Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
14 Domingo Ordinario B
Textos de un Laico
3 julio 2009
Sección: Sección: Asuntos, Y TEXTOS DE UN LAICO
Catalogado en:


• La primera lectura (Ezequiel: 2, 2-5) dice que “En aquellos días, el espíritu entró en mí, hizo que me pusiera en pie y oí una voz que me decía: “Hijo de hombre, yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha sublevado contra mí. Ellos y sus padres me han traicionado hasta el día de hoy”.

La voz sigue hablando, “También sus hijos son testarudos y obstinados. A ellos te envío para que les comuniques mis palabras. Y ellos, te escuchen o no, porque son una raza rebelde, sabrán que hay un profeta en medio de ellos’”.

Las palabras de Dios a Ezequiel son sencillas de comprender. Da al profeta una misión, la de llevar sus palabras a otros. Y esos otros reciben calificativos que los describen. Son rebeldes, testarudos, obstinados. Se han sublevado contra Dios. No es una misión sencilla la de Ezequiel.

• La idea continúa en la lectura del evangelio de este domingo (Marcos: 6, 1-6).

Narra que “Jesús fue a su tierra en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, se puso a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba se preguntaba con asombro: ‘¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿Qué no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas?’”.

Es la culminación de la labor misionera. Dios mismo, en Jesús, realiza la misión enseñando a la multitud. Y la gente dudaba, se preguntaba sobre el que les hablaba, mostrando así cualidades similares a las del pueblo mencionado en la primera lectura: rebeldes, testarudos, obstinados, incrédulos, tozudos. El evangelista usa la palabra “desconcertados”.

Ante esa situación, “Jesús les dijo: ‘Todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa’. Y no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente. Luego se fue a enseñar en los pueblos vecinos”.

Jesús desconcertó a esas personas, que se mostraron incrédulos. Quizá hasta podamos imaginarnos que al verlo pensaban quién era ese loco, impedidos para escucharle en realidad. La palabra de Dios los alteró de tal manera que no les permitió escucharle.

Jesús vio esa actitud testaruda, que pone atención en lo menos importante, y partió de allí, a otros pueblos.

Puestas en conjunto, las dos lecturas hablan de la misión de enseñar a otros la palabra de Dios y son claras en establecer la posible respuesta que se puede encontrar en esos con quienes se hable: incredulidad, testarudez, rebeldía, extrañamiento, sordera. El gran complemento de la labor misionera viene en la segunda lectura.

• La segunda lectura (Corintios: 12, 7-10) muestra a San Pablo hablando de sí mismo, del misionero a quien le fue confiada la tarea de hablar de Dios a otros.

Habla él del misionero y su necesidad de verse pequeño. Las primeras palabras de la lectura son impresionantes, “Para que yo no me llene de soberbia por la sublimidad de las revelaciones que he tenido, llevo una espina clavada en mi carne, un enviado de Satanás, que me abofetea para humillarme”.

Para quien Dios confía una labor misionera, el riesgo de la soberbia es real. Quizá sea por eso que Dios les muestra intencionalmente que son débiles, como lo escribe Pablo, quien continúa su carta diciendo, “Así pues, de buena gana prefiero gloriarme de mis debilidades, para que se manifieste en mí el poder de Cristo. Por eso me alegro de las debilidades, los insultos, las necesidades, las persecuciones y las dificultades que sufro por Cristo, porque cuando soy más débil, soy más fuerte”.

La paradoja es admirable: ése a quien Dios confía la gran misión de llevar a otros su palabra, es un ser débil, pequeño, al que se humilla. Pequeños con tareas grandes.

Colocando las tres lecturas juntas, podemos ver en ellas elementos en común.

Primero, Dios nos da a todos una misión, la de hablar de él a otros, la de atraerles hacia él.

Segundo, esos a quienes hablaremos de Dios no serán fáciles receptores de nuestras palabras, como se muestra en Ezequiel y en Marcos.

Tercero, Dios mostrará a sus misioneros que son débiles y que serán sujetos de insultos, incomprensión y persecución.

La conclusión, al final, para quien cree en tener esa misión es clara, la de confiar con fe absoluta en las manos de Dios, la de abandonar su persona en Jesucristo y seguir la tarea confiando ciegamente en la bondad de Dios.

Las palabras del salmo responsorial revelan eso, al decir, “Como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora, así están nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia. Misericordia, Señor, misericordia, que estamos saciados de desprecios; nuestra alma esta saciada del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos”.


La idea de Textos de un Laico nació en 2004: el intentar encontrar los comumes denominadores de las tres lecturas de la misa católica de cada domingo.

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Eclesiastés 3

1 Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa

bajo el sol:

2 un tiempo para nacer y un tiempo para morir,

un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado;

3 un tiempo para matar y un tiempo para curar,

un tiempo para demoler y un tiempo para edificar;

4 un tiempo para llorar y un tiempo para reír,

un tiempo para lamentarse y un tiempo para bailar;

5 un tiempo para arrojar piedras

y un tiempo para recogerlas,

un tiempo para abrazarse

y un tiempo para separarse;

6 un tiempo para buscar

y un tiempo para perder,

un tiempo para guardar y un tiempo para tirar;

7 un tiempo para rasgar y un tiempo para coser,

un tiempo para callar y un tiempo para hablar;

8 un tiempo para amar y un tiempo para odiar,

un tiempo de guerra

y un tiempo de paz.





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