Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Competencia Religiosa
Eduardo García Gaspar
6 marzo 2009
Sección: LIBERTAD CULTURAL, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Hace tiempo hubo una situación interesante y que viví cercanamente. Una iglesia pidió permiso para la construcción de su templo en una zona urbana en la que predomina por mucho otra religión. Algunos miembros de esa última se opusieron activamente.

Se me pidió mi opinión, por alguna razón extraña, y la di. Dije que las libertades debían respetarse, que no podía negarse la libertad religiosa. Dije que impedir la apertura del nuevo templo significaría aceptar eso mismo para todas las iglesias en todo el mundo: sería ilegal realizar actividades misioneras y de evangelización.

No dude jamás de las buenas intenciones de quienes se oponían a la nueva iglesia. Pero ellos habían cometido un error fatal: habían convertido a su fervor religioso en una acción equivocada de efectos graves. Nunca pude explicar esto de manera que fuera comprendida mi posición. El tema se había convertido en algo demasiado emocional como para usar la razón.

Cuando hace poco vi a una de las personas que activamente se opusieron a la apertura del templo de la nueva religión, hablé con él y recordó el asunto. Había en él un dejo de orgullo por haber logrado esa prohibición. El templo nunca se construyó. Fue siempre algo que me conmovió, porque estaba en contra de mi defensa de las libertades.

Quizá sea un buen tiempo de añadir algo a esa discusión de siglos. Quien sea que defienda las libertades y desea ser congruente, debe aceptar que si la religión A quiere abrir un templo en una zona en la que predomina la religión B, puede hacerlo. No hay manera de evitar esa conclusión… a menos que se niegue el ideal defendido. Pero hay más.

Pienso que si se abriesen templos de otras religiones, se tendría un efecto neto similar al de la competencia económica, el de una mayor promoción religiosa y, por eso, un efecto neto de una moral más difundida: ciudadanos más éticos. Hay evidencia práctica de esto citada en una columna de G. Becker en Newsweek, en el caso de iglesias protestantes en EEUU y Europa, más otros casos citados.

La competencia religiosa, más aún, logrará enfocar a los ministros a su papel central y que suele perderse cuando pertenecen a una religión predominante. Este fenómeno lo señaló en el siglo 18 Adam Smith, algo que Becker aplicó al caso de los católicos en América Latina: los ministros católicos ignorando necesidades espirituales y atraídos por lograr objetivos políticos, pierden fieles.

Si eso es cierto, entonces la apertura del templo de la otra religión habría tenido un efecto benéfico y de largo plazo en esa comunidad. ¿Pero cómo explicar esto? No es fácil cuando la mente está nublada con el efecto inmediato que entiende sólo que la nueva religión es una amenaza.

El problema empeora cuando alguien argumenta que las cuestiones religiosas no son un mercado, ni pueden ser tratadas como cuestiones económicas. No lo son desde luego, pero sí se refieren a la conducta humana y siguen los mismos principios: tienen incentivos y son resultado de acciones personales.

Aunque suene irreverente, véalo así por un momento: si existiese un monopolio religioso decretado por la autoridad y ninguna otra religión fuese tolerada, primero se tendría una violación de la libertad humana. Pero eso ocasionaría complacencia y descuido entre los ministros religiosos, protegidos por el gobierno, igual que lo que sucede cuando se protege a una industria de la competencia extranjera.

Además, los ciudadanos tomarían esa situación como una cuestión más de gobierno, que pasaría a colocar a la religión oficial como una cosa secundaria. Lo opuesto sucedería en el caso de existir otras religiones: los ministros de todas dejarían esa complacencia e inactividad para poner atención en sus fieles.

No es economía en sentido estricto, es acción humana clara. Y ella, más aún, tiene la virtud de mostrar que las libertades tienen efectos positivos. La libertad religiosa no es la excepción, ni puede serlo, del principio de libertad general humana y que se aplica también a las esferas económicas y políticas.

Es por esto que veo con extrema desconfianza los intentos de acallar a las iglesias en su libertad de expresión. Alegando una mala definición de laicismo hacen exactamente lo mismo que los que prohibieron la construcción del templo en el caso con el que inicié la columna. No se ve con facilidad, pero es exactamente el mismo caso.

Post Scriptum

El material citado está en Becker, Gary Stanley, and Guity Nashat. The Economics of Life. New York: McGraw-Hill, 1997, p. 16.

El lector avezado podrá poner una consideración de cuidado considerable: la libertad religiosa funcionará bien mientras las creencias de las religiones comprendan y favorezcan esa libertad humana. En el caso de que alguna de ellas introduzca en sus creencias elementos de violencia en contra de los creyentes en otros credos, comienzan los problemas. Es cierto.


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