iglesia católica

Comentarios a dos opiniones sobre el catolicismo. Dos editorialistas expresaron sus ideas acerca del uso del condón y su reprobación por parte de Benedicto XVI, y sobre los escándalos de sacerdotes abusadores.

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¿Quién es el Cavernario?

El viaje de Benedicto XVI, por países de África [2009], tuvo la reacción esperada en las comunidades progresistas y los comentaristas superficiales, que se enfocaron con firmeza en contra de la afirmación del papa.

Dijo él, en resumen, que el uso del condón aumenta el problema del SIDA, no lo disminuye.

Ejemplo de la reacción en contra fue el comentario de F. Reyes Heroles, quien en una columna titulada Cavernario (Grupo Reforma 24 marzo 2009), usó expresiones fuertes:

«Cualquier persona con una mediana información sabe que el condón es hasta ahora el mejor mecanismo de prevención de [SIDA]… ¿Por qué no guardó silencio [el Papa]? Que Ratzinger aterrice en el siglo 21, de lo contrario pasará a la historia como un hombre de las cavernas».

¿En serio? El cavernario parece ser otro por realizar un análisis muy primario.

El resto de los comentarios usaron el mismo razonamiento, que es muy fácil de entender: el condón es una forma efectiva de evitar contagios de enfermedades contraídas sexualmente, lo que en el caso del SIDA lo convierte en un instrumento de salud.

El uso del condón minimiza significativamente la probabilidad de contagiar y ser contagiado en su efecto inmediato directo (pero no necesariamente en sus efectos colaterales).

Eso es cierto y negarlo sería inútil. El condón no es seguro al cien por ciento, pero sí es un método de disminución de contagios y, por tanto, de ataque a una enfermedad que afecta a muchos, especialmente en África.

Con esta realidad en mente, la reacción en contra del pontífice es lógica, superficial y muy primitiva, pero lógica en el primer efecto visible. Hay más en esto.

Benedicto XVI no es un tipo tonto, al contrario, es uno de los teólogos más destacados del mundo. Cualquiera que haya leído una de sus obras lo podrá constatar, aunque no esté de acuerdo con él. Obviamente, supongo, sabe todo eso.

Sabe que efectivamente el condón aminora probabilidades de contagio y a pesar de eso, lo reprueba y afirma que su uso puede empeorar el problema.

Creo que las dos posiciones son reales, aunque una de ellas tiene bases muy endebles. La diferencia entre ellas se debe, no a tener una opinión del tiempo de las cavernas, como dijo el columnista, sino todo lo contrario, a una posición mucho más refinada e integral. Me explico.

Las personas que mencionan que el condón reduce contagios, lo que es cierto, parten de un supuesto que debe hacerse explícito: creen que es imposible la abstinencia sexual, que las personas no pueden resistir sus pasiones sexuales y que inevitablemente sucumben a ellas.

Por eso es que no hay otra manera de evitar contagios que usar el condón y promover su uso. Dicen que hablar de abstinencia y de monogamía es ridículo.

El punto de partida de Benedicto XVI no es el de aceptar que las personas sucumben sin remedio a sus pasiones ni que todo lo que puede hacerse es ayudarlas a evitar consecuencias indeseables de esa conducta.

Su punto de partida es muy diferente, el creer que las pasiones sí pueden ser dominadas, que el ser humano sí tiene poder de voluntad para no sucumbir a ellas.

Creyendo esto, sería incongruente aceptar la promoción del condón. Hacerlo sería igual a reconocer que los humanos no tenemos voluntad propia, ni independencia personal.

Quienes piensan como Reyes Heroles tienen una opinión muy baja del ser humano, del que creen que no tiene voluntad para no hacer lo que no debe hacerse. Para ellos, los humanos somos esclavos sin remedio de pasiones, del materialismo, de la sensualidad.

No tenemos fuerza moral y todo lo que puede dársenos es protección para evitar consecuencias malas de nuestros actos.

Por mi parte, encuentro mucho más atractiva la posición del pontífice. Me está diciendo que sí puedo controlar mis instintos y mis pasiones, que tengo fuerza de voluntad. Me dice que sí soy alguien más allá de un animal que sin remedio sigue sus instintos. Me alegra escuchar esto. Oír a los progresistas me entristece.

Decir que el uso del condón puede aumentar el problema es una afirmación seria que no debe rechazarse a la ligera.

En un nivel posible de medir, aplica la Ley de los Efectos No Intencionales y que establece en este caso que la promoción del condón podría tener el efecto de más contactos sexuales con múltiples personas y no menos. Y si no me cree, vea los resultados de investigaciones anotados abajo.

Pero el efecto peor de todos es el mensaje que se tiene implícito en la promoción del condón: eres una persona débil, sin voluntad, no puedes dominar tus instintos, no puedes domar tus pasiones, por eso la autoridad debe encargarse de ti y darte condones para que te diviertas sin consecuencias.

De entre las dos opiniones que tienen de mí esa gente, no dudo en quedarme con la de Benedicto y por mucho. La otra opinión es insultante, me está diciendo que soy un idiota que no puedo controlarme y que otro tiene que cuidarme.

Nota

El símil de una clase me parece que explica esto. Los progresistas suponen que todos los alumnos son unos incapaces, inhábiles, sin voluntad, los que sólo pueden aprobar las materias reduciendo los estándares educativos.

Benedicto sería lo opuesto, el profesor exigente y duro que piensa que sus alumnos sí son capaces, que tienen voluntad y que no tienen necesidad de disminuir los estándares académicos.

Si se toma la creencia cristiana del hombre imperfecto, expulsado del paraíso, las dos mentalidades pueden explicarse.

Quien promueve el condón está diciendo que no hay posible regreso al paraíso, que todo lo que puede hacerse es tener un gobierno bondadoso que cuide a los humanos de sus irresponsabilidades inevitables.

El Cristianismo está diciendo lo opuesto: eres imperfecto, un pecador, pero puedes dejar de serlo y tu regreso al paraíso depende de ti.

Si se tratara de una de esas conferencias de motivadores profesionales, los progresistas dirían que ni siquiera asistiéramos a su conferencia, que no tenemos voluntad, ni fuerza, ni capacidad para mejorar.

En NRO (19 marzo 2009), se reportan declaraciones de un experto en SIDA en África:

«Edward C. Green, director del Proyecto de Investigación de Prevención del SIDA en el Centro de Harvard para Estudios de Población y Desarrollo, en respuesta a los comentarios de la prensa papal en camino a África …” El Papa está en lo correcto “, dijo Green a National Review Online el miércoles, “O mejor dicho, la mejor evidencia que tenemos respalda los comentarios del Papa. Él enfatiza que ‘se ha demostrado que los condones no son efectivos en el’ nivel de población”. Existe una asociación consistente demostrada por nuestros mejores estudios … entre una mayor disponibilidad y uso de condones y tasas de infección por VIH más altas (no más bajas) . Esto puede deberse en parte a un fenómeno conocido como compensación de riesgos, lo que significa que cuando se usa una ‘tecnología’ de reducción de riesgos como los condones, a menudo se pierde el beneficio (reducción de riesgos) al ‘compensar’ o correr mayores riesgos que uno tomaría sin la tecnología de reducción de riesgos … Más y más expertos en SIDA están llegando a aceptar lo anterior. Los dos países con las peores epidemias de VIH, Swazilandia y Botswana, han lanzado campañas para desalentar a los socios múltiples y concurrentes, y para fomentar la fidelidad».


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El riesgo de opinar

Por Leonardo Girondella Mora –   7 mayo, 2008

El pasado 17 de abril fue publicada una columna que merece ser comentada —su tesis es muy representativa de una forma de pensar que es tan desatinada como generalizada.

En Grupo Reforma, el columnista conocido como Catón escribe sus opiniones sobre el celibato de los sacerdotes católicos.

Iré paso a paso examinando la columna —señalando antes que se dice que es el columnista más leído en México y que su columna, por lo general, consta de una serie de chistes casi siempre con contenido sexual. El título de la columna es «Contra El Celibato» y comienza preguntado,

«¿Cuántos chistes podrían narrarse que tienen como protagonistas a curas que pecan -en el mejor de los casos- con mujer?»

Sigue narrando lo acostumbrado, chistes que en esta columna fueron los siguientes:

«Recordemos el cuento del padre Incapaz, que las hincaba y ¡paz! O el de la forastera que buscaba en el pueblo a un tal Pacorro, pues le habían dicho que era gran amante, y resultó que no era el tal Pacorro, sino el párroco. O aquél de la esposa que no tenía hijos: alguien le dijo que se embarazaría si rezaba 10 avemarías, pero otra señora le aconsejó que mejor fuera con el padre nuestro, pues así había quedado ella embarazada». 

A lo que sigue un comentario personal del columnista:

«Es infinito el número de historias, imaginarias y verdaderas, de curas que faltan al sexto y al noveno mandamientos. Yo soy católico. Creyente, no practicante. Y soy casado. Practicante, no creyente. Aunque indigno, amo a la Iglesia en cuyo seno nací y en la cual quiero morir». 

El razonamiento anterior es merecedor de un breve análisis —el columnista dice que cree en la iglesia católica, pero que no practica sus preceptos.

Si alguien cree en lo que sea pero no lo respeta, es indudable que no cree en ello. Es un caso de una salida clisé del tema que se teme y se desea evitar, que lleva a una contradicción.

De inmediato, el columnista dice que:

«Y, sin embargo, hay cosas de mi Iglesia que me duelen. El Papa Benedicto aludió a una de ellas cuando al llegar a Estados Unidos habló de la vergüenza que siente por los casos de pederastia en que han incurrido numerosos sacerdotes de ese país. Dijo el Pontífice que la Iglesia debe pedir perdón a quienes han sido víctimas de esos abusos incalificables, y a sus familiares». 

Eso es cierto —pero lo que importa es que sirve introducir la opinión del columnista y que es a la que quiero referirme. Empieza su opinión diciendo que,

«Con la osadía que la ignorancia da yo pienso que la Iglesia debería pedir perdón -y no dudo que alguna vez lo pida- a sus sacerdotes y religiosas por haberlos sometido a la inhumana obligación, carente de toda humanidad, del celibato. De esa imposición contra natura, y del recelo con que la clerecía ha visto siempre a la mujer, como ocasión continua de pecado, derivan en buena parte los males que ahora la Iglesia debe lamentar… »

Entonces, el columnista establece su posición —es la de otro perdón católico que debe darse, el de pedir a sus ministros ser célibes porque se trata de algo que va contra la naturaleza humana en su opinión. La cosa va aún más allá, según el columnista.

Los casos de mala conducta sexual de los sacerdotes no sólo son debidos al celibato sino a otra cosa —según él, el catolicismo considera a la mujer ocasión de pecado. En resumen, todo se arreglaría dejando de lado el celibato.

En la siguiente parte, el columnista insiste en su tesis:

«… pienso que el celibato religioso es grave error, e injusticia que clama al Cielo, porque a más de ir contra el orden natural, dispuesto por Dios mismo, somete a quienes hacen ese voto a indecibles sacrificios y zozobras, pues nadie puede impunemente contrariar las leyes de la naturaleza». 

Queda muy clara su posición hasta ahora al menos —el columnista afirma creer en la iglesia católica, pero no practicarla y respalda la idea de que si los sacerdotes pudieran tener oficialmente relaciones sexuales, se terminarían los problemas de ministros católicos que faltan a esa regla.

¿Se refiere a matrimonios de los sacerdotes o a poder acudir a un burdel? La pobreza de su opinión es enorme en un tema que merece más seriedad que el de ser introducido con chistes de mal gusto.

Sigue con su idea diciendo que,

«El celibato religioso no es institución divina; es coacción humana, originada -lo más triste- en preocupaciones que nada tienen que ver con lo espiritual, sino antes bien con cosas puramente materiales, de mero acopio y conservación de la riqueza. El celibato no está ni en las raíces de la Iglesia ni en su esencia». 

La afirmación es extraordinaria —el celibato no es un precepto religioso, sino uno originado por el afán de riqueza (los curas casados tendrían más gastos). Todo se trata de algo mezquino que implanta una regla que no es propiamente religiosa.

Es obvio que el columnista ignora que en el catolicismo existe una tradición interpretativa que es parte esencial de ella.

Luego dice que debe hacerse un cambio, el de

«… reconciliar a la Iglesia católica con la naturaleza del hombre, para ya no contrariarla ni ejercer violencia sobre ella, pues ahí está en gran medida la fuente de la maldad y de las perversiones que tanto daño han hecho a tantos inocentes, y a la institución misma a lo largo de su historia». 

La opinión queda clara —las malas conductas sexuales de los sacerdotes son un problema que podría remediarse permitiéndoles tener relaciones sexuales, sin aclarar nada más y abriendo el camino a cualquier opción.

Hacerlo, además, según el columnista, ayudaría a resolver la declinación de la iglesia católica frente a otras religiones (que me imagino sí permiten que sus ministros tengan relaciones sexuales).

Además, dice que,

«Hay escasez de vocaciones. A mi entender eso se debe en buena parte a la obligación de celibato que se impone a quienes sienten el llamado religioso, pero no quieren o no pueden hacer renuncia de su naturaleza humana. A esa naturaleza, que por ser humana es también divina, nadie puede renunciar sin exponerse a grandes sufrimientos, a tremendas tormentas interiores, o a incurrir en claudicación o desviaciones. Por eso, en tratándose del celibato, sueño con el día en que mi Iglesia siga la ley natural, que es ley de Dios, y no el dictado falible de los hombres».

En resumen, según Catón, la iglesia católica sería más popular, habría más ministros y se terminarían con los abusos sexuales —todo eso si a los ministros católicos se les permitiera acostarse con alguien teniendo permiso oficial de hacerlo.

Conclusiones

Peor ataque al celibato es difícil de pensar por las siguientes fallas de juicio:

1. Los abusos sexuales de sacerdotes católicos son reales y vienen de una minoría de ellos —estimada entre el 2 y el 6%.

Aún suponiendo porcentajes mayores, el razonamiento del columnista no se justifica, pues la gran mayoría de los ministros respetan el celibato. Solo aplicaría en caso de cifras casi mayoritarias.

2. Sin duda los abusos sexuales de los ministros católicos y la pobre atención que ha merecido el problema por parte de sus jerarcas lastima a esa religión y hace dudar a sus fieles —pero se trata de la violación de un precepto religioso y no de una cuestión de popularidad.

La religión no es una cuestión de popularidad lograda por la relajación de reglas, de hecho es lo opuesto: el establecimiento de que todo puede hacerse pero que no todo debe hacerse.

3. Conseguir más ministros, concentrándose en elevar su número descuida otro factor, el de la calidad de esos ministros —si relajar los requisitos de los futuros sacerdotes es el secreto absoluto entonces debería plantearse también el relajar todos los demás.

La intención que he tenido al examinar el contenido de esa columna es el mostrar la terrible pobreza de una opinión leída por muchos —no me he preocupado por defender el celibato de los sacerdotes católicos, lo que sería otra historia, sino de mostrar la baja calidad de uno de los ataques que se le hacen.

Si el celibato es examinado al menos debe pedirse que se haga con inteligencia.