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Arreglar al Hombre
Selección de ContraPeso.info
9 diciembre 2009
Sección: EDUCACION, Sección: Asuntos, Y FABULAS E HISTORIAS
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ContraPeso.info presenta una idea de Remedios Falaguera, periodista. Agradecemos a Análisis Digital el amable permiso de publicación.

“El ejercicio de las virtudes humanas es el único camino que nos llevará a la felicidad… Hay que promover el amor en la educación”. Dalai Lama

Desde que Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, anunció su intención de tramitar una Ley de Autoridad del Profesor para reforzar la condición de autoridad pública a los profesores, el debate sobre si es ésta la solución para evitar los gravísimos sucesos acaecidos en nuestras escuelas en estos últimos años, hace correr ríos de tinta y debates en programas de televisión.

Yo misma he empezado varios artículos reflexionando sobre temas como “qué entendemos por educación”, “qué tipo de hombre estamos formando”, “qué papel juega la autoridad, el respeto y el prestigio de los padres y profesores en la educación de nuestros hijos”.

Esta mañana, en uno de esos ratos de silencio, tan necesarios para mi salud mental y espiritual, he recordado un cuento que leí hace unos años, y que nos plantea, de forma sencilla y clara, la solución a todo este despropósito. Dice así:

Un científico que vivía preocupado por los problemas del mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para disminuirlos. Pasaba días enteros en su laboratorio, buscando respuestas para sus dudas. Cierto día, su pequeño hijo de tan solo 7 años invadió su lugar de trabajo con la intención de ayudarlo a trabajar. “Si lo ayudo a encontrar lo que tanto busca, podrá entonces estar mas tiempo conmigo” pensaba el pequeño.

El científico, nervioso por la interrupción que lo desconcentraba, intentó hacer que el niño vaya a jugar a otro sitio. Pero esto resultaría imposible ya que el niño estaba dispuesto a hacer lo necesario para que su padre le dedicara más tiempo. Al ver que sería imposible sacarlo de allí, entonces procuró distraer al menos su atención.

Agarró una revista que estaba por allí (seguramente se trató de una National Geographic o alguna por el estilo, no creo que hubiese una revista como la Caras o la Gente en este lugar), arrancó una hoja en la cual se mostraba una hermosa foto satelital del mundo, cortó la foto en pedazos con unas tijeras, y se lo entregó al niño con un rollo de cinta adhesiva diciéndole: ¿Te gustan los rompecabezas? Voy a darte el mundo para que lo arregles. Aquí lo tienes, todo roto y hecho pedazos. Fijate si puedes arreglarlo.

Calculó que al niño le llevaría días recomponer el mapa dado a que nunca había visto uno y no sabía cual era la imagen final a la cual debía llegar. Esto le daría tiempo para concentrarse en su trabajo, y seguramente hasta podría hacer que el niño abandonara el intento y volviese a su cuarto a jugar con cosas más acordes a su edad.

Pero el que hereda no roba, y el niño había heredado la creatividad y el sentido práctico que caracterizaban a su padre. Una hora después, se escucho en el silencioso laboratorio una pequeñita voz que decía: “¡¡¡Papa, papa, ya lo terminé!!!”.

Al principio el científico no le creyó a su hijo, ya que era imposible que un niño de su edad en una hora hubiese terminado de armar un mapa que jamás había visto. Pero el niño insistía por lo que el hombre que hasta ese momento se encontraba absorto en sus pensamientos, levantó los ojos de sus anotaciones pensando como podría corregir al niño de su suposición errónea sin herirlo. Para su sorpresa, el mapa estaba completo y perfectamente armado. Todas las piezas estaban en el sitio indicado.

“Tu no sabías como es el mundo, hijo. ¿Como conseguiste armarlo?” Preguntó el padre.

A lo que el niño respondió: “Yo no sabía como es el mundo. Y por un rato intenté armarlo sin lograr avanzar nada. Pero cuando arrancaste la hoja de la revista, vi que del otro lado había la figura de un hombre. Luego de intentar arreglar el mundo y no poder, se me ocurrió que podía dar vuelta los recortes e intentar arreglar al hombre que yo si sabía como era. Al terminar de arreglar la figura del hombre, voltee la hoja y vi que simultáneamente también había arreglado el mundo.

Moraleja: Cuando consigas arreglar al hombre, habrás arreglado al mundo.

Y para ello, nada mejor que seguir los consejos de Benedicto XVI: “Los valores más grandes del pasado no pueden ser simplemente heredados; debemos hacerlos propios y renovarlos a través de una decisión personal, que a menudo es costosa (…) Ahora bien, cuando se tambalean los cimientos y faltan las certezas esenciales, la necesidad de esos valores se siente de manera urgente: en concreto, aumenta hoy la exigencia de una educación que sea realmente tal.

La piden los padres, preocupados y con frecuencia angustiados por el futuro de sus hijos; la piden tantos maestros, que viven la triste experiencia de la degradación de sus escuelas; la pide la sociedad en su conjunto, que ve cómo se ponen en duda las mismas bases de la convivencia; la piden en su intimidad los mismos muchachos y jóvenes, que no quieren quedar abandonados ante los desafíos de la vida”.

Educar no es nada fácil, todos lo sabemos.

Por ello, hablar de desarrollar en los niños y jóvenes aquellas virtudes humanas y sobrenaturales que son base y fundamento de la convivencia humana, es algo que vale la pena intentarlo.

Y para ello, “no hay más que un camino para el progreso en la educación, como en todas las cosas humanas, y es el de la ciencia guiada por el amor”, como solía decir el filósofo y escritor británico Bertrand Russell.


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