|
||
Quiero examinar un fenómeno que no suele ser tratado con la deferencia que debiera —el extraño fenómeno de que sabiendo qué debe hacerse se encuentran razones para no hacerlo. Un ejemplo ayudará a comprender a lo que me refiero. Una columna de Víctor Sánchez Baños (4 de julio de 2008, La Crónica), ayudará a ejemplificar el raro caso que deseo señalar. La columna hace referencia a una publicación que critica la política social del gobierno mexicano. Es el libro de Santiago Levy, Good intentions, bad outcomes: social policy, informality and economic growth in Mexico (Brookings, 2008). En esa obra, según el columnista se muestra:
Total que la obra de Levy prueba la existencia de una política social errónea:
En resumen, el columnista explica la obra de Levy y su tesis —los programas sociales tienen efectos colaterales negativos que consisten en promover la economía informal que es una que reduce las posibilidades de crecimiento y avance de la productividad. Nada que no sea conocido. Pero lo más destacable es lo que a continuación dice el columnista y que es ese fenómeno que quiero acentuar —dice ese columnista que,
Esto es lo que es realmente asombroso —primero reconoce que lo expresado en tal obra es irrebatible de acuerdo con los principios económicos, es decir, lo acepta: el gasto social del gobierno mexicano está mal realizado porque da incentivos positivos a la informalidad y negativos a la formalidad. Pero segundo dice que no hay que ver a las personas como un signo de pesos, que ellas deben recibir ayuda estatal aunque no sean productivos. No es una sana manera de analizar las cosas. Levy no parece haber afirmado que las personas sean tratadas de esa manera, ni que no se den ayudas. Todo lo que ha dicho es que ese gasto social está mal realizado y tiene efectos colaterales que dañan a la misma gente. Lo que Sánchez Baños, si fuera médico, está diciendo es extraordinario: el paciente está enfermo, el tratamiento que está recibiendo es el equivocado, hay otro indudablemente mejor, pero no se le dará, continuará con el mismo tratamiento. El problema es uno que se entiende en una secuencia: • existe un problema como la atención médica a la población. • se intenta resolver con un programa que tiene consecuencias imprevistas que lastiman al que se pretende ayudar. • la evidencia, los análisis, indican que eso es cierto. • no importa lo que digan los análisis, hay que seguir aplicando el mismo programa que tiene consecuencias negativas. No entiendo esa manera de pensar —la que insiste en mantener en operación algo que empeora la situación que trata de resolver. Quizá se deba a una peculiar forma de pensar que parte de la idea de que la intención de una acción es suficiente como para justificarla por completo. Una forma de pensar que acepta la evidencia, que dice que ella es incontestable, pero que eso no importa, que la realidad debe ser ignorada porque existen otros motivos que deben considerarse. El columnista, quien no es excepcional en su planteamiento, asegura que porque son personas desprotegidas ellas deben ser ayudadas por su gobierno con acciones que son contraproducentes. ¿Cómo entender que a pesar de reconocer que debe hacerse una cosa se insista en hacer otra? Terquedad es una palabra muy débil para describir esto, pero no encuentro otra.
|














