Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Tolerancia: Una Definición
Leonardo Girondella Mora
30 septiembre 2008
Sección: DERECHOS, Sección: Análisis
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Una de las palabras más alabadas de la actualidad, tolerancia, tiene un origen basado en la capacidad de soportar una desviación —por ejemplo, la tolerancia de una persona para ingerir una cierta sustancia en dosis grandes sin que ella sufra efectos dañinos.

Podría ser también la tolerancia de aceptar variaciones en las medidas de una pieza de maquinaria sin que ella sufra desperfectos.

La tolerancia tiene múltiples aplicaciones, pues puede hablarse de tolerancia al riesgo entre los inversionistas, de tolerancia a la glucosa entre pacientes, de tolerancia al error, a la frustración.

Se ha usado también para expresar una tolerancia inexistente contra el crimen al hablar de tolerancia cero, por ejemplo, al aplicar un reglamento de tránsito.

La idea general de la tolerancia es una englobada en la idea común a palabras como soportar, sufrir, resistir, admitir —tolerar algo sin tener consecuencias indeseables. Una de las acepciones más usadas y colocadas como un enorme valor es la que más específicamente podría llamarse tolerancia cultural.

Si bien la palabra ha adquirido una popularidad reciente, su uso primero más importante lo realizó John Locke en su carta sobre la tolerancia religiosa y que llamaba a una convivencia entre religiones cristianas dentro de una misma sociedad.

La tolerancia cultural, por tanto, puede tener una definición sencilla, la de soportar diferencias culturales sin consecuencias graves —el caso, por ejemplo, de los habitantes de una comunidad culturalmente muy homogénea a la que emigran personas culturalmente diferentes: el llamado que la tolerancia cultural hace es el de soportar a los recién llegados, el no rechazarlos y mucho menos hacerlos objetos de discriminación y malos tratos.

Un caso muy usado de tolerancia es la religiosa —por ejemplo, una comunidad en la que predomina una religión única y a la que emigran personas de una religión muy diferente: a una ciudad mormona se mudan, tal vez, personas del Islam. La tolerancia es un llamado a ambos grupos a soportarse sin conflictos entre ellos: admitir sus diferencias sin consecuencias negativas.

Dentro de la esencia de la tolerancia cultural se encuentra un elemento negativo que no es reconocido con facilidad, el desacuerdo entre dos o más personas —para que exista tolerancia primero debe existir un desacuerdo considerado lo suficientemente grave como para solicitar que las personas se toleren.

Es decir, la tolerancia, por necesidad lógica, debe reconocer desacuerdos mayúsculos; de lo contrario, no sería necesaria.

Este punto, que es claramente una necesidad lógica de la tolerancia, es muy pocas veces reconocido —pero debe hablarse de él abiertamente: si existe un llamado a la tolerancia es que también existe la aceptación de desacuerdos importantes, generalmente culturales, entre grupos de personas.

Es así que la tolerancia es un llamado a las actitudes de las personas para que desacuerdos culturales entre dos o más grupos no lleven a situaciones negativas, como discriminación y violencia.

Existe otro rasgo de la tolerancia y que tampoco es tratado abiertamente, tanto como debiera —se trata de un llamado a la inacción ante las diferencias profundas entre personas. No pide en realidad hacer algo, sino más bien, la tolerancia pide la no acción ante esas diferencias de cultura.

La tolerancia, como dije arriba, no va más allá de solicitar una situación de paciencia y calma pidiendo a la persona que resista con sosiego esas diferencias en otros —no pide aprobación del que es tolerado por parte del que tolera.

Simplemente pide una especie de reacción pasiva: la persona no debe perturbarse ante el otro, y si lo está, deberá ser impasible. La tolerancia, en pocas palabras, es una solicitud de convivencia pasiva de personas entre las que existen muy grandes diferencias culturales.

La cualidad de la tolerancia como una no acción, tiene sin embargo consecuencias no previstas. En agosto de 2004, en un artículo titulado Exageración Tolerante, el editor de esta página escribió:

“Cuando la tolerancia se aclama subiéndola a nichos que no merece, termina por producir desinterés e indiferencia… la abulia y el desinterés, pues si todos tienen una verdad, nada más hay que hacer”.

La idea de que la tolerancia produce este desagradable efecto lateral, el de la displicencia y la frialdad, puede causar el rechazo que provoca todo lo que contradice a lo políticamente correcto —aún así, las evidencias empíricas parecen dar la razón a García Gaspar.

Exactamente tres años después en agosto de 2007, en una columna titulada No Todo Es Color De Rosa, hizo referencia a la investigación de M. Jonas (IHT) que reporta eso precisamente: a mayor diversidad dentro de una comunidad, menor trabajo comunitario, menos obras de caridad, menos voluntarios sociales; y menos confianza entre las personas.

Lo anterior resulta natural —la tolerancia no pide nada más allá que soportar a personas con las que se tienen diferencias grandes: no es un reclamo que va más allá de una convivencia paciente. Nada hay en la tolerancia que lleve a pedir a las personas que interactúen entre sí, que socialicen, que sean amigas.

Otra cualidad escasamente mencionada, pero necesaria en la tolerancia es su doble dirección —por necesidad la tolerancia requiere ser realizada por las personas que difieren entre sí: es una obligación mutua aceptada por ambas partes.

Pedir la tolerancia de un grupo ante otro, sin correspondencia de la otra parte, ya no sería tolerancia, sino sumisión de unos a otros. Si se pide en una comunidad islámica tolerar a los cristianos, es obvio que los cristianos tienen también que ser tolerantes; y viceversa, en una comunidad cristiana en la que se pide tolerancia con los islámicos eso también implica que estos sean tolerantes con el resto.

A pesar de lo anterior, existen opiniones que no reconocen la mutualidad de la tolerancia y enfatizan una interpretación unilateral por la que la comunidad cultural mayoritaria debe tolerar a las minorías con las que tiene amplias diferencias, olvidando que también éstas tienen una obligación igual.

Los llamados a la diversidad suelen contener este error —el de dar un lugar privilegiado a los grupos minoritarios, cuyos reclamos son complacidos por encima de los de los demás grupos, provocando desigualdades injustificadas. Traté el tema en Palabras Claras, Bienvenidas, examinando el caso de Australia.

Examinada sin sus vestimentas de corrección política, la tolerancia cultural es una extensión del sistema liberal de iguales derechos para todos, sin importar sus diferencias personales como raza, religión, sexo, condición económica, edad, creencias políticas y demás.

Y si ha cobrado una cierta popularidad como expresión, ello se debe a los mayores movimientos de inmigración desde el siglo pasado.

Esto puede verse en un ejemplo esquemático, el de una sociedad en la que sus habitantes comparten una cultura: idioma, costumbres, fiestas, creencias, historia, religión, hábitos, gustos y, sobre todo, piensan pertenecer a una comunidad que puede diferenciarse de otras.

Si a esa comunidad emigran personas que son fácilmente identificables como distintas por causa de idioma, costumbres, creencias y demás, la comunidad ha cambiado y en ella se hacen posibles varias posibilidades.

Puede con el tiempo tenerse la asimilación de los emigrados a la cultura mayoritaria —un caso que es usualmente representado por los italianos y los irlandeses en los EEUU. Pero es posible que no se logre esa asimilación, especialmente en el corto plazo, y se presenten como consecuencia roces culturales, fricciones entre personas con diferentes culturas y que pueden llegar a ser graves.

De allí la necesidad de dar un nombre específico a lo que es sólo un caso de aplicación de igualdad de derechos —me refiero a tolerancia cultural, ese reclamo mutuo de paciencia entre todos. Es claro que ese llamado tiene máximos, pues la tolerancia no puede extenderse sin límites y estos están marcados por los derechos y libertades de las personas.

Es decir, los derechos y libertades que las personas tienen en una sociedad no pueden ser dependientes de las diferentes culturas que en ella conviven —debe ser la misma serie de derechos y libertades para todos.

La convivencia tolerante necesita una serie de valores compartidos y aceptados por todos como una condición indispensable y que está por encima de las culturas que allí conviven —las leyes del país, por ejemplo, deberán aplicarse a todos por igual, con mínimas concesiones culturales.

Esto contiene una consecuencia seria para el inmigrante, la de aceptar el estado de derecho del país al que se muda —el sólo acto de vivir en un lugar constituye uno de aceptación de las instituciones del país, un campo en el que son especialmente neurálgicas las actitudes ante la libertad y la religión, y en los que cualquier acción puede ser interpretado como ofensiva desatando polémicas que no tienen otra solución que la intervención estatal. La idea sobre el límite de la tolerancia de G. Sartori es importante aquí.

Si en una nación, la religión mayoritaria y tradicional es la religión A, quienes a ella emigren siendo de la religión B, saben de antemano todo lo que ello acarrea y difícilmente podrán alegar ofensas por las muestras públicas de la religión A —la tolerancia mutua les manda a dejar libres a los demás.

Entonces entran en juego las diferencias en actitudes ante la libertad, otro campo de fricciones potenciales de consideración.

Por último, señalo que al tratar de examinar a la tolerancia cultural he intentado darle una definición aceptable y razonada, que me ha servido de plataforma para hacer precisiones que en mi opinión suelen pasar sin ser mencionadas, pero que deben serlo para comprender algo que es vital: la tolerancia debe ser mutua —de lo contrario no lo es.

En esas precisiones he enfatizado consecuencias indeseables o negativas, con la intención de evitar convertir a la tolerancia en un valor perfecto y sin defectos que puede ser extendido sin consecuencias. Y apuntar así que me parece mejor el empleo de la noción de libertades y derechos iguales para todos, una noción más personal, que el uso de la tolerancia que es mucho más colectivista.

 

 

Nota del Editor

En Tolerancia: su Significado el concepto se amplía aún más, con dimensiones no consideradas aquí.

La contribución del autor y sus precisiones sobre la tolerancia, pienso, serán de interés para quien desee examinar el tema sin las pretensiones de lo políticamente correcto. Me limito a hacer un añadido que el autor ha dejado implícito en su escrito, pero que es de enormes repercusiones.

La tolerancia, en lo general, hace concluir a sus defensores que todas las culturas son iguales y tienen el mismo valor. Es decir, argumentan en defensa de la tolerancia que siendo todas las culturas igualmente valiosas, la única posible reacción es la del respeto a las diferentes culturas. Me parece que es una defensa errónea de la tolerancia. Me explico.

La premisa es la de que todas las culturas son iguales, que tienen el mismo valor, que no hay culturas inferiores a otras. Usando tal premisa es válido concluir que, por tanto, ninguna cultura debe prevalecer sobre otra, por lo que el camino de la tolerancia es el correcto.

Cometen un error: el uso de un concepto cultural, la tolerancia, que no es propio de todas las culturas, para sostener que todas las culturas son iguales.

Los defensores de la tolerancia usan un concepto, el de la tolerancia, que es netamente cultural, producto de una serie de creencias y valores razonados y tradicionales, pero que no necesariamente existe en todas las culturas.

Es decir, no puede argumentarse que todas las culturas valgan lo mismo, pues necesariamente la cultura que no sostenga la tolerancia y por extensión a las libertades y derechos personales, no es igual a aquella que sí lo hace.

La encuesta reciente de Consulta Mitofsky en México contiene alguna información de interés en el tema: entre estudiantes, poco más de la  mitad no le gustaría tener de compañeros a enfermos de SIDA, homosexuales, o personas con capacidades diferentes; al 48% no le gustaría tener a indígenas de compañeros; y a menos del 40% no les gustaría tener de compañeros a personas con ideas políticas diferentes, de otra religión, extranjeros, de baja condición económica, o de otro color de piel.

Estos datos definen a la tolerancia como “no gustar tener de compañero a”, es decir, tener tratos con esa persona como compañero de clase y no corresponden a la definición de sencillamente tolerar sin obligación de tratar, por lo que interpretarlos como índices de tolerancia es equivocado.

Hay más sobre el tema en ContraPeso.info: Tolerancia. Una columna recomendable es la de Síndrome de Mente Abierta.


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1 comentario en “Tolerancia: Una Definición”
  1. Pilato, Aquí, Ahora | Contrapeso




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