Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Derechos Divinos, Otra Vez
Leonardo Girondella Mora
29 octubre 2009
Sección: DERECHOS, Sección: Asuntos
Catalogado en: ,


Los derechos humanos, con todo su glamour y gran popularidad, han sido convertidos en un instrumento de ampliación de poder gubernamental —una realidad en verdad notable, ya que su origen es exactamente el opuesto, el de limitar a la autoridad política.

¿Qué es lo que ha sucedido para prostituir de esa manera a una gran idea? Esta es la pregunta que pretendo responder en lo que sigue.

Los derechos nacen

Hasta donde quiera alguien remontarse en la historia, los derechos de los individuos se originaron en una idea central: el individuo tiene valor, dignidad y es libre —de lo que se deduce que no puede ser oprimido por el gobernante.

Su origen es judeo-cristiano —la concepción misma de ser todos hijos de Dios y ser considerados iguales por su Creador. Y esto tuvo efectos que se citan con frecuencia, como la Carta Magna inglesa del siglo 13 y otros documentos posteriores.

Esos derechos son reclamos de libertad personal que deber ser reconocidos por los gobiernos y que tienen consecuencias tangibles como en la injusticia de impuestos altos —pero también en la prohibición de censura estatal, en el respeto a la propiedad personal, la libertad de creencia y otras cosas que limitaron el poder de los gobiernos.

Para los partidarios del poder estatal, los derechos humanos representan un freno a sus ambiciones, algo que convenía desaparecer, pero que era imposible anular —eran demasiado populares y la gente creía en ellos con fuerza.

Los derechos se prostituyen

Para los estatistas, proponentes de gobiernos más poderosos, la situación era desesperada —los gobiernos estaban fuertemente limitados por el enemigo, esa serie de derechos y libertades. ¿Cómo destruirlos y facilitar el crecimiento del poder gubernamental?

Con el tiempo fue desarrollándose una idea genial —no se trataría de anular a los derechos: la gente lo vería con malos ojos. Pero sí podía hacerse otra cosa, que es lo que califico de genial porque convención a muchos de aceptar eso mismo que se temía, más poder estatal.

El truco usado fue lingüístico: llamar a las libertades personales “derechos de primera generación” y crear derechos de segunda, tercera, cuarta generación —con una gran ventaja. Todo esto daría la impresión de avance y mejora, se iría más allá de los derechos primitivos originales y se progresaría.

La trampa ha funcionado bien —cierto que muchos no se la han tragado—, pero otros muchos han sido lo suficientemente ingenuos como para comer todo el anzuelo: piensan entonces con toda seguridad que los nuevos derechos son un avance notable y los defienden sin darse cuenta que atrás de ellos crece el poder estatal, que llegará a anular todos los derechos.

El truco funciona así

Se propaga la idea de que los derechos básicos originales están bien, fueron buenos y aceptables, pero no son todos —y se dice que ahora se reconocen más derechos ante los que los gobiernos no pueden permanecer indiferentes y tienen que actuar para volverlos realidad.

Así se crean los derechos llamados de segunda generación —los que hablan del derecho a la educación, al trabajo, a la salud, a la vivienda, y otras muchas cosas. Aunque no son propiamente derechos, sino ideales, tornarlos en derechos ayudó al gobierno a crecer más y más.

El mecanismo funciona así: se declara que se tiene el derecho a la salud, por ejemplo, y como no existe una obligación clara en nadie, el gobierno se adjudica la obligación y reclama poder y recursos para hacerse responsable de cumplir con ese derecho que se dice todos tienen. De esta manera, cada nuevo derecho de segunda generación es un motivo que hace crecer el tamaño y las funciones del gobierno.

En los derechos originales eso no sucede, al contrario —cada uno de esos derechos es un freno al poder gubernamental y las obligaciones que ellos imponen son claras e indudables. Si se tiene libertad de creencia, todos los demás están obligados a no interferir, pero si tengo derecho a la salud, ¿a quién le paso mis gastos médicos?

Obviamente el gobierno dirá que a él, porque eso le permitirá tener más poder. Creo que es claro lo que digo: gracias a la invención de derechos de siguientes generaciones, los gobiernos elevan su poder, que es el objetivo real de los estatistas y lo logran en medio de una aprobación general que es bastante ingenua.

La inercia se mantiene como lo demuestra la idea de los derechos de tercera generación —una vaga idea que da un giro importante y se refiere a los derechos de los pueblos, no de las personas, pero que logra lo mismo: agrandar el poder del gobierno.

Y termina con la democracia redefinida

Si en la idea original de la democracia está un sistema de control gubernamental destinado a defender la libertad personal y la democracia tiene tanta aceptación, entonces el problema es el mismo —¿cómo redefinir a la democracia de forma que se den vítores a un gobierno más grande?

Los derechos prostituidos dan una respuesta genial: hay que propagar la idea de que la democracia de las libertades personales es una idea del pasado y que la democracia moderna o post-moderna es otra más avanzada, la de un gobierno con preocupaciones sociales que debe volver realidad todos los derechos de todos.

Conclusión

Lo que he querido demostrar es el mecanismo perverso que ha permitido el crecimiento del monstruo estatal gracias al disfraz que crea la redefinición modernizada de los derechos y las libertades —y que en realidad es nada más allá de juegos de palabras que hacen posible, de nuevo, atentar contra la libertad.

Es como un renacimiento del derecho divino de los reyes, que les daba la excusa perfecta para gobernar sin limitaciones.

Addendum

Hace unas pocas semanas, presenté evidencia que prueba esta misma idea, la de la prostitución de la idea de loso derechos humanos para justificar al Estado de Bienestar.


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