Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Alacranes, Serpientes y Políticos
Eduardo García Gaspar
31 julio 2009
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión, Y FABULAS E HISTORIAS
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Era un muy frío invierno. Los animales sufrían las muy bajas temperaturas, excepto aquellos que los granjeros tenían en sus establos. Un granjero, de gran corazón y muchas virtudes, había encontrado a varios animales en el bosque. Casi a punto de fallecer, los había llevado a su casa, alimentado y confortado.

Fue así que sobrevivieron al crudo invierno, varias ardillas, dos o tres pájaros y otros más. Un cierto día, ya casi de noche, encontró el granjero a una serpiente. Dudando sobre si debía o no llevarla a su casa, el buen corazón del granjero se impuso a la prudencia que su mente le indicaba.

Tomó a la serpiente, casi muerta por el frío. La llevó a su casa y la colocó entre varias cobijas cerca del fuego. Pasaron varios días y la serpiente, ya totalmente en plenas facultades, se movía por toda la casa con gran confianza. Sin embargo, una noche, mientras el granjero dormía, con sigilo, la serpiente se acercó a la cama y mordió al granjero.

El granjero, despertándose al sentir el dolor, y sabiendo que la serpiente era venenosa, exclamó, “¡Ay de mí, merezco morir esta noche, todo por haber tenido un buen corazón con un pillo!” Muerto el granjero, ya no hubo quien prendiera la chimenea, el frío invadió la casa y al cabo del tiempo murió la serpiente junto con el resto de los animales.

La fábula anterior que es de Esopo, también se cuenta en una versión más conocida, la del alacrán y la rana. El alacrán, a un lado de un río muy caudaloso, quiere cruzar a la otra orilla, pero no lo puede hacer sabiendo que moriría en el intento.

Permanece en el lugar, sabiendo que es un sitio en el que abundan las ranas y los sapos. Piensa que montado en el lomo de alguno de esos animales podrá cruzar al otro lado. Pasan por allí diversos sapos y a todos ellos hace su petición, pero ninguno la acepta desconfiando del carácter de los alacranes.

Pasan el tiempo, hasta que llega una rana brincando alegremente. Se detiene frente al alacrán que ha puesto una cara de desconsuelo terrible y le narra una triste historia. Le dice que sus hijos se encuentran del otro lado y que nada es más triste que no tener a la familia unida. Hasta lágrimas y sollozos emplea el alacrán.

La rana, conmovida, piensa que puede ayudar al alacrán a cruzar. Pero duda. Al final, se convence a sí misma, pensando que el alacrán bien puede ir en su lomo y que no le picaría mientras durara el viaje: sería tonto hacerlo, pues si la rana muere en medio del río, también el alacrán moriría ahogado.

Convencida de su razonamiento, la rana acepta la propuesta. El alacrán sube a su lomo, la rana entra al río y más o menos a la mitad del camino, el alacrán pica a la rana. Ella voltea a ver al alacrán y le dice, “Es absurdo lo que has hecho, yo moriré por causa del veneno que me has inyectado, pero por eso mismo, tú morirás también, ahogado”.  El alacrán la mira sin expresión y dice, “Es mi naturaleza, no lo pude evitar”.

Según Esopo, la historia de la serpiente muestra una lección de la vida: la mayor de las acciones bondadosas no cambiará al desagradecido. Es muy similar a lo que enseña la historia del alacrán y la rana, en la que el desagradecido es tan miope que aún dañándose a sí mismo no puede evitar hacer un daño a quien le ha ayudado voluntariamente.

Las dos historias ilustran algo de la naturaleza humana, de su imperfección: esa terrible tendencia a seguir un impulso que lastima a otros sin sentido, y que peor aún es contrario al propio interés. Es la lucha, quizá, entre los impulsos inmediatos y la consideración de las consecuencias de nuestras acciones.

En la política, que es el terreno de esta columna, las dos historias son aplicables a esos gobernantes impulsivos que dan rienda suelta a sus reacciones inmediatas y, sin prudencia, se lanzan hacia grandes planes salvadores. Si en su esencia el alacrán pica y la serpiente muerde, el gobernante gasta. Eso es lo que sabe hacer y es su naturaleza misma.

Gasta porque ése es su instinto, su naturaleza y propensión natural. Lo hace sin pensarlo, de inmediato y sin recurrir a pensar en las consecuencias de sus acciones. Si acaso hay una crisis, el remedio es elevar el gasto. Si acaso hay una bonanza, lo que hace es facilitar el crédito. No es un homo sapiens tanto como un homo gastador.


ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.




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