Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Chávez y Obama, se Parecen
Eduardo García Gaspar
3 abril 2009
Sección: Sección: Una Segunda Opinión
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Quizá usted leyó la noticia. Ella informaba que en Venezuela existían cinco empresas de cemento: Cemex de México, Lafarge de Francia, Holcim de Suiza y dos nacionales, Cerro Azul y Cemento Andino. Nada fuera de lo común en realidad.

Lo que hace que el caso sea fuera de lo común es que esas empresas funcionaban en un país que no tiene propiamente un gobierno, sino un presidente vitalicio de poder ilimitado. ¿Qué les sucederá a esas empresas en ese país?

Muchas cosas posibles, pero que es posible reducir a una lista escasa de posibilidades. La razón: ellas producen cemento y el cemento es vital para un presidente de ese tipo. Lo necesita para construir lo que él ambiciona: casas, edificios, hospitales. Sin cemento no puede vivir.

Pero ese material neurálgico no está en su poder y eso es malo para él. Necesitará controlarlo porque ésa es la razón de su vida, controlar. Que las empresas fueran expropiadas hace un año, no fue sorpresa. Pertenecían a la misma categoría que las tierras agrícolas, cuyo control es también necesario.

La regla que aplica es relativamente sencilla: un presidente así querrá tener bajo su control lo que considere vital para construir su sueño personal. El acero es otra de las industrias que desea controlar quien sólo tiene una ambición en la vida, el poder. No le interesaría controlar las alfombras, pero sí el petróleo y la energía.

La gran variable del escenario venezolano es su “presidente vitalicio”. La contradicción de la expresión lo dice todo. Su obsesión es la autoridad, el mando sobre lo que más importa  para implantar su sueño. Necesita controlar el cemento, como necesita controlar a la corte de justicia o a los diputados.

Este presidente no es diferente al resto. En todos ellos se encuentra ese mismo rasgo, el de tener más poder. Es la razón de ser del gobernante. Sin poder no es nadie. ¿Cómo demostrar esto? Con sus propias palabras o las de sus acólitos. En el caso venezolano no hay excepción.

En ese país, las empresas expropiadas formarán una sola y gigante (lo grande es especialmente atractivo a los gobernantes). La nueva empresa jumbo va a ordenar (otra palabra favorita de los políticos) la producción y venta de cemento. “Ya no habrá competencia… sino que debe haber complimentaridad”, dijo uno de los miembros del gobierno.

Se habló también de racionalizar a la industria (otra expresión que implica control gubernamental). Y, por supuesto, la nueva empresa tendrá una función social (quizá la frase más usada por quien desea control). Se hicieron las usuales promesas de que no habrá desabasto y que en cemento será de gran calidad.

Lo de Venezuela y su presidente es la variación extrema de un mismo tema universal. Lo que hace único a este caso y a otros más iguales en el mundo es la no existencia del mecanismo que limita la ambición de poder. Todo gobierno en todas partes y en todo tiempo tiene una tendencia estructural para acumular poder. No hay excepción.

Ese rasgo de ambición de poder es igual en Chávez que en Obama. Igual en Bush que en Sarkozy, en Merkel, en Calderón, en Kirchner. Quienes no llegan a la postura radical  es porque no pueden. No pueden porque existen limitaciones a la expansión de su poder. Cuando esas limitaciones no existen, surgen las figuras sabidas: Castro, Pol Pot, Mao y figuras como la del Presidente Eterno en Corea del Norte.

Sabido esto de sobra, es una cosa realmente admirable que aún se crea en que es bueno retirarle los frenos al poder de los gobiernos. El ejemplo más actual de esta inexplicable situación es la elevación del gasto gubernamental para solucionar una crisis. Elevar el gasto es igual a elevar el poder, que es precisamente lo que no debe hacerse. Al contrario.

En un país se expropia el cemento, en otros se eleva el gasto gubernamental y los impuestos, se emiten regulaciones, se tienen monopolios estatales. Todo es en esencia lo mismo: más poder disfrazado con las mismas bonitas palabras: ordenar el mercado, racionalizar la producción, tener una función social, regular a la industria, proteger al ciudadano.

La clave está en encontrar el común denominador de las medidas gubernamentales. Le apuesto a que todas ellas tienen en común el elevar el control gubernamental sobre el país al que se gobierna.


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