económicas actuales. Los gobiernos violaron la confianza la inflar la oferta de dinero. Los prestamistas con irresponsabilidad engancharon a los deudores que irresponsablemente cayeron en el anzuelo. Los consumidores agotaron sus ahorros y se zambulleron en la búsqueda de comodidad física. Los directores de empresas incitaron y vigilaron la explotación de instrumentos financieros llenos de riesgos. Hay muchas culpas en todas partes.

La pregunta más urgente es la de qué hacemos ahora. El pánico y la depresión pueden ser buenos términos económicos, pero no son opciones de un cristiano para responder ante la mala situación económica.

Cada uno debe considerar sus prácticas financieras a la luz de obligaciones de honestidad, sobriedad y justicia. Más aún, cada uno de nosotros, debe considerar las dificultades actuales no como una oportunidad para azotar a enemigos imaginados o reales, sino como una oportunidad para manifestar la esperanza que está en cada uno.

Los retos materiales son un recordatorio de que los bienes materiales son sólo una parte de la realidad y no la más importante. Aunque la moral no lleva a la prosperidad económica de una manera simple y lineal, las dos no están totalmente separadas. Si nos comportamos con integridad, moderación y generosidad es posible que encontremos que la economía se puede cuidar por sí misma.


ContraPeso.info, lanzado en enero de 2005, es un proveedor de ideas y explicaciones de la realidad económica, política y cultural.





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