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Teoría de la Corrupción
Selección de ContraPeso.info
11 diciembre 2008
Sección: CRIMEN, Sección: Análisis
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ContraPeso.info presenta una idea de Samuel Gregg y Osvaldo H. Schenone. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. Lo que sigue es la propuesta de una teoría sobre la corrupción, un fragmento de la obra total, la que se encuentra en Una Teoría de la Corrupción: La Teología y la Economía del Pecado. Después de la introducción a la luz de las creencias católicas en la primera página, las siguientes contienen una definición de corrupción e ideas para el mejor entendimiento de este fenómeno. La Economía de la Corrupción forma un gran complemente con este material.

La corrupción es un pecado. Pero son pocos los intelectuales o líderes cristianos que le han prestado una atención teológica sistemática y específica. Esto resulta sorprendente, dada su difusión en zonas del mundo con una gran población cristiana.

Sin embargo, no se puede hacer la misma crítica a los economistas. El corpus de literatura económica dedicada a la corrupción es sustancial, especialmente en cuanto a la definición de sus diferencias con otras formas de actividad delictiva.

Pero antes de explorar este material, debemos examinar la corrupción desde la perspectiva de la teología del pecado. Ésta nos ayudará a entender de qué modo los efectos del pecado se pueden encarnar en ciertas prácticas sociales, sin restar importancia de ningún modo a nuestras decisiones libres, tanto para la conformación del orden social, como para nuestra salvación.

El Mysterium Iniquitatis

El Evangelio cristiano nunca ha tenido dificultades en reconocer el fenómeno del pecado. Aunque Dios creó todo y todo era bueno, el libro del Génesis recuerda al hombre el mysterium iniquitatis, la realidad del pecado y la profunda ruptura interior que produce en cada persona.

En palabras de San Juan: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros”. Aunque los cristianos creen que el hombre fue creado en estado de santidad, la Escritura afirma que abusó de su libertad desde el mismo comienzo de la historia humana. Se rebeló contra Dios y buscó alcanzar sus metas al margen de Dios.

El libro del Génesis muestra que la raíz del pecado es el orgullo. El hombre y la mujer trataron de apoderarse del saber del árbol del conocimiento del Bien y del Mal. Querían tener el poder de decidir qué era bueno y qué era malo. No es casualidad que Satanás haya presentado a Dios como un mentiroso, envidioso de que el hombre alcanzara el conocimiento del bien y del mal.

Tentados por las insidias de Satanás y con el deseo de hacerse como Dios, el hombre y la mujer comieron del fruto del árbol. No bien lo hicieron, su carne se rebeló contra su razón. En palabras de Tomás Moro, “así la muerte entró por las ventanas de nuestros ojos en la casa de nuestro corazón y se quemó el buen edificio que Dios había forjado allí dentro”.

La raíz del pecado está, pues, en el corazón del hombre y en su libertad. Jesús mismo nos lo recuerda. “Del corazón proceden las malas intenciones, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las difamaciones. Estas son las cosas que hacen impuro al hombre”.

El hombre, al pecar, reclama una independencia moral completa de Dios, negando su naturaleza creada y buscando transformarse en el Creador. Cuando el primer hombre pretendió determinar por sí mismo qué era bueno y qué malo, se transformó a él mismo y al mundo en un ámbito de rebelión contra Dios, más que de colaboración con el Creador.

El hombre buscó darle todo al mismo hombre, en contraposición al orden objetivo del bien establecido por Dios. Por eso, el pecado es una ofensa a la verdad y a la conciencia debidamente formada y ordenada por la razón y por la fe a la misma verdad.

Los cristianos creen que estamos luchando continuamente entre hacer el bien y el mal, debido a nuestra caída. Como escribe San Pablo: “(…) yo soy carnal, y estoy vendido como esclavo al pecado. Realmente mi proceder no lo comprendo, pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco”.

La gente buena, que desea vivir en la verdad, reconoce en sí misma una inclinación al pecado proveniente del hecho de que no siempre podemos subordinar nuestros sentidos a la recta razón. Cristo nos aclara que debemos hacer lo necesario para dominar esta fuente de tentación, en tanto que San Pablo enfatiza la consiguiente necesidad de disciplinarnos, como lo hace un atleta en su entrenamiento.

El pecado tiene su impacto mayor en la vida interior de cada persona debido a que los pecados son realidades espirituales duraderas. Los actos pecaminosos no son elementos meramente transitorios dado que provienen de la decisión humana. Influyen en la formación de la vida e identidad de una persona. Somos culpables en cada elección pecaminosa, independientemente de que sintamos o no la culpa.

Ciertamente, permanecemos culpables, mientras no nos convirtamos realmente de corazón. Aunque los cristianos pensamos que el hombre ha sido redimido por Cristo, permanece la herida del pecado original. Somos conscientes constantemente de la distancia entre las demandas del amor y nuestra imposibilidad de satisfacerlas. Por ejemplo, se pide a cada persona que ame a todas las demás, algo que parece superarnos a la mayoría durante nuestra vida.

El pecado y su significación social

Los efectos del pecado no se agotan en el interior de cada persona. Hay pocas dudas de que nuestras elecciones individuales de pecar afectan nuestro ambiente social. La profunda dicotomía del hombre, capaz de conocer y obrar el bien, pero atraído por el pecado, se refleja en la turbulencia que caracteriza a la sociedad.

Esta realidad tiene profundas consecuencias para la reflexión cristiana sobre el orden social. El hecho del pecado implica que no es posible construir una utopía terrena a pesar de que Cristo nos llame a cada uno a luchar por la perfección. Heridos por el pecado, casi inevitablemente dañamos nuestras relaciones con los demás.

Los cristianos no deben ignorar esto, sino que han de integrar una conciencia de la debilidad moral humana al pensamiento acerca del orden social. La encíclica Centesimus Annus, señala este punto de un modo especialmente profundo:

El hombre creado para la libertad lleva dentro de sí la herida del pecado original que lo empuja continuamente hacia el mal y hace que necesite la redención. Esta doctrina no sólo es parte integrante de la revelación cristiana, sino que tiene también un gran valor hermenéutico en cuanto ayuda a comprender la realidad humana.

El hombre tiende hacia el bien, pero es también capaz del mal; puede trascender su interés inmediato y, sin embargo, permanece vinculado a él. El orden social será tanto más sólido cuanto más tenga en cuenta este hecho y no oponga el interés individual al de la sociedad en su conjunto, sino que busque más bien los modos de su fructuosa coordinación.

No se deben entender estas palabras como una racionalización de los pecados o como una absolución de nuestra responsabilidad de combatir el pecado, tanto en la sociedad como en nosotros mismos. Más bien nos conducen a evitar el error del utopismo y a recordar cuánto depende nuestra salvación de la muerte, resurrección y misericordia de nuestro Señor Jesucristo.

Esto es especialmente cierto, como veremos, cuando se trata de pensar en el problema de la corrupción y resistir a su capacidad de hundir sociedades enteras.

Cuando las condiciones sociales están especialmente perturbadas por los efectos del pecado (como cuando la corrupción está generalizada), la gente puede hallar nuevos alicientes al pecado, algunos de los cuales no pueden superarse sin arduos esfuerzos de nuestra parte y sin la asistencia de la gracia.

Estos factores pueden limitar la responsabilidad moral, reducir la libertad, y condicionar el modo en que las personas individuales eligen el bien o el mal. Los Padres de la Iglesia siempre reconocieron que la culpabilidad de los pecados podía reducirse (pero nunca anularse) por la consideración de las circunstancias en las que nos encontramos.

De todos modos, el pecado es siempre el resultado de un acto de libertad personal. La realidad del pecado es parte integral de la verdad acerca del hombre, porque la persona humana es un agente moral libre. Por más que parezca paradójico, el reconocimiento de la realidad del pecado es la comprobación de la realidad de la libertad.

Asignar toda la responsabilidad del pecado personal a factores externos equivaldría a negar nuestra libertad como personas. Esta dignidad y libertad se manifiestan, de una forma contradictoria y desafortunada, en nuestra responsabilidad por los pecados que cometemos. Ciertamente, nada hay más intransferible y más profundamente personal que nuestro mérito por la virtud o nuestra responsabilidad por el pecado.

¿Pecado social?

Los cristianos sólo pueden hablar analógicamente de pecado social: no se puede subestimar la responsabilidad de los individuos involucrados. Al hacerlo, se reconocen dos verdades acerca de los efectos del pecado en la sociedad.

La primera es que cada pecado individual afecta a las demás personas de algún modo, debido a que el hombre es un ser social. Cada pecado, por más íntimo o secreto que sea, repercute en toda la humanidad. Los pecados afectan a los que deciden pecar y distorsionan la ecología moral y social en la que viven.

La segunda es que existen ciertos pecados que, por definición, constituyen un ataque directo al prójimo: pecados en las relaciones interpersonales, pecados contra la libertad de los demás, pecados que degradan la dignidad y el honor del prójimo, y pecados contra el bien común.

Es completamente posible que el estado de injusticia en una sociedad pueda adquirir proporciones tan amplias que casi llegue a una especie de anonimato, al punto de que sea difícil y complejo identificar las causas inmediatas y de largo plazo de la injusticia.

En efecto, estas circunstancias pueden encarnar los pecados que las forman, y animar a los que viven en esta situación a comprometerse en otros actos pecaminosos. La Unión Soviética es un ejemplo excelente de este tipo de fenómenos. No hubo un factor único que condujera al establecimiento de un Estado de un solo partido comprometido en la construcción de una sociedad antitética a las enseñanzas del cristianismo.

Fueron muchas las decisiones que llevaron al golpe de Estado bolchevique de 1917 y al prolongado dominio del poder por parte del Partido Comunista. Las condiciones políticas y económicas catastróficas inducidas por 70 años de comunismo hicieron muy difícil la supervivencia de las personas, a menos que estuvieran dispuestas a quebrantar la ley pagando sobornos a los funcionarios del Estado o robando bienes que legalmente pertenecían a éste.

Así, vemos cómo los pecados particulares cometidos hace décadas tuvieron repercusiones reales en la ecología moral de la nación entera, al inducir a los demás a participar, quizás dubitativamente, en el mal.

Aunque el anonimato puede ser el resultado de una injusticia generalizada, deberíamos evitar una sobrestimación del grado de anonimato que representan esas situaciones. Todos esos pecados sociales, en último término, provienen de pecados personales.

Sostener otra cosa es negar la libertad humana y adscribirse a una visión determinista del hombre (por eso, no cristiana). La Cristiandad ortodoxa ha evitado siempre atribuir la responsabilidad del pecado a categorías impersonales amplias como son el sistema, las estructuras, la economía, o, aún de modo más general, la sociedad.

Una situación de pecado sólo perdurará, si se sostiene por las acciones pecaminosas de la gente: aquellos que no quieren hacer los sacrificios necesarios para superar el mal; aquellos que explotan el mal; aquellos que podrían actuar contra el mal, pero que se niegan a hacerlo por indiferencia o dejadez; aquellos que racionalizan la situación declarando que no se pueden superar los problemas.

Una Teoría de la Corrupción

Nuestro análisis del pecado y de sus efectos sociales indica que la clave para transformar una situación de pecado es lo que los cristianos llaman una conversión del corazón.

Sin embargo, esto no es excusa para ignorar la distorsión producida por el pecado en la ecología moral e institucional. Por el contrario, refuerza la obligación de rectificar las instituciones y las condiciones de vida cuando incitan al pecado de modo que se conformen con las normas de la justicia y promuevan el bien.

Una vez que reconocemos nuestro pecado y los efectos de éste en el seno de la sociedad, deberíamos actuar para corregir las faltas que hemos cometido. El pecado no es sólo una “equivocación” que se corrige sólo pidiendo disculpas. Es una realidad con efectos persistentes que deben enfrentarse aún después de que el pecado ha sido perdonado. Como observa el teólogo moral Germain Grisez:

Aún después de que se olvida el pecado, es necesario reparar sus consecuencias. No hablamos aquí de una reparación tangible del daño concreto (pérdida monetaria, destrucción de la propiedad, etc.), que uno también debería tratar de hacerla en tanto sea posible, sino del daño existencial —la división de uno mismo, el quiebre en las relaciones con los demás, el alejamiento de Dios.

Lo que ya hemos dicho acerca del pecado ha de habernos sugerido algunas intuiciones acerca de la naturaleza y el origen de la corrupción. Sabemos algo, por ejemplo, acerca de la corrupción como categoría moral.

También tenemos alguna indicación acerca de dónde reside la responsabilidad fundamental de la irrupción de la corrupción, acerca del modo en que persiste y, afortunadamente, acerca de cómo podría minimizarse en las sociedades dispuestas a reconocer que nuestra tendencia a pecar está inscripta en nuestra misma humanidad.

Sin embargo, hay muchos elementos de la corrupción que no los aclara nuestra teología del pecado. No nos explica completamente en qué se diferencia de otras manifestaciones del pecado como, por ejemplo, el asesinato y el robo. Es, en este punto, donde las ciencias sociales pueden ayudar a clarificar el pensamiento.

Una disciplina como la economía nos puede ayudar a captar más precisamente el carácter de la corrupción y nos puede mostrar cómo afrontarla. Nos brinda muchas de las herramientas conceptuales que no se encuentran en el análisis teológico, y que nos ayudan a entender cómo se produce la corrupción.

En términos legales y económicos, la corrupción puede definirse como la realización de transacciones ilegales voluntarias entre un agente y su cliente con un efecto negativo para el “principal” a quien el agente estaba obligado legalmente a servir.

Mediante la violación de esta obligación el agente corrupto ejercita el poder recibido de su “principal” de un modo completamente distinto de su compromiso legal con este último. De esta manera, el agente corrupto dispone de la riqueza o poder del “principal” en su propio beneficio.

Sin infidelidad al “principal”, el pecado no puede ser calificado como delito de corrupción. Un robo a mano armada no es corrupción. Hay un culpable y una víctima, pero falta el tercero traicionado. Este delito, por tanto, no es corrupción.

Otro aspecto de la corrupción, que la teología no muestra de forma directa, es hasta qué punto se la puede considerar asociada a un sector público expansivo. Los economistas son virtualmente unánimes al considerar que, aunque la corrupción puede surgir en cualquier circunstancia, su suelo más fértil es el sector público.

Las corporaciones privadas, por ejemplo, no pueden crear barreras tarifarias o recolectar impuestos aduaneros. A pesar de que pueden presionar a los políticos en tales sentidos, sólo el Estado tiene la potestad legal de crear esas oportunidades para un enconamiento de la corrupción.

Dicho en otras palabras, el Estado facilita algunas de las condiciones para la corrupción, legislando que se deben hacer ciertas cosas de ciertos modos o que se deben pagar varias cargas o que se deben obtener determinados permisos. Algunos tratarán de eludir estas barreras pagando un soborno, pero, si esas obligaciones y permisos no hubieran existido, los incentivos para la corrupción hubieran disminuido significativamente.

No es pura coincidencia que los regímenes más corruptos hayan sido sociedades altamente estatistas como los estados comunistas y fascistas. Lo que es especialmente insidioso acerca de la corrupción en el sector público es que, como observa el economista de la escuela de la elección pública Gordon Tullock, a menudo proviene de que el Estado “interviene no por la razón ostensible [es decir, el bien común], sino debido a una secreta razón de beneficio privado —es decir, se simula que se está favoreciendo el interés público, pero de hecho se está favoreciendo la billetera propia—”.

En sus reflexiones acerca de la corrupción y el sector público, los economistas Andrei Shleifer y Robert W. Vishny definen la corrupción gubernamental como “la venta de la propiedad del Gobierno por parte de sus funcionarios en beneficio propio”.

La adecuación de esta definición puede ilustrarse mediante el caso del robo y la subsiguiente venta de una computadora del Gobierno por parte de un funcionario público. Existe aquí una transacción voluntaria entre el funcionario deshonesto y el comprador de la computadora, la consiguiente traición al Gobierno y, en definitiva, al contribuyente.

Los ejemplos ofrecidos por Shleifer y Vishny dejan en claro que su definición es aplicable a una amplia gama de casos de corrupción. Hacen notar, por ejemplo, que “los funcionarios públicos a menudo cobran sobornos para conceder permisos y licencias, para dejar pasar por la aduana o para prohibir el ingreso de competidores”.

Los permisos y licencias juegan el rol de la computadora del ejemplo anterior. Pero lo que hace que esos objetos de corrupción sean más interesantes es que posibilitan que los funcionarios actúen como agentes privados realizando una actividad económica que, de otro modo, les hubiera quedado vedada.

Las licencias y los permisos (incluidos pasaportes y visas) son necesarios para cumplir restricciones impuestas legalmente a la actividad económica privada. En determinados casos, el fin principal de algunos permisos y regulaciones pareciera ser la concesión a los funcionarios corruptos del poder de negarlos y consecuentemente cobrar sobornos para concederlos.

En tales casos, el Gobierno no es el “principal” traicionado. Se transforma, más bien, en un aliado de los funcionarios corruptos uniéndose a ellos para traicionar al contribuyente—que es el “principal” en este caso—.

La corrupción puede, ciertamente, surgir también en el sector privado. Es completamente posible que dos agentes de una compañía privada defrauden a un “principal” confiado (es decir, a los accionistas).

Pero las empresas privadas tienen un incentivo —la amenaza de reducción de los beneficios— para esforzarse especialmente por evitar que los empleados deshonestos hagan acuerdos con clientes o proveedores, que los beneficien personalmente, contra los intereses de la empresa.

Un empleado puede aprovecharse de un procedimiento defectuoso en su propio beneficio, pero una empresa privada tiene fuertes incentivos para prohibir y evitar estos comportamientos.

En las burocracias estatales y las empresas públicas encontramos incentivos para la tolerancia de la corrupción. Al carecer del móvil económico, los funcionarios públicos no tienen incentivos directos para reducir la corrupción, salvo su propia moralidad y su interés por la integridad ética de la organización.

Puede argumentarse que una intervención estatal excesiva fomenta una mayor corrupción. Como observa Vito Tanzi:

Si el Gobierno controla los mercados financieros, el comercio exterior, el acceso al cambio externo y a muchos productos provistos a precios subsidiados (como servicios telefónicos, sanitarios, eléctricos, el crédito y los bienes importados), los sobornos tomarán el lugar que no pueden tomar los precios en la asignación de bienes y recursos escasos.

A los funcionarios públicos no les cuesta nada imponer restricciones inútiles y dañinas a las actividades económicas privadas. Esto genera en las contrapartes privadas incentivos perversos para ofrecer sobornos de modo de sortear esas restricciones.

Algunos economistas han observado que incluso aquellas regulaciones y controles que no han sido impuestos deliberadamente para crear oportunidades de corrupción suelen refinarse de modo que facilitan el surgimiento de ésta.

Nuestro breve análisis económico de la naturaleza y las causas de la corrupción muestra cómo los acuerdos sociales, políticos y económicos pueden dar lugar a situaciones que los cristianos llaman “ocasiones de pecado”; pero esto no significa que los actos de corrupción no sean, en último término, el resultado de una decisión individual.

El hombre siempre es libre de elegir, aunque siempre, como hemos observado, está inclinado al pecado. Por esto, no tiene sentido generar incentivos que debiliten su resistencia a emprender comportamientos corruptos.

Como hemos mostrado, los incentivos para combatir la corrupción en una burocracia estatal son mucho menores que en el sector privado, donde la corrupción actúa en detrimento de los beneficios y es, por eso, más comúnmente evitada.

Aunque hemos arribado a una comprensión de la corrupción, sabemos poco acerca de sus efectos, tanto desde el punto de vista teológico como económico. Para identificar aquellos principios que puedan facilitar su minimización debemos entender, primero, cómo impacta a una sociedad tanto desde el punto de vista de la justicia como de la eficiencia económica.

Los salarios del pecado

Los cristianos siempre han tratado de evitar dos tentaciones en cuanto a la vida pública. La primera es creer que la Fe es irrelevante en ese ámbito y en los modos de interacción personal.

La segunda es permitir que la Iglesia se transforme gradualmente en una especie de fuerza primariamente ideológica preocupada casi exclusivamente en el aquí y ahora.

Gran parte de esta discusión gira alrededor de la idea de justicia que resuena en la Escritura y en los escritos y vidas de los Padres de la Iglesia y de los santos. Los textos son claros en cuanto a que la búsqueda de la justicia no conlleva el intento de construir una utopía terrenal, y también en cuanto a la obligación cristiana de actuar siempre con justicia.

En siglos de pensamiento cristiano, se han distinguido diferentes especies de justicia. Estas distinciones nos ayudan a diferenciar un acto justo de uno injusto y a identificar la forma precisa asumida por formas diferentes de acciones injustas. Por eso, una comprensión clara de las diversas especies de justicia nos permitirá alcanzar intuiciones más concretas acerca de la dimensión moral de la corrupción.

La corrupción como injusticia

No debería dudarse que un acto corrupto, en tanto es pecado, tiene profundas consecuencias morales para la persona que lo comete libremente.

Cualquier pecado contribuye a la desintegración moral de la persona, puesto que la aleja de una vida conforme a su propia dignidad personal. El pecado como tal no sólo separa de Dios, sino que también aborta la realización del debido destino personal.

Aunque este efecto interior del pecado constituye el impacto más significativo para la persona que comete un acto corrupto, los cristianos no pueden ignorar el efecto externo de sus acciones —sean éstas buenas o malas—.

El Evangelio proclama la necesidad de vivir y actuar justamente en nuestra relación con el prójimo y de rectificar cualquier acción injusta. En este sentido, el patrón de justicia es la expresión de la igualdad esencial de la dignidad de toda persona humana y abarca lo que los cristianos llaman la regla de oro: “Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas”.

Los cristianos no deben entender la justicia sólo en términos de corrección procesal o de Estado de Derecho. Por más que éstos sean importantes, los cristianos entienden a la justicia, primera y fundamentalmente, como una virtud moral.

Tomás de Aquino escribió que la justicia supone “la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno su derecho”. La conciencia de que la justicia es finalmente una virtud, resalta la importancia de actuar justamente con los demás, cuando tomamos decisiones.

Una reflexión ulterior acerca de nuestra naturaleza social demuestra que la justicia puede tomar dos formas, cada una de las cuales refleja un aspecto distinto de la relación con los otros.

Una se refiere a los actos de justicia en relación con los otros en general, en tanto que una persona que sirve a una comunidad, sirve a todos los hombres que la componen. Es denominada justicia general o legal.

La otra se refiere a los actos justos en “sus relaciones con los individuos”. Ésta es llamada justicia particular.

Según Tomás de Aquino, la justicia general puede llamarse también legal, porque la ley natural y divina busca orientar las acciones humanas hacia el bien común. “Tiene al bien común como objeto propio”. También se ocupa de lo que el ciudadano debe en justicia a la comunidad. Obliga al individuo que vive en una comunidad a actuar como una persona responsable.

Además de orientar nuestros propios actos al bien común mediante la justicia, también hacemos elecciones orientadas al bien de otros individuos. La justicia particular se ordena a una persona privada. Dicha justicia se puede subdividir en dos categorías: justicia conmutativa y justicia distributiva.

La justicia conmutativa se ocupa de la equidad en las interacciones libres entre dos partes relativamente iguales en cuanto a estándar como la igualdad en el intercambio y el cumplimiento de las obligaciones contractuales. Regula los intercambios entre personas de acuerdo a un respeto estricto de sus derechos. La justicia conmutativa obliga estrictamente. Requiere la salvaguarda de los derechos de propiedad, el pago de las deudas y el cumplimiento de las obligaciones acordadas libremente.

La justicia distributiva consiste en la equidad en las relaciones entre las comunidades y sus miembros. Regula lo que la comunidad debe a sus ciudadanos en proporción con sus contribuciones, considerando sus necesidades. No hay un criterio único para resolver las cuestiones distributivas. Supone la valoración del rol y las responsabilidades de los diversos individuos, de sus diferentes necesidades, y del grado en el que han previsto y aceptado riesgos evitables (como la voluntad de invertir el dinero en una empresa nueva aún no probada), en tanto que otros no lo han hecho.

Desde este punto de vista vemos que la corrupción viola muchas categorías de justicia. Supone, por ejemplo, la decisión de actuar contra la virtud de la justicia. La corrupción también abarca una infracción clara a la justicia conmutativa en tanto que un acto corrupto supone la transgresión deliberada de obligaciones asumidas libremente por un agente en relación con el “principal”.

En el caso de los funcionarios públicos corruptos, un acto de corrupción también supone violaciones a la justicia legal, porque el acto corrupto del funcionario afecta directamente la capacidad del Estado para asistir a los ciudadanos en la realización del bien común.

A la luz de los muchos modos en que la corrupción infringe diferentes especies de justicia, llama la atención que sean tan pocos los expertos cristianos que se refieran a la corrupción en este sentido. Desde la perspectiva de una comprensión auténticamente cristiana de la justicia, podemos percibir cómo los efectos de la corrupción pueden ser tan dañinos para una sociedad.

La corrupción no sólo socava los vínculos básicos de confianza entre los individuos, sino que también destruye esos vínculos entre los individuos, la comunidad política y aquellos investidos de autoridad legal por la misma comunidad política. Sustrae los mecanismos legales, como los contratos, del poder de la autoridad legal.

Es curioso que los que han captado la atención de los economistas hayan sido los efectos de esta violación de la confianza. Ciertamente, los economistas no hablan de la justicia en ninguno de los sentidos descritos más arriba. Como escribe uno de ellos:

Puesto que se suele tomar la corrupción como sinónimo de mal, su mera existencia suele ser causa de preocupación. Sin embargo, un economista sólo llega a esta conclusión después de comprender el impacto de la corrupción sobre la eficiencia y la equidad del sistema económico. Si su impacto es benigno, el economista argumentará a favor de la reforma legal puesto que llamar ilegal a una práctica que, de hecho, es funcional, supone costos psicológicos y financieros.


ContraPeso.info, lanzado en enero de 2005, es un proveedor de ideas y explicaciones de la realidad económica, política y cultural.



1 comentario en “Teoría de la Corrupción”
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