|
||
• La primera de las lecturas de este domingo (II Crónicas 36, 14-16.19-23) narra una situación que inicia con la siguiente situación,
Se tienen, por tanto, circunstancias terribles. El pueblo envuelto en el pecado, cometiendo faltas contra los mandatos divinos. Pero Dios quiere salvar a su pueblo y envía mensajeros continuamente. El pueblo los rechaza, se mofa de ellos, “hasta el punto que ya no hubo remedio”. Y entonces llega la destrucción,
Transcurre el tiempo, hasta que,
Si bien en la primera impresión, la destrucción y la esclavitud lo más llamativo como castigo, detrás de la narración el elemento más importante es la misericordia de Dios, su perdón, muy bien expresada en la idea de “La ira del Señor desterró a su pueblo; su misericordia lo liberó”. Es una historia de perdón, de misericordia y de amor. El salmo responsorial (136) incorpora un elemento adicional, el del arrepentimiento del pueblo. Ya esclavo, por sus faltas, el salmo canta, “Tu recuerdo, Señor, es mi alegría. Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos a llorar, acordándonos de Sión; en los sauces de la orilla colgábamos nuestras cítaras. Los que allí nos deportaron nos pedían canciones, y nuestros opresores, alegría… ¿Cómo cantar una canción al Señor en tierra extrajera?” • En evangelio (Juan 3, 14-21) nos da palabras de Jesús que profundizan la narración del Antiguo Testamento. Dice Jesucristo, “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de él”. Ahora el mensajero que viene a llamarnos no es otro profeta seleccionado por Dios. Es Dios mismo. Tanto es el amor que nos tiene, que viene a salvarnos. Su mensaje es claro, “El que cree en él no será condenado; por el contrario, el que no cree en él ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios. El motivo de está condenación está en que la luz vino al mundo, pero los hombres prefirieron la oscuridad a la luz, porque su conducta era mala. Todo el que obra mal detesta la luz y la rehúye por medio a que su conducta quede descubierta. Sin embargo, aquel que actúa conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que toda su conducta está inspirada por Dios”. De nuevo, la idea de una historia de misericordia y de amor de Dios por nosotros. Otra vez, la idea del llamado de Dios a su pueblo, a todos nosotros. El llamado para salir del mal e ir al bien, para salir de la oscuridad e ir a la luz. • La segunda lectura, de San Pablo (Efesios 2, 4-10) reitera esa idea de amor de Dios por nosotros. Dice, “Dios, que es rico en misericordia y nos tiene un inmenso amor, aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos volvió a la vida junto con Cristo. Por la gracia, en efecto, han sido salvados mediante la fe; y esto no es algo que venga de ustedes, sino que es un don de Dios; no viene de las obras, para que nadie pueda enorgullecerse. Somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para realizar las buenas obras que Dios nos señaló de antemano como norma de conducta”. Colocadas juntas, las lecturas de este domingo llevan al fondo de las celebraciones de estas fechas. La Cuaresma suele producir en nuestra primera reacción una sensación de pesadumbre y tristeza, comprensibles antes los sucesos que se recuerdan en la Semana Santa. Y, sin embargo, la verdadera reacción que deben producir es la opuesta, la de una alegría que llega hasta el fondo de nuestros corazones: Dios nos ama, nos ama infinitamente. Desea salvarnos. Nos ha enviado mensajeros, incluyendo a su propio Hijo. con ese mensaje de misericordia y amor. Ha venido para salvarnos, para llevarnos a la vida eterna junto a Él. Y nos ama tanto que no nos fuerza a seguirle. Lo deja a nosotros para corresponder con nuestro propio amor hacia Dios.
|














