Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
De la Elección a la Locura
Eduardo García Gaspar
6 julio 2009
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


El hombre, esa tarde, hablaba como un verdadero profesional: “Desde joven tuve vocación de servicio. Quiero ayudar a los grupos marginados, lograr el bien común, promoviendo un medio ambiente limpio en el que se respeten los derechos de la gente”.

Siguió hablando de cosas similares, “salvar a las tortugas”, “dar becas a jóvenes”, “construir carreteras”. Era como un discurso preparado, bien dicho, y hasta sincero, pero en el que no había pasión. Era un esfuerzo para persuadirnos a quienes le escuchamos a votar por él en las siguientes elecciones. Era un profesional de la persuasión.

Hay algo en esos discursos que, a pesar de todo, no convence. Sí, de entrada, puede cualquiera pensar que si en verdad tenía él vocación de servicio, desde joven se habría dedicado a misiones religiosas en África. Pero eso es lo obvio.

Es la diferencia que quiero señalar: la que se tiene entre quien ama a la humanidad y quiere lograr las más elevadas metas, y otro quien contempla personas y con ellas se maravilla.

Es la diferencia entre quien se mueve dentro de su torre de marfil hablando de la humanidad, los grupos, las colectividades, el ambientalismo, la globalización… y quien se mueve en la realidad, con gente concreta y casos específicos. La diferencia entre quien dice que es Gandhi, u otro clisé similar, de quien más ha aprendido, y el otro que dice que fue su padre borracho de quien más aprendió porque le enseñó a no ser como él.

Es una cuestión de sospecha provocada por las grandes ambiciones, los deseos altruistas generales y las visiones colectivistas. Quizá sea también un asunto de soberbia en quien aspira a dar bienestar a los marginados, o dar recursos los campesinos, o ayudas a los pensionados, o créditos a los pequeños empresarios. No porque sea malo en sí mismo eso, sino porque esa persona no alcanza a ver personas.

Es una visión tan panorámica desde un punto tan alto, que sólo pueden verse grupos, no individuos. Esta visión distorsiona a la realidad: sólo puede contemplarse a la sociedad y a alguna clasificación de ella en toscos grupos amorfos que borran rasgos individuales. Es una postura demasiado impersonal que provoca ansias de ayudar a algunos sin darse cuenta de que así puede dañarse a muchos.

La visión amplia, panorámica, elevada, carente de individualidades, es la que por desfortuna alimenta al gobernante. Es su postura natural, desde la que contempla a sus gobernados. Y gobernará, rodeado de acólitos que lo aislarán de la realidad, contemplando a sus gobernados como quien ve Nueva York desde el Empire State.

Querrá hacer felices a todos, querrá lograr el bienestar general… pero le será imposible entender el bienestar personal.

Creará campañas, usará recursos, dirá que quiere ayudarnos, que quiere hacer el bien, que desea hacernos felices. Pero no lo puede hacer porque no conoce a esos a quienes quiere ayudar. La única manera de saber de sus gobernados es agruparlos y tratarlos genéricamente.

Hablará de sectores, grupos, conjuntos, conglomerados, multitudes, ciudadanos, mujeres, jóvenes, ancianos… pero no de individuos. Querrá hacer felices a grupos, pero no podrá hacer felices a personas. Trazará grandes planes, enormes proyectos, ambiciosos programas… generales, no personales.

Y, si no es prudente, se verá tentado a entender esa sociedad como formada por grupos en pugna, entre los que debe tomar partido y defender a unos de otros. Basará sus esfuerzos en el sacrificio de unos en aras del beneficio de otros. Será él el árbitro inapelable que solucionará los conflictos que él mismo azuzó.

Llegará el momento en el que sentirá que su labor salvadora de bienestar social no puede ser realizada si la sociedad a la que gobierna no piensa como él. Querrá que compartan sus mismos valores y prioridades. Verá como molestos a quienes no piensan como él. Llegará a convencerse de que sólo él tiene el secreto de la felicidad de sus gobernados, que ellos no saben qué es su felicidad ni como lograrla.

Se persuadirá a sí mismo de que el corto tiempo de su gobierno no es suficiente, de que su proyecto social necesita de su presencia constante, todos los días sin descanso en el puesto de mayor poder. Después de todo, piensa él, nadie más realmente sabe lo que hay que hacer. Se convierte es un místico de su propio proyecto en el que él es la encarnación de la voluntad de la masa.

Es así como vocaciones de servicio llevadas al poder, producen locura, necedad e insensatez. Desvaríos que no dudan en acudir a las más violentas opciones… una mente tan trastornada que Freud pagaría para poder analizar.


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