Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Ventaja Comparativa: Definición
Leonardo Girondella Mora
20 febrero 2008
Sección: ECONOMIA, Sección: Análisis
Catalogado en:


En lo que sigue, primero se da una definición de la ventaja absoluta y también de la ventaja comparativa —los dos, conceptos muy ligados al Libre Comercio, sobre lo que se habla después para dar contexto a las dos definiciones.

Ventaja Absoluta y Comparativa

La definición de ventaja absoluta está bien ilustrada en un ejemplo de los muchos empleados —Inglaterra, por ejemplo, tiene la mayor productividad para la producción de cerveza y, supóngase también, Francia tiene la mayor productividad para producir vino.

Nadie es mejor que Inglaterra para la cerveza y nadie mejor que Francia para el vino, o mejor dicho, los productores individuales de cada producto en cada país son los mejores para hacer esos bienes. Podría hacerse una lista de los mejores productores de cada producto y ver en qué países están.

Eso es la ventaja absoluta, la realidad de que los mejores productores de los bienes se encuentren en cada país. Se hablaría entonces de la ventaja absoluta inglesa en cerveza, de la francesa en vino y demás —siendo esta una forma de hablar que no significa que el país tenga esa ventaja absoluta, sino sus productores nacionales.

Visto así, surge la iniciativa razonable siguiente, la de decir que dentro de un país los recursos serán mejores aprovechado en sus ventajas absolutas: no tiene caso que Inglaterra produzca vino, no le conviene a esta nación y sería mejor dejar que los franceses hagan vino y no cerveza.

Entonces, sale a la superficie la idea del comercio entre las naciones —dedicadas ellas a los bienes en los que son más productivos, el total de la producción sería mayor y las personas en todos los países disfrutarían de productos mejores: más cerveza inglesa, más vino francés, más salchichas alemanas y demás.

La idea tiene su base sólida dentro de la economía de cada país, en la que las personas se especializan y por ello comercian entre sí. El relojero vende sus relojes a sastres, zapateros, pintores, abogados, albañiles… y cada uno de ellos vende sus bienes al relojero.

El comercio entre naciones no es, por tanto, más que eso mismo llevado fuera de las fronteras de los países —el relojero suizo puede vender al zapatero español y éste al sastre inglés. Es lo mismo que sucede dentro de los países, ahora llevado fuera de ellos, pero hay algo que falta en todo esto, la posibilidad de que, por ejemplo, alguien sea el mejor en varias cosas.

¿A qué se dedicarían los demás? ¿Qué podrían vender para obtener eso que otros hacen mejor?

Hay una indicación de la respuesta en asuntos de la vida diaria —si fuese el caso de una persona que en dos ocupaciones fuese mejor que otra, podrá verse también la conveniencia de dedicarse a una sola y dejar la otra en manos de quien no es tan docto en la otra.

Si un gran sastre es también un gran zapatero, podrá él dedicarse a una de esas profesiones, la de su mayor productividad y dejar la otra en manos de quien no es tan bueno como él.

Este es el mismo caso de, por ejemplo, un país con productores que son los más productivos produciendo cerveza y también vino, caso en el que no necesariamente debe decidir producir los dos.

Sigo ahora el ejemplo reproducido aquí y que muestra lo anterior: en el clásico análisis de David Ricardo puede verse que también en el caso de que los productores de un sólo país sean los mejores produciendo dos o más bienes, puede ser de ventaja mutua el comercio entre las naciones.

Si el país A es 10 veces más productivo haciendo cerveza y 2 veces más productivo haciendo vino que el otro país, esto hace ver que es mejor haciendo cerveza que vino: 10 veces contra 2 veces.

El país B entonces es la mitad de productivo haciendo vino y 10 veces inferior haciendo cerveza, es decir, la menor de las diferencias es la del vino en relación al otro país —en ningún caso es superior al país A, pero la menor de las diferencias está en la producción de vino.

Lo que más conviene es, por tanto, que los fabricantes del país A dejen de hacer vino y se dediquen a hacer cerveza, dejando que el vino sea producido todo por los productores del país B.

Si se logra esa especialización, la producción total de los dos bienes será mayor que en caso de no especializarse —esta especialización es la ventaja comparativa y que no necesariamente corresponde con la ventaja absoluta.

Es decir, las ventajas del comercio internacional libre no son anuladas por la existencia de naciones con ventajas absolutas. El razonamiento anterior prueba que teniendo ventajas comparativas, que pueden no ser absolutas, la producción total de un bien puede expandirse usando los mismos recursos.

Si alguien argumentase que el libre comercio es más laberíntico que el ejemplo académico anterior, tendrá que dársele la razón. Existen muy diferentes bienes e insumos posibles de producir en muchas partes que varían sustancialmente en condiciones políticas y económicas.

Pero a pesar de eso, la simpleza del ejemplo y su lógica señalan que eso mismo puede suceder bajo condiciones reales que son ensordecidas por cuestiones como la política monetaria, las tarifas al comercio y demás.

Adam Smith razonó que es un desperdicio hacer en casa lo que más barato puede adquirirse fuera de ella —si eso aplica al caso de familias, nada hay que indique lo opuesto en el caso de familias que vivan en diferentes naciones.

Si el gobierno de un país prohibe la importación de bienes que en el exterior podrían comprarse a precios mejores, dentro de la nación habría un uso ineficiente de recursos, pues se estaría fabricando lo que en otras partes es más barato.

Una mucho mejor decisión sería la de permitir la entrada de los bienes externos y usar los recursos internos en algo que rindiera mejores frutos.

El objetivo de este texto es hablar del comercio exterior —qué es, sus razones de ser, los ataques que recibe, las defensas que esgrime —, lo que llevará a la definición de conceptos.

Mi esperanza es hacer una pequeña contribución a la mejor comprensión del tema, especialmente en estos momentos en los que algunos candidatos a la presidencia en los EEUU y agrupaciones campesinas en México quieren renegociar el TLCAN. No saben de qué están hablando.

Comercio Exterior y sus Obstáculos

Las personas compran y venden a diario y repetidamente —si esas acciones se realizan entre personas dentro del territorio de un país, eso es comercio interno.

El comercio externo o exterior es idéntico al interno, excepto por una cosa: el comprador y el vendedor se encuentran en países diferentes.

No es, dado lo anterior, el comercio que se realiza entre un país y otro —los países no compran ni venden, sólo las personas lo pueden hacer.

Existen personas que sostienen la creencia de que el comercio entre personas de diferentes naciones es negativo y por esta causa piden la intervención del gobierno para obstaculizarlo, en especial las importaciones del exterior.

Las medidas que una autoridad puede usar para limitar el comercio entre personas de diferentes países suelen llamarse barreras comerciales y son de diversos tipos e intensidades.

Quizá la más popular de esas medidas contra el comercio exterior es la llamada tarifa —un impuesto que deben pagar los productos importados y cuya consecuencia es la elevación del precio de esos bienes lo que reducirá la cantidad demandada de ellos.

La otra cara de esta moneda es el subsidio a la producción de un bien local, lo que lo abarata y coloca en una mejor posición que los bienes importados que, desde luego, no tienen ese subsidio. Ambas medidas, la tarifa a las importaciones y el subsidio a los productos nacionales, son una manipulación de precios para colocar en desventaja a las importaciones.

El efecto neto de la manipulación de precios por medio de tarifas es dañino para el consumidor que no tendrá acceso a bienes con precios menores —y el efecto neto de los subsidios a industrias nacionales es un daño al ciudadano, cuyos impuestos no serán usados para bienes públicos, sino para beneficio de las industrias protegidas.

Tarifas y subsidios varían en intensidad dependiendo de su monto que puede ir de lo muy pequeño a niveles muy altos.

También hay otras barreras al comercio exterior, como el establecimiento de cuotas —la fijación de determinadas cantidades permitidas de importación, generalmente destinadas a favorecer la producción local. Incluso puede alcanzarse el nivel de embargo, que es el bloqueo de una nación para importar y exportar.

El común denominador de lo visto está bien contenido en otro término que debe entenderse —el proteccionismo, que es una política económica sustentada en la creencia de que conviene aislar a uno o más de los sectores económicos de un país de la competencia extranjera que significarían las importaciones.

La creencia es singular porque no tendría sentido aplicarla dentro de un país pues ello llevaría a impedir el comercio entre ciudades dentro de una nación —cada ciudad o provincia debería proteger a su industria local impidiendo que compitiera con las de otras entidades también nacionales.

En Contra y a Favor del Libre Comercio

La expresión Libre Comercio es generalmente usada para referirse al comercio exterior libre de toda barrera —sin tarifas, ni subsidios, ni algún otro obstáculo. Existe un consenso general en el sentido de que el Libre Comercio es preferible al proteccionismo por parte de los expertos en el tema, pero a pesar de los argumentos usados, una cantidad de personas encuentra atractiva la idea de proteger a lo nacional de lo extranjero.

Una de las explicaciones más amplias para explicar la diferencia de opiniones con respecto al Libre Comercio es el sentimiento nacionalista y patriótico —los gobernantes con frecuencia apelan a esos sentimientos nombrándose protectores de los empleos que ofrecen las empresas nacionales y que, dicen, se verían amenazados por las empresas del extranjero.

Estos sentimientos patrióticos, si bien son falsos, suelen ser bien vistos por quienes no ven las consecuencias negativas de impedir u obstaculizar las importaciones.

A esa mentalidad que cree en los daños del Libre Comercio se le suele llamar Mercantilismo —que es la creencia de que lo mejor que le puede pasar a un país es tener la mayor cantidad de exportaciones y de ser posible, ninguna importación.

Se piensa que eso es positivo y, por tanto, las barreras al Libre Comercio son con frecuencia bien recibidas sin considerar su efecto neto: el beneficio inmediato a las industrias protegidas y el daño general a todas las personas por causa de precios más altos de los que podrían pagar si las importaciones fuesen permitidas.

Es natural que, por esto mismo, los principales promotores de las barreras sean los empresarios nacionales y sus sindicatos.

Los medios, al reportar sus noticias, acostumbran hablar de reciprocidad comercia l entre las naciones —es la idea de que si un país no tiene barreras al Comercio Libre tampoco las deben tener los países con los que sus ciudadanos comercian.

La idea tiene popularidad por tener una naturaleza igualitaria: condiciones iguales para todos. A pesar de ello, la realidad es que una apertura unilateral de libre comercio es positiva, aunque desde luego la apertura mutua será aún mejor.

Los políticos en campaña incluyen con frecuencia un susto intencional para atraer electores —los atemorizan diciendo que los bienes importados significarán el cierre de fábricas nacionales y, por eso, la pérdida de empleos. Se trata de un chantaje barato, pero exitoso, que el gobernante capitaliza aprovechando la ignorancia del elector.

Es sencillo deshacer el argumento al darse cuenta de que no es aplicable dentro de una nación: no tiene sentido suspender, por ejemplo, la apertura de una planta local que produzca un mejor producto que afecte a otra planta que produce uno de inferior calidad y más caro. Hacer esto equivaldría a suspender la innovación y el progreso.

La defensa del empleo es un argumento emocional que no considera los más complejos mecanismos —no tiene sentido usar recursos personales para producir lo que en otro lugar puede comprarse a mejores precios: por eso, la persona compra queso y no lo hace ella misma pues si lo hiciera ello le costaría más que el comprar el queso producido por otros.

El impedir importaciones tiene el mismo efecto, el de desperdicio en el uso de recursos, lo que incluye el capital humano empleado en hacer lo que no conviene y beneficia a ese personal pero daña al resto de las personas dentro del país.

Es verdad que las importaciones pueden dañar a ciertas industrias y causar desempleo en sus sectores, por lo que protegerlas es una acción visible y popular para un gobierno —pero ignora las consecuencias más difíciles de ver: el resto de las personas en realidad estarán pagando más de lo que debieran y resultan dañadas. Los únicos beneficiados son las empresas y los trabajadores del sector protegido, el resto son lastimados.

Este daño puede con facilidad incluir la pérdida de empleos en otros sectores que se vuelven menos competitivos por tener insumos más caros.

Una de las costumbres más arraigadas en el reporte de noticias sobre el comercio exterior de un país es el resaltar como malo un saldo comercial negativo —el país está comprando del exterior más de lo que está exportando, lo que suele ser visto como un foco rojo de la economía. Una lógica muy superficial indica que eso no debe suceder y que debe corregirse, por ejemplo, con tarifas a importaciones.

Esa mentalidad es curiosa porque no aplicada al comercio interno jamás —una noticia que reporte que el déficit comercial de Punta Arenas en Chile debe solucionarse sería impensable. Lo mismo debía aplicarse al comercio exterior. La cifra del déficit comercial no tiene mucho sentido y si acaso lo llega a tener, sería viendo sus datos en el largo plazo.

Las personas al comprar y vender se comportan de manera lógica, comprando en el exterior o en el interior, intentando beneficiarse a sí mismas con productos de consumo y de capital, sin considerar déficits personales con el supermercado o con el dentista.

Cuando se importa un bien, muchas personas consideran a esa acción como muy diferente a la de una compra de un bien nacional —pero en realidad no hay diferencia alguna pues todo lo que sucede es que una persona en Guadalajara, México, le compra un vino a otra persona en Burdeos, Francia.

La localización de las personas no causa una diferencia de calidad en la compra-venta. Si no se considera siquiera el déficit comercial de un barrio de una ciudad con otro barrio de la misma ciudad, tampoco tiene sentido hacer esa consideración entre Burdeos y Guadalajara.

El déficit de comercio exterior, en todo caso, podría tratar de igualarse con la conducta de una persona individual que decide gastar todo lo que tiene sin otra consideración en mente —terminando por consiguiente en la ruina. Lo mismo le sucedería a una nación cuyos habitantes por entero hicieran eso mismo, pero la realidad es que las personas no tienen incentivos para comportarse de esa manera consistentemente en todo un país —para seguir comprando no hay otro camino que seguir vendiendo también.

En general, para comprender las falacias en contra del Libre Comercio, debe verse la lógica natural a los intercambios voluntarios de bienes —si una persona compra una pieza de queso en un supermercado, esta acción beneficia a las dos partes involucradas pues de lo contrario nada sucedería: el supermercado prefiere el dinero más que el queso y el comprador prefiere el queso más que el dinero que pagó por él.

Esto se mantiene con independencia de los lugares en lo que se encuentren el comprador y el vendedor —no tendría sentido calcular el déficit comercial entre los municipios del estado de Chihuahua en México. Sería incluso mejor ver al déficit comercial como un indicador positivo pues significa mejores y más baratos productos.

Lo anterior no agota los argumentos en contra del Libre Comercio, pero sí señala el error básico que ellos tienen —el de considerar que comprar en otra nación es diferente a comprar dentro del país. Pensando que comprar en otro país no es diferente que comprar dentro del mismo pueden derivarse razones que derriben otros argumentos que favorecen las barreras comerciales: desempleo temporal o sectorial, ingresos gubernamentales por impuestos, protección a industrias nacientes o pequeñas, conveniencia de la auto-suficiencia.

Adicionalmente debe hacerse otra consideración —la de considerar todos los efectos de una medida económica en el largo plazo para todos. Aprobar una medida por sus efectos inmediatos y visibles en un sólo grupo es un acto irresponsable.

Este principio de prudencia está sujeto a ser escasamente comprendido y el éxito de su implantación dependerá en mucho del buen sentido de los gobernantes más que del conocimiento del ciudadano común siempre más dispuesto a las apariencias.

Otras precisiones

Un punto debe ser enfatizado: el comercio libre no es un intercambio de bienes entre naciones, es uno entre personas que se encuentran en países distintos.

Insistir en esto pretende corregir distorsiones que los medios tienen al reportar información de comercio internacional como si los países fueran entidades que compran y venden entre sí —una falsedad absoluta y que cuestiona la noción del déficit comercial nacional, que en todo caso sería una colección de déficits y superavits personales entre millones de personas.

Las ideas del Libre Comercio poseen además otra fuente de distorsión en su entendimiento —van en contra de la lógica superficial que produce temores de sucumbir ante el poderío de naciones que son potencias comerciales y se piensa son productivos en todo lo que hacen.

Competir con ellas produce miedo y lleva a medidas que buscan proteger a las relativamente débiles industrias nacionales. Es común escuchar que las fronteras abiertas a las importaciones acabarían con toda la industria local, sin pensar que si en efecto eso hacen nada podría entonces importarse: para importar debe exportarse, lo mismo que le sucede a todas las personas en lo individual.

La fuente de la distorsión anterior es la falta de distinción entre la ventaja absoluta y la comparativa —no son lo mismo y creer que sólo la ventaja absoluta cuenta es un error de consideración proveniente de las primeras consideraciones económicas que razonaban diciendo que no conviene fabricar internamente lo que en otra parte es más barato y sí conviene fabricar lo que en otras partes resulta más caro.

De esta manera los habitantes de diversas naciones comercian entre sí con ventajas mutuas.

Más tarde, la idea de la ventaja absoluta resultó afinada con otra, la de la ventaja comparativa —que no tiene la ventaja de ser tan fácil de comprender.

El ejemplo tradicional es el de dos países, Portugal e Inglaterra:

• Ambos países producen textiles y vino. Si Inglaterra es más productiva produciendo textiles y Portugal produciendo vino, se está en el caso de ventaja absoluta de cada país en uno de esos productos. Lo que conviene en este caso es lo obvio, el comercio entre las dos naciones produciendo cada una eso en lo que es más eficiente.  Este es el razonamiento más conocido.

• Pero es obvio que hay otra posibilidad, la de que uno de los dos países sea el más productivo en la producción de los dos bienes —por ejemplo, los productores portugueses son los más eficientes, en término de la cantidad de producción por trabajador. ¿Qué hacer entonces? Es obvio que las ventajas anteriores no aplican.

En este caso, por supuesto, la lógica superficial hace comprender el miedo del que antes hablé —si el país inferior en ventajas absolutas abre la frontera a las importaciones del país con todas las ventajas absolutas debe haber un fracaso absoluto del país inferior que nada puede hacer mejor que el otro.

Pero la ventaja comparativa muestra lo opuesto: si entre esos dos productos uno de los países se especializa en uno y el otro en el segundo, el resultado sorprende pues crece la producción total y el comercio conviene a los dos países —a pesar de la desventaja total de uno de ellos.

Esta misma manera de razonar ha sido utilizada en numerosos ejemplos que hablan de personas y no de naciones. Supóngase que una persona tiene la ventaja absoluta en la producción de dos bienes —ella es la mejor haciendo trajes y la mejor haciendo zapatos, lo que llevaría a decir que no le conviene dejar de hacer ambas cosas y que debe seguir haciéndolas.

Esta es la gran dificultad de comprensión que tiene la ventaja relativa —la decisión obvia es la errónea: aun en el caso de que una persona o un país tenga ventaja absoluta en los dos bienes, conviene que una de las dos naciones se dedique a producir uno de esos dos bienes.

La pregunta es cuál de esos dos bienes debe producir y la respuesta es unadefinición de ventaja comparativa: el tener la posibilidad de producir un bien con una oportunidad de costo menor a la de otro país. No es ya una definición tan simple como la de la ventaja absoluta.

En el ejemplo anterior, del vino y los textiles, cualquiera de los dos países considerados, uno de ellos tendrá una ventaja relativa si su costo de oportunidad es menor que el del otro país para producir uno de los bienes.

El costo de oportunidad en este caso está determinado por el monto de uno de los bienes al que debe renunciarse para poder producir una unidad del otro bien —¿cuánto vino debe Portugal dejar de producir para producir una unidad más de textiles teniendo en ambos bienes la ventaja absoluta?

Por eso, si Portugal tiene la ventaja absoluta en vino y en textiles, aun así, convendría que Inglaterra de dedicara a los textiles en el caso en el que el costo de oportunidad de los textiles en Portugal fuera más alto que el costo de oportunidad de los textiles de los ingleses.

Entonces, Inglaterra, se dice, tendría la ventaja comparativa para los textiles. Y eso es lo que crea de nuevo un beneficio para todos: siguen comerciando unos dedicados al vino y otros a los textiles.

El caso personal

Acudo a un ejemplo más de personas —supóngase que una cierta persona es el mejor médico cirujano y al mismo tiempo es el mejor enfermero: el costo de oportunidad entre esas dos profesiones es lo que se pierde en una por realizar la otra.

Es obvio que le conviene a la persona dedicarse a una de ellas nada más porque con eso termina en una mejor situación y simultáneamente se abre una oportunidad a otra persona que se dedique a una de esas dos profesiones, la que el primero abandone por decisión personal. La idea de la ventaja comparativa es la misma, aplicada a productores de diferentes países.

Es ahora más comprensible la idea de la ventaja comparativa y del por qué su entendimiento es menos común e incluso imposible si se desconoce el costo de oportunidad. Sólo en el improbable caso en el que el costo de oportunidad sea igual en ambos países se estaría frente a la inexistencia de ventaja comparativa para ambos.

Otra forma de ver esto es más memorable que lo anterior —conviene que los productores más eficientes de un país se dediquen a producir el bien en el que su eficiencia es mayor y que los productores del otro país se dediquen a producir el bien en el que no son tan ineficientes.

La gran eficiencia de un país y que puede verse como una desventaja para el otro, es en realidad la causa por la que se abre la oportunidad de comercio para el país menos eficiente: producirá para beneficio de todos eso en lo que es menos ineficiente y todos ganan.

Lo explicado antes parte de supuestos que persiguen ir con facilidad a demostrar el punto de la conveniencia del comercio entre naciones. Es obligatorio reconocer que en la realidad no se dan esos supuestos: dos países nada más, trabajo como único insumo, bienes estandarizados, costos inexistentes de transporte, mudanza inmediata de recursos de una industria a otra y demás.

Estos supuestos tan irreales bien pueden ser usados para tratar de anular a la idea del Libre Comercio y, por tanto, preferir políticas de aislamiento nacional como el proteccionismo.

Del aislamiento a la apertura

Una situación de aislamiento comercial, cualquiera que sea la razón para aplicarla, produce efectos que son notorios: cada uno de los países dedicará sus recursos a producir todos los bienes que necesita, sean dos productos o más, sean dos naciones o más. Sin comercio internacional, cada nación debe ser autárquica y autosuficiente en todo.

Yendo de nuevo al ejemplo artificial de dos países y dos bienes, para comprender mejor el aislamiento, existirá una situación obvia: los precios de esos bienes serán diferentes. Los bienes en el que se tenga la ventaja comparativa serán más bajos que en el otro país y en el país que se tenga la ventaja absoluta, los trabajadores tendrán mayores ingresos por su más elevada productividad.

Si de inmediato, en un sólo momento se abren las fronteras de esos dos países antes aislados, se iniciará de inmediato el comercio entre ellos estimulado por las diferencias en los precios: las empresas tendrán más utilidades exportando el bien en el que tienen ventaja comparativa, hasta que los flujos libres hagan iguales a los precios en ambas naciones que se especializarán en el bien con ventaja comparativa.

Los trabajadores desempleados en una de las industrias serán empleados en la otra, sin mayor afectación por desarrollos tecnológicos y sin considerar niveles de desarrollo.

En la realidad y sin las simplificaciones anteriores, la posibilidad de vender y comprar sin las fronteras como un obstáculo, eleva la gama de productos disponibles y eleva la competencia; es una situación superior a la del aislamiento en sus dos facetas, la de consumo y la de producción. Son beneficiados compradores y trabajadores.

Incluso con modelos, razonamientos y cálculos, el libre comercio y la noción de ventaja comparativa, demostrados como positivos, suelen causar reacciones de rechazo. Una de ellas es la natural, por parte del beneficiado con el cierre de fronteras; típicamente empresas y sus sindicatos que verían afectados sus intereses derivados de precios altos. Contra este tipo de rechazo, no hay argumento lógico de utilidad.

El otro tipo de rechazo es el causado por la dificultad de entendimiento de la realidad cuya percepción está distorsionada por las diferencias entre países. Será fácil afirmar que de dejar abiertas las fronteras de México, por ejemplo, el país se vería inundado por mercancías estadounidenses que arruinarían a las industrias nacionales.

A pesar de que la realidad niegue eso, para muchos será difícil comprenderlo. Y lo será, curiosamente, a pesar de que esas mismas personas apliquen el principio diariamente en su vida personal, dejando hacer a otros lo que a ellas no les conviene.

Un pintor, famoso por sus grandes obras vendidas a buenos precios, preferirá dedicarse a realizarlas incluso a pesar de ser un gran cocinero; dejará la actividad que menos le conviene a otros y eso le permitirá vivir mejor a todos, incluso al cocinero delegado que no es tan notable como el pintor.

Eso mismo sucede con el pintor en ciernes, el escritor, el tornero, el ama de casa y todas las personas que pudiendo hacer algo más de mejor manera, deciden dejarlo en otras manos.


ContraPeso.info fue lanzado en enero de 2005 y es un proveedor de ideas e información  para lectores que buscan ideas y explicaciones de la realidad económica, política y cultural.


2 Comentarios en “Ventaja Comparativa: Definición”
  1. LIS Dijo:

    pues mira esta bien nada mas que no me sacan de mi preguntas suerte para la proxima estaria muy buena hacer las paginas pero ayudando a encontrar respuesta NOTA DEL EDITOR: ¡¿qué?!

  1. Contrapeso » Influencia Del Mercantilismo




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