Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Al Final Humanos
Eduardo García Gaspar
9 febrero 2009
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
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La noticia fue grande. Un vocero de los Legionarios de Cristo, se reportó, dijo que esa orden religiosa reconocía la existencia de un hijo de su fundador, el ya fallecido Marcial Maciel, mexicano. Los legionarios tienen unos 800 sacerdotes en varias partes del mundo y se dedican a labores educativas.

Maciel murió de 87 años hace un año. Había dejado de ocupar su puesto en 2005. Tiempo antes había sido acusado de abuso sexual y uso de drogas, sin que nada llegara a oficializarse. Ahora, por el contrario, hay un reconocimiento público, de su propia orden, de una falta grave en tamaño personaje.

Es natural que sea un golpe serio, que pone a pensar a muchos, especialmente entre quienes pertenecen a la orden, o han sido educados en sus colegios. No es para menos. Hay daño severo y fuerte, con consecuencias futuras. También es natural y esperado que la revelación sirva para iniciar una nueva serie de críticas al catolicismo. El lenguaje de un columnista ejemplifica lo que digo:

“Dado el choteo —no de otro modo sino con esa mexicanísima manera puede calificarse la reciente sobrepoblación del santoral— de las canonizaciones en el reinado de Juan Pablo II, que no ha cesado, no estaba excluido el que se promoviera la de Maciel. Es de esperar que la pudibundez católica sobre los hijos sacrílegos impida que siquiera se inicie un proceso que se hubiera intentado a pesar de la vasta evidencia sobre otras conductas inapropiadas del suponemos que ahora sí santo fallido”.

En total, nada más allá que una opinión que poco aporta y, lo peor, distrae del asunto de fondo. Cuando una crítica emplea demasiados adjetivos y aprovecha la ocasión de calificativos en asuntos laterales, se termina en la parálisis mental, sin aprovechar una ocasión de aprendizaje.

Fuera del golpe emocional fuerte y de las observaciones que poco o nada aportan, el suceso tiene su provecho. Por lo pronto, presenta esa cualidad cristiana sobre cómo entender al ser humano, como una paradoja que es capaz de las conductas más valiosas al mismo tiempo que nunca está exenta del mal.

Es una buena lección para mostrar, otra vez, que es vano colocar nuestras esperanzas en seres como nosotros mismos; que es jactancioso y cuestión de necios esperar lo imposible de quien no es perfecto ni puede serlo. La revelación reportada es otra oportunidad de una lección milenaria, repetida y no muy bien aprendida: no somos perfectos.

La visión cristiana, del hombre caído, es de nuevo mostrada muy dolorosamente. Alguien de quien se esperaba una conducta perfecta, ejemplar, ha resultado alguien como el resto de nosotros, humano y por eso, con fallas. Esto es lo que llama poderosamente la atención.

Incluso entre quienes aprovechan la revelación sobre Maciel y, sobre ella construyen un ataque religioso, incluso entre ellos hay algo maravilloso: su capacidad para distinguir entre lo que debe ser y lo que no debe ser. Entre lo bueno y lo malo. El columnista citado lo hace también:

“Pero hasta ahora nadie había admitido que Maciel pecó, que a eso equivale reconocer que se condujo de manera impropia”.

Me recuerda lo sucedido en 2007, cuando se publicaron cartas de la Madre Teresa revelando dudas religiosas. Por supuesto que no es algo sorprendente, todo lo contrario. Las faltas son parte de nuestra vida y a ellas las podemos reconocer con facilidad porque sabemos separar a lo bueno de lo malo.

Es terrible enfrentarnos a la realidad de faltas graves o debilidades humanas en otros a quienes consideramos seres que debían ser ejemplares y perfectos. Ninguno lo somos, ninguno.

La fe es creer que veremos algo que aún no vemos, que creemos cierto algo que comprobaremos más tarde, que entenderemos totalmente mañana lo que ahora sólo es una sospecha. Resulta ilógico colocar esperanzas desmedidas en seres que vemos, que son como nosotros. Si lo hacemos terminaremos siempre desilusionados, como ocurre en la selección de gobernantes a los que se suele demasiadas veces ver como salvadores.

O como ocurre cuando dejamos de ser jóvenes y entendemos que nuestros padres son también humanos, que han tenido fallas a veces terribles y, sin embargo concluimos que ahora los amamos aún más por verlos en su dimensión humana real y no como figuras artificiales e irreales. Es lo que dice San Agustín confesándose a Dios:

“Y tú estabas dentro de mí y yo afuera… Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas, que si no estuviesen en ti, no existirían… ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste y deseé con ansia la paz que procede de ti.”

Post Scriptum

El columnista citado en Miguel Ángel Granados Chapas en su columna del 5 de febrero de 2009 (Grupo Reforma). Mi frase sobre la fe, creo, está casi copiada de lo que escribió San Pablo.


ContraPeso.info, lanzado en enero de 2005, es un proveedor de ideas y explicaciones de la realidad económica, política y cultural.



No hay comentarios en “Al Final Humanos”
  1. Eduardo Trueba Dijo:

    Efectivamente, no debemos idealizar ni idolatrar a personas por mas brillantes que sean en sus enseñanzas. Perfecto solo hay uno, aunque mientras mas alto aspiremos, mas alcanzaremos; en todos aspectos.
    La definición de la fe apuntada me recuerda la de la misma Biblia y está en Hebreos 11:1

    "Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve"
    Como siempre, Eduardo, excelentes tus escritos.
    Saludos.





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