Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
2 Domingo Cuaresma B
Textos de un Laico
6 marzo 2009
Sección: Sección: Asuntos, Y TEXTOS DE UN LAICO
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• La primera lectura (Génesis 22, 1-2.9-13.15-18) presenta uno de los más memorables pasajes del Antiguo Testamento. Dios llama a Abraham y poniéndolo a prueba, le dice, “Toma a tu hijo único, a tu querido Isaac, ve a la región de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio, en la montaña que yo te indicaré”.

Inmediatamente, la narración prosigue diciendo que, “Cuando llegaron al sitio que Dios le había señalado, Abrahán levantó un altar y acomodó la leña. Luego ató a su hijo Isaac, lo puso sobre el altar, encima de la leña, y tomó el cuchillo para degollarlo”.

La economía de las palabras es realmente impresionante. Detrás de ellas se puede imaginar el sentimiento del padre de Isaac sacrificando a su hijo y dispuesto a hacerlo por su total confianza en Dios. Cuando estaba a punto de degollarlo, un ángel aparece y le dice, “No descargues la mano contra tu hijo, ni le hagas ningún daño. Ya veo que temes a Dios y que no me niegas a tu hijo único”.

El pasaje termina con palabras de Dios: “Juro por mí mismo, palabra del Señor, que por haber hecho esto y no haberme negado a tu hijo único, te bendeciré y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y las arenas de la playa. Tus descendientes conquistarán las ciudades de sus enemigos. En tu descendencia serán bendecidos todos los pueblos de la tierra, porque me has obedecido”.

El salmo responsorial de este domingo provee un elemento de interpretación de la lectura anterior, la confianza en Dios. Dice ese salmo, “Yo seguía confiando, incluso cuando pensaba: ‘¡Qué desgraciado soy!’… Siempre confiaré en el Señor… Señor, yo soy tu siervo… Cumpliré mis promesas al Señor… Siempre confiaré en el Señor”. La disposición de Abraham para cumplir la orden de Dios sólo puede ser explicada con la total confianza.

• La segunda lectura contiene un texto de San Pablo (Romanos 8, 31-34) y mantiene el tema del sacrificio del hijo, pero ahora llevado hasta Dios mismo. Dice el apóstol, “El que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no va a darnos gratuitamente todas las demás cosas juntamente con él?”

Si la primera lectura causa una terrible sensación de dolor ante el sacrificio de Isaac por parte de su padre y que no llega a ser realizado, ahora se tiene el suceso realizado en verdad: Dios sacrifica en verdad a su propio hijo. No hay ángel que detenga el sacrificio a última hora. La muerte del Hijo realmente sucede, el más grande de todos los sacrificios es real y la causa es nuestra salvación.

• El evangelio de hoy (Marcos 9, 2-10) inicia diciendo, “En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos a una montaña alta y se transfiguró en su presencia. Sus vestidos se volvieron de una blancura deslumbrante, como nadie en el mundo podría blanquearlos. Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús”.

Esto causa una reacción comprensible en los tres apóstoles. Dice el evangelista que “Estaban tan asustados que no sabía lo que decía. Vino entonces una nube que los cubrió y se oyó una voz desde la nube: ‘Este es mi Hijo amado; escúchenlo’ En ese momento miraron alrededor y vieron sólo a Jesús con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó que no contaran a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre hubiera resucitado de entre los muertos. Ellos guardaron el secreto, pero discutían entre sí qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos”.

Existen de nuevo aquí esos dos elementos, el Hijo y su muerte, los mismos de la lectura del Génesis y de la carta a los romanos. Son elementos propicios en los inicios de Cuaresma como preparación al entendimiento del sacrificio mayor que pueda existir. Dios mismo se sacrifica por nosotros y realiza eso mismo que pidió a Abraham y que detuvo justo antes de suceder. Ahora no se detiene el sacrificio. Se realiza en medio de un llamado, “Este es mi Hijo amado; escúchenlo”.

Dios nos llama a escucharle por medio de ese sacrificio. Entra aquí el otro elemento, la confianza. Dice el ángel a Abraham, “Ya veo que temes a Dios y que no me niegas a tu hijo único”; el salmo canta, “Siempre confiaré en el Señor”; San Pablo escribe, “El que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no va a darnos gratuitamente todas las demás cosas juntamente con él?”; y en el evangelio la idea culmina con “Este es mi Hijo amado; escúchenlo”.

Y escucharle es lo que debemos. Escucharle con confianza absoluta. ¿Cómo no hacerlo si Dios sacrificó a su hijo por nosotros? ¿Qué más demostraciones pueden pedirse? Abraham es por esto un ejemplo del camino que debemos seguir, el camino de la confianza total incluso ante situaciones que nos rebasan y nos parecen incomprensibles. ¿Que hacer entonces? Muy sencillo, escuchar a Jesús.


La idea de Textos de un Laico nació en 2004: el intentar encontrar los comumes denominadores de las tres lecturas de la misa católica de cada domingo.

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Tú, Señor, enséñame a orar, porque yo no sé,

Dame silencio, que quiero escucharte

Dame razón, que lo que quiero es tener fe

Dame palabras, que a otros quiero hablar de ti.

Tú, Señor, enséñame a orar, porque yo no sé,

Dame libertad, porque quiero ir a ti con voluntad.

Dame el pan de cada día, que alimentar quiero mi alma.

Dame tu bendición diaria, que sin ella no puedo vivir.





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