Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Autos y Computadoras
Eduardo García Gaspar
17 agosto 2009
Sección: CIENCIA, NEGOCIOS, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Hagamos un viaje al pasado reciente, a los años 80 y 90. Concretamente a la industria de la computación. ¿Se acuerda usted de Burroughs? Fue en esos años que inició el principio del fin de ese sector, al menos como se le conocía.

Las computadoras eran enormes, les llamaban mainframes. Solían las empresas exhibirlas en salas especiales con aire acondicionado y trabajaban con tarjetas perforadas. Las empresas, por ejemplo IBM, las fabricaban para trabajar con sus propios sistemas y luego, agentes de venta de la misma empresa, visitaban clientes con capacidad económica para pagar precios enormes.

Quien en esos años hubiera dicho que se venderían pequeñas computadoras en supermercados, habría sido calificado de demente. De hecho hubo una predicción en esos tiempos: el mundo no necesitará más de unas pocas computadoras súper poderosas en unos pocos lugares.

Ahora imagine usted otra cosa. Piense en esta posibilidad: en esos años el presidente de EEUU ve el problema de las grandes empresas de computación y decide ayudarlas a enfrentar la crisis que se les presenta con la aparición de una amenaza terrible, otros fabricantes de computadores, las PC personales. Burroughs podía haber pedido un rescate para mantenerse viva… después de todos, el cierre de la empresa, y otras como ella, traería un efecto dominó sobre toda la economía.

Es un gran ejercicio pensar en esto. Un amigo me envió el material con esta idea, que es una reproducción circulada por Villeda Consulting con la traducción de una columna de Andrew S. Grove (WSJ, 13 julio 2009). Grove tuvo un muy alto puesto en Intel y su intención es clara: compara a la reinvención de la industria de la computación con el rescate actual de la industria automotriz. ¿Se acuerda de General Motors?

El gobierno de EEUU, desde la administración anterior, ha comprometido buena cantidad de recursos para salvar a esa empresa. La primera pregunta, ¿debería haberlo hecho? La respuesta políticamente correcta es que sí, ya que General Motors pertenece a la categoría de “demasiado grandes para fracasar”. ¿No lo eran también Burroughs, Digital e IBM?

La otra respuesta, más analítica, es negativa. No deben dedicarse fondos públicos a salvar empresas. Es un mal negocio para todos, excepto para la empresa que fracasó. Ese fracaso, entonces, castiga al inocente, al ciudadano que paga impuestos y los ve usarse en otras cosas… y premia al fracasado y al político que busca popularidad inmediata.

La industria de la computación se reinventó ella misma y no sólo no fracasó, sino que creció e hizo mejor la vida del resto. Haber intervenido para salvar empresas con problemas hubiera interferido con los adelantos y las innovaciones que ella nos trajo. Y eso es lo que está pasando con la industria automotriz, al interferir en su cambio, se priva al resto de la gente de los beneficios de la innovación.

Es una observación más o menos común, la que dice que las empresas tienen ciclos de vida. La mayoría de ellas viven menos que los humanos, incluso las grandes. Ha sido dicho que esto puede deberse en buena parte a la soberbia de su administración, la que por vieja se vuelve rígida y no entiende los cambios en los mercados, ni las consecuencias de las innovaciones.

Las nuevas empresas, por el contrario, son flexibles y se guían por un espíritu de aventura, como diría Say (1767-1832), el economista francés. Y poseen una ventaja, los grandes suelen no ponerles atención hasta que es muy tarde. Algo así sucede en la industria automotriz, con los grandes anquilosados y los nuevos participantes más ágiles e innovadores (y sin sindicatos chupadores de sangre).

Consideraciones como éstas son las que replantean la pregunta sobre la conveniencia de que un gobierno salve empresas que ya no se valen por sí mismas. Por supuesto, si entra a salvarlas, se verán resultados inmediatos… pero lo que no se verá es el daño que eso causa: desperdicio de recursos y creación de obstáculos a la innovación.

La distinción entre lo que se ve y lo que no se ve es de otro economista francés, Bastiat (1801-1850). El público en general y los malos economistas, más los gobernantes hiperactivos como Obama, ponen su atención en lo que se ve de inmediato, especialmente el salvamento de empleos. Un buen economista y mentes más educadas verán el daño que eso causa a la larga y que afecta a todos.


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