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Teoría De La Dependencia
Selección de ContraPeso.info
28 noviembre 2008
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta una idea de Daniel Yerguin y Josepeh Stalislaw. Agradecemos a Neoliberalismo.com el amable permiso de publicación, tomada del capítulo 9 de The Commanding Heights, de los autores. La traducción es de Adolfo Rivero.

La idea central del escrito es un breve examen de una escuela de pensamiento económico, popularizada en América Latina a partir de los años 40 del siglo pasado y aplicada con insistencia. La política de la sustitución de importaciones fue quizá su práctica más visible. Corresponde a la época del desarrollo estabilizador mexicano y puede explicar en buena parte el retraso económico de la región, además de algunas ideas que aún prevalecen.

El tradicional enfoque estatista en América Latina estuvo muy influido por lo que se conoce como la teoría de la dependencia. Esta racionalizaba el control del estado – altas barreras proteccionistas, una economía cerrada y un menosprecio general por el papel del mercado. Y desde fines de los años 40 hasta los años 80, disfrutó un dominio absoluto.

Sus orígenes están en el final de los años 20 y durante los años 30 y la Gran Depresión cuando el colapso de los precios de las materias primas devastó las economías latinoamericanas orientadas a la exportación. Al mismo tiempo, en consonancia con la época, la “seguridad nacional” se convirtió en una justificación para que los gobiernos se hicieran cargo de los “sectores estratégicos” de la economía con el presunto objetivo de satisfacer las necesidades del país y no las de los inversionistas extranjeros.

Esto condujo a la formación de empresas petroleras estatales en un número de países. En Occidente, después de la II Guerra Mundial, el cambio hacia un mayor control estatal se vio impulsado tanto por el desarrollo del estado del bienestar social y el intervencionismo keynesiasno como por el prestigio del marxismo y de la Unión Soviética.

Otro factor que también motivó a los economistas latinoamericanos y a sus gobiernos fue el anti-americanismo, la antipatía hacia las grandes empresas norteamericanas que se percibían como explotadoras en América Latina.

 Los teóricos de la dependencia rechazaban los beneficios del comercio mundial.

A fines de los años 40, los elementos esenciales de su concepción eran expuestos y promovidos por Comisión Económica Para América Latina (CEPAL) de Naciones Unidas y, muy especialmente, por el economista argentino Raúl Prebisch, que dirigió la comisión de 1948 a 1962.

Prebisch empezó su carrera como “un firme creyente en las teorías neo-clásicas”. Pero, según dijo, “la primera gran crisis del capitalismo —la Gran Depresión— me hizo plantearme serias dudas en relación con esas ideas”.

Prebisch y sus colegas de la CEPAL propusieron una versión internacional de la inevitabilidad de la lucha de clases. Alegaron que la economía mundial estaba dividida entre el centro industrial – Estados Unidos y Europa Occidental – y la periferia productora de materias primas. Los términos de intercambio siempre trabajarían en contra de la periferia, lo que significaba que el centro explotaría constantemente a la periferia.

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Los ricos se harían más ricos y los pobres más pobres. Según esta concepción, el comercio internacional no era una forma de elevar el nivel de vida sino más bien una forma de robo y explotación que las naciones industriales y sus corporaciones multinacionales perpetraban sobre los pueblos en vías de desarrollo.

Estas ideas se convirtieron en artículos de fe en las universidades latinoamericanas.

 ¿Qué hacer? La periferia debía de romper ese ciclo siniestro y tomar su propio camino. En vez de exportar materias primas e importar productos manufacturados, estos países debían de desplazarse lo más rápidamente posible hacia lo que llamó la industrialización de substitución de importaciones (ISI).

Esto se podría lograr rompiendo los vínculos con el comercio mundial mediante altas tarifas y otras formas de proteccionismo. La lógica de la infancia de una industria se convirtió en la lógica de toda la industria. Las monedas fueron sobrevaloradas, lo que abarataba las importaciones de los equipos necesarios para la industrialización.

Todas las demás importaciones fueron severamente racionadas mediante permisos y licencias. Las monedas sobrevaloradas también desalentaban las exportaciones agrícolas y de otras materias primas al aumentar sus precios y destruir su competitividad.

Los precios nacionales eran controlados y manipulados, y los subsidios se multiplicaron. Muchas industrias y actividades fueron nacionalizadas. Una verdadera jungla de controles y regulaciones proliferó por toda la economía. La forma de hacer dinero era aprender a navegar por el laberinto burocrático y no servir al mercado.

En general, lo que guiaba la economía eran las decisiones políticas y burocráticas, y no las señales y el feedback del mercado.

Hasta los años 70, este enfoque pareció funcionar. El ingreso real per cápita casi se duplicó entre 1950 y 1970. En el mismo período, el papel del estado siguió ampliándose así como las empresas estatales. Se subieron las tarifas y otras barreras al comercio.

La crítica más popular de la época era que los gobiernos no estaban haciendo lo suficiente, y que se debían de acercar al modelo de una economía centralmente planificada como la de la Unión Soviética y la Europa del este. La profunda debilidad del sistema permanecía fundamentalmente oculta – hasta principios de los años 80.

La crisis de la deuda golpeó muy duro a América Latina. Los préstamos habían sido enormes. Entre 1975 y 1982, la deuda externa de América Latina casi se cuadruplicó, pasando de $45,200 millones a $176,400 millones.

Si se suman los préstamos a corto plazo y los créditos del Fondo Monetario Internacional, en 1982 la deuda era de $333,000 millones. Y, sin embargo, nadie le prestaba mucha atención hasta agosto de 1982, cuando México se vio al borde de la mora.

Lo que siguió fue una doble bancarrota – financiera e intelectual. Las ideas que habían conformado el sistema económico de América Latina habían fracasado y los países latinoamericanos ya no podían financiarse. La dependencia los había llevado a la bancarrota. Los años que vinieron, en los que América Latina luchaba por reconformar su economía, fueron calificados como “la década perdida”. Y con razón. En 1990, el ingreso per cápita era menor que en 1980.

Con el pasar de los años, se tuvo que reconocer la enorme debilidad intrínseca del viejo sistema. Las empresas industriales – tanto privadas como estatales – que había alentado eran ineficientes debido al proteccionismo, la falta de competencia y el aislamiento de la innovación tecnológica.

En su mayor parte, no priorizaba la calidad ni la cantidad del servicio. La agricultura sufrió mucho. Los déficits presupuestarios crecieron enormemente. Con una inflación generalizada y muy difícil de desarraigar, los ahorros familiares fueron arrasados. Por consiguiente, la gente no se podía retirar. La inflación creció niveles increíbles, empujada por los déficits y por una política monetaria relajada. Las economías nacionales perdieron los beneficios del comercio internacional y, como es lógico, no hubo ninguna mejora en la desigualdad social.


ContraPeso.info, lanzado en enero de 2005, es un proveedor de ideas y explicaciones de la realidad económica, política y cultural.





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