Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Sin Creencias No Hay Rumbo
Eduardo García Gaspar
6 octubre 2008
Sección: GOBIERNO, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Hay un par de rasgos de la política mexicana que son molestos porque impiden un buen desempeño del gobierno, pero sobre todo porque suelen ser pasados por alto. Son defectos que se tienen, pero defectos que no se sabe que se tienen y que hacen del gobierno mexicano uno que consistentemente falla al intentar servir al ciudadano.

Uno de esos rasgos es el de opiniones políticas inmaduras, o escasamente desarrolladas. No existen propiamente posturas políticas que puedan ser entendidas como independientes de los partidos políticos y de los gobernantes. El PRD, por ejemplo, es socialista de acuerdo con sus creencias y, sin embargo, no se ostenta como tal. Lo mismo sucede con el PAN, liberal hasta algún punto en sus creencias, pero no habla de eso jamás.

El único criterio para evaluar partidos y gobernantes es uno basado en ellos mismos. No se habla de socialismo, sino de perredismo, cardenismo o lo que sea; no de liberalismo, sino de panismo, salinismo zedillismo. Es una limitación seria, pues impide tener ideales políticos independientes de partidos y personas. Lo único que admite es preferencias partidistas o lealtades personales.

Esto puede verse con facilidad en la radio mexicana, en donde los comentadores de la política se concentran en las acciones de las personas y de los partidos, sin considerar valores políticos estables que sirvan para valorar esas acciones. Sin valores políticos, ni creencias arraigadas, todo se vuelve una cuestión pragmática de poder, que permite al PAN ser socialista y al PRD, pocas veces, ser liberal.

A esto se añade una especie de inercia intelectual estatista por parte de la intelligentsia nacional, que suele ser de una pobreza lamentable y guiada por el deseo de popularidad y es incapaz de sostener posturas claras más allá de dar apoyos a partidos y gobernantes. Esta inercia estatista domina a la educación pública y hace de la juventud incapaz de ir más allá del nivel de partidos y personas en asuntos políticos. Todo es como si los ideales políticos, sean los que sean, se hubieran reducido a la lealtad a toda costa a un partido y dentro de él a una persona.

El segundo de los rasgos se refiere a los gobernantes y comunidades que giran a su alrededor. Las políticas adoptadas, leyes aprobadas y acciones tomadas no siguen un proceso disciplinado de valuación. Se implantan más por terquedad partidista o personal, que por estudios serios de sus efectos. La peor medida posible será implantada con el apoyo de todos los miembros de un partido si es que ese partido la propuso.

La individualidad de los miembros de los partidos no es valorada. De ellos se espera lealtad total y su independencia es vista como una traición al partido, sin que en nada importen las posturas políticas. En esto influyen los grupos de presión que, también sin ideales políticos, buscan medidas favorables a ellos mismos. Sin ideales políticos, ni valores, las acciones gubernamentales no son evaluadas, ni estudiadas lo suficiente.

El resultado es una política de vaivenes que no lleva a lado alguno. Si, por ejemplo, alguien se declara salinista o calderonista o cardenista, sólo podrá sostenerse en la lealtad sumisa a lo que su ídolo diga y haga. Y, peor aún, la discusión política nacional será muy limitada y pobre, no diferente a la que genera un juego de futbol entre fanáticos.

Muy diferente actuaría una persona que se declara socialista o liberal o lo que sea, pues ella al menos podrá juzgar lo bueno y lo malo de cada partido y cada gobernante. Esta persona tiene ideas más desarrolladas y superiores, pues le permiten juzgar a los partidos y a los gobernantes. Podrá criticar a su partido preferido y encontrar algo bueno en los partidos que rechaza.

Son dos rasgos que no creo que sean propios de México, sino de muchos otros países. De lo mismo me dan la apariencia Argentina, Venezuela y Ecuador. Tener opiniones políticas poco desarrolladas y sustentadas en partidos y personas y al mismo tiempo un proceso de aprobación poco exigente de acciones de gobierno, crean riesgos importantes al país. Lo vuelven materia fácil para el surgimiento de regímenes personalistas con ciudadanos divididos.

El peligro no es sólo de esos dos rasgos, sino más aún, del que ellos no han sido colocados de manera explícita en el país y las cosas siguen haciéndose como si ellos no existieran.

Post Scriptum

Estos dos mismos factores han sido señalados por Leon Louw, de la Free Market Foundation of Southern Africa, en The War of Ideas, en Taming Leviathan, Colleen Dyble editor, The Institute of Economic Affairs, London, 2008. De donde tomé la idea general y a la que he hecho adiciones personales.


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