Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Palabras Claras, Bienvenidas
Leonardo Girondella Mora
1 abril 2008
Sección: DERECHOS, LIBERTAD GENERAL, Sección: Análisis
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Reproducido por el CCEP, hay una nota periodística del Sun Times (Sydney, Australia, 28 de diciembre de 2007) que trata un tema políticamente incorrecto —esos temas considerados tabú por el buen gusto, las ganas de no enfrentar la realidad y la pereza mental.

Son declaraciones de John Howard, ex-primer ministro australiano y que en pocas palabras, según la nota, dijo que quienes no quieran vivir bajo las leyes de su país pueden marcharse de él —, el caso concreto usado es el de los musulmanes que, dentro de Australia, quieren vivir bajo la ley musulmana, la Sharia.La tesis central de esa idea está bien expresada en las palabras de Howard, que vale la pena conocer en su totalidad según fueron reportadas:

“Los que tienen que adaptarse al llegar a un nuevo país son los inmigrantes, no los australianos…Y si no les gusta, que se vayan. Estoy harto de que esta nación siempre se esté preocupando de no ofender a otras culturas o a otros individuos. Desde el ataque terrorista en Bali, hemos experimentado un incremento de patriotismo entre los australianos. Nuestra cultura se ha desarrollado sobre siglos de luchas, pruebas y victorias de millones de hombres y mujeres que vinieron aquí en busca de libertad.

“Aquí, fundamentalmente, hablamos inglés. No hablamos árabe, chino, español, ruso, japonés ni ninguna otra lengua. Por lo tanto, si los inmigrantes quieren convertirse en parte de esta sociedad, ¡que aprendan nuestro idioma! [la mayoría de los australianos son cristianos]. Esto no es un ala política ni un juego político. Se trata de una verdad, de hombres y mujeres cristianos que fundaron esta nación basados en principios cristianos, lo cual está bien documentado en todos nuestros libros. Por lo tanto, es completamente adecuado demostrar nuestra fe cristiana en las paredes de las escuelas. Si Cristo les ofende, entonces les sugiero que busquen otra parte del mundo para vivir, porque Dios y Jesucristo son parte de nuestra cultura.

“Toleraremos sus creencias, pero tienen que aceptar las nuestras para poder vivir en armonía y paz junto a nosotros. Este es nuestro país, nuestra patria, y estas son nuestras costumbres y estilo de vida. Permitiremos a todos que disfruten de lo nuestro, pero cuando dejen de quejarse, de lloriquear y de protestar contra nuestra bandera, nuestro compromiso nacionalista, nuestras creencias cristianas o nuestro modo de vida.

Les recomiendo encarecidamente que aprovechen la gran oportunidad de libertad que tienen en Australia. ¡Aquí tienen el derecho de irse a donde más les convenga! A quienes no les guste cómo vivimos los australianos tienen la libertad de marcharse. Nosotros no los obligamos a venir. Ustedes pidieron emigrar aquí, así que ya es hora de que acepten al país que los aceptó”.

Las ideas están claramente expresadas —aunque esa gran cualidad sea juzgada, tal vez por muchos, como algo de mal gusto que debiera haberse expresado de manera más delicada. Haciendo de lado el modo de hablar, sin embargo, las ideas de Howard tratan varias nociones que deben destacarse y que trato a continuación.

Primero, el gran tema: la actitud del inmigrante hacia un país, la que debe presuponerse como positiva —el inmigrante se instaló en otro país por una razón lógica, pensó que allí viviría mejor que en su país de origen, de lo que puede seguirse que el proceso de adaptación será aceptado por el inmigrante. Es él quien se debe adaptar, no el país al que emigró.

Segundo, significa esto que en los movimientos migratorios hay responsabilidades mutuas de la gente del país receptor y de los inmigrantes. Las personas del país que los acepta tienen una responsabilidad de respeto y tolerancia, pero que no puede ser infinita. La tolerancia tiene límites naturales marcados por las leyes, costumbres, cultura del país. Y los inmigrantes tienen la obligación de respetar todo eso, manteniendo algunos rasgos culturales propios, pero sin deseos de implantar su cultura en el país receptor.

Tercero, creo que las probabilidades de encaro entre inmigrantes y gente local es mayor cuando las culturas enfrentadas son diferentes en una variable neurálgica: su actitud hacia la libertad. Cuando los inmigrantes poseen una actitud opuesta a la libertad y viven en una cultura que sí la valora, los conflictos serán más numerosos.

Cuarto, la otra variable neurálgica es la de los asuntos religiosos, que producen creencias profundas muy poco sujetas a negociación y que sólo pueden resolverse por medio de un ambiente de libertad comprendida por todos —pero si acaso una de las partes no valora la libertad, entonces el conflicto es inevitable.

Quinto, las dos variables neurálgicas —actitud hacia la libertad y creencias religiosas—, son las que combinadas crean los conflictos mayores: símbolos religiosos en lugares públicos, por ejemplo, o vestimentas religiosas. Las evidencias muestran que en general los inmigrantes aceptan las reglas culturales del país receptor, es decir, sus libertades, excepto en los casos en los que sus creencias religiosas les impiden aceptar las libertades del país receptor (un país sin libertades no es un país atractivo a la inmigración).

Sexto, sin bien Howard hace referencia expresa a sectores musulmanes, yo quiero dejar las referencias específicas de lado para señalar un principio independiente de la religión concreta: es la actitud religiosa hacia la libertad la que altera la convivencia de los emigrados con los ciudadanos del país al que han ido. Si la actitud hacia la libertad religiosa la hace aceptable, entonces los problemas no serán mayores, como seguramente sucede con los japoneses en Australia.

Pero es el séptimo punto es que más me interesa —es el de las ofensas y las culpas, un terreno muy resbaladizo: no tiene definiciones racionales capaces de ser expresadas en leyes que respeten la libertad. Se argumenta con frecuencia que un símbolo religioso cualquiera es una ofensa para las personas que no son de esa religión —es decir, una escultura de un dios griego en una plaza pública, digamos Neptuno, resultaría ofensiva a todos los que no creen en ese dios, o bien una cruz en una torre de iglesia sería ofensiva para un judío, o la estrella de David para un budista. El mundo ha superado ya estas cuestiones, o eso se creía.

Si alguien se siente ofendido por la presencia en una calle de varios rabinos, o por la construcción de un templo bautista cerca de su casa, esa persona tiene dos caminos —tolerar esos hechos sabiendo que esa misma libertad de los otros es la que ella misma goza, o bien otra ruta temible: imponer sobre el resto sus creencias, como prohibir a todos lo que ella sí puede realizar.

La parte complementaria de la ofensa que uno siente es el sentido de culpa que otro tiene —aceptar que, por ejemplo, los símbolos de la propia religión sí ofenden a otros y conceder su retiro para no causar ofensas a quienes no piensan como uno, eso es tener un sentido de culpa. Lo que ese sentido de culpa logra al final de cuentas es el conceder que la libertad es mala, que debe retirarse para no ofender al que no puede argumentar razones, sino sólo expresar emociones e ira. Si eso se aceptara en Física, Einstein no habría hecho nada por miedo de ofender a los newtonianos.

Las palabras de John Howard, en mi entender, tienen dos características admirables, su claridad y su fondo. Por mi parte, sólo puedo añadir los puntos anteriores y adherirme a la idea de G. Sartori sobre la imposibilidad de entender a la tolerancia como una noción sin límites —si lo fuese, ésa sería la condición del esclavo, de la sociedad que se destruye por no entender las obligaciones mutuas: adaptación del emigrado y tolerancia del ciudadano.

Nota del Editor

• Para efectos colaterales de la tolerancia, véase No Todo Es Rosa: la tolerancia puede llevar a una actitud de indiferencia y desinterés en las cuestiones que atañen a todos.


ContraPeso.info es un proveedor de información e ideas que buscan explicar la razón de ser de sucesos económicos, políticos y sociales.



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