Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Tres Pasos Para Conversar
Eduardo García Gaspar
22 mayo 2008
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Algunas personas, se ha dicho, tienen un terrible hábito: el de hacer preguntas a otra persona, contestarlas ellas mismas y de inmediato decirle a la otra que la contestación es errónea. De algo muy parecido fui testigo no hace mucho en una conversación. La persona A hablaba de lo conveniente que sería para toda América Latina el adoptar medidas liberales más profundas, especialmente lo referente a los derechos de propiedad.

Al escuchar esa idea, la persona B comentó que lo único que eso podría lograr es el aumento de la brecha entre pobres y ricos, porque, dijo, eso es el resultado del liberalismo económico, el tener empresas cada vez más grandes y gente cada vez más pobre. La persona A respondió que es imposible tener empresas que crecen si al mismo tiempo se tienen consumidores más pobres. A lo que B contestó que el liberalismo es la mejor protección que tienen los empresarios para crear monopolios y explotar a la gente.

No entro al tema discutido, pero sí a la forma de la discusión y su causa primera: cada una de esas personas difería en sus opiniones porque había partido de definiciones diferentes. Uno creía que el liberalismo era una cosa muy distinta a lo que el otro pensaba. Esta dificultad es la que hacía imposible el llegar a acuerdos entre ellas. No importa aquí quién tenía razón, si A o B. Lo que interesa señalar es la diferencia de puntos de partida.

Creo que esto vale una segunda opinión porque aceptar que las discusiones irreconciliables pueden deberse a significados diferentes de palabras es ya de ayuda para sostener mejores conversaciones. Si para una persona una escoba es llamada plancha y para otra una plancha es llamada escoba, jamás podrán acordar con qué planchar ni barrer. El ejemplo es extremo, pero ilustra que también hay diferentes ideas sobre el significado de liberalismo, socialismo, mercantilismo, intervencionismo y otros términos económicos y políticos.

Si se llega a tener definiciones acordadas previas a la discusión, eso sería un paso adelante de gran importancia. En mi experiencia, por ejemplo, suelo encontrar gran confusión entre mercantilismo y liberalismo. Muchas personas los toman como iguales, cuando son muy diferentes. La confusión se complica por el uso de los términos derecha e izquierda, a los que cada quien define como quiere.

Si el primer paso de una conversación que quiere dar frutos debe comenzar con la definición de términos principales, el segundo de los pasos es aún más difícil. Llegar a definir mercantilismo o intervencionismo, no es una tarea imposible, pero sí lo puede llegar a resolver una tentación humana. Me refiero a la de desechar todo lo que no concuerde con lo que uno piensa. En palabras sencillas se llama terquedad y consiste en la incapacidad personal de aceptar pruebas y razonamientos que son opuestos a las ideas propias.

El terco no busca la verdad, ni le interesa. Sean tercos liberales o socialistas, la enfermedad es dañina porque produce pérdida de tiempo. A lo que me refiero es una otra diferencia entre las personas que quieren buscar la verdad y aquellas a las que esa búsqueda no interesa, que es el punto al que quería llegar y que merece aún más una segunda opinión.

Si alguien cree que la verdad existe, tarde o temprano aceptará que lo mejor que puede hacer es tratar de encontrarla. Pero sí piensa que la verdad no existe, entonces no le queda otro camino que la de discutir sin fin ni provecho buscando ganar no por medio de la razón, sino por medio de la fuerza. La terquedad es un defecto, pero el no creer que existe la verdad es mucho peor.

Piense usted en la posibilidad de que A y B lleguen a un acuerdo en su discusión: necesitan definir sus términos principales, necesitan no ser tercos, pero sobre todo ambos necesitan creer que hay una solución que se llama verdad. De no creer en eso último, la única manera de lograr convencer al otro es sacar una pistola y hacerle decir que sí a lo que se dice. Ya no sería una conversación placentera.


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