grandes ideas

El arte de conversar y dialogar. De hacerlo civilizadamente, con educación. Sin violencia, ni agresión. Las causas por las que las conversaciones son oportunidades desaprovechadas de beneficio propio y ajeno.

Introducción

La acción de compartir puede hacerse de muy diversas maneras, una es la conversación justificada como un acto de beneficio mutuo y que en buena proporción es desaprovechada. Swift señala algunas de las causas de ese desaprovechamiento de las conversaciones. 

Este resumen presenta una idea de Swift (1667-1745), el autor de Los Viajes de Gulliver. La idea trata acerca de la conversación, una de las diferencias entre los humanos y las bestias, y una habilidad que ha decaído. El autor apunta errores que nuestras conversaciones tienen y sus apuntes dan en el clavo, tanto que  siguen siendo aplicables hoy mismo. 

La idea fue encontrada en Ensayistas ingleses. México. Conaculta Océano, «Sugestiones para un Ensayo Sobre la Conversación», de Jonathan Swift, pp. 23-31.

Punto de partida

Los nuestros son tiempos de grandes libertades en los que se ensalza la necesidad de diálogo, pero ese diálogo necesita ciertas habilidades en quienes lo tienen. Revisar las fallas que las personas tienen al dialogar es un buen inicio para el rescate del arte de conversar.

Entra Swift al tema estableciendo que la conversación como tema ha sido poco merecedor de atención y que es difícil tratarlo como debe hacerse. La conversación, dice, es una de las maneras posibles para conocer ideas.

Los humanos concebimos planes para proponer ideas en muchos campos y la conversación es uno de los medios para hacerlo.

La conversación es también un tema en sí mismo, debe ser tratado y para ello, el autor se asigna un objetivo, el de conocer las fallas y los errores que afectan a la conversación.

Sobre eso, cada persona sacará sus conclusiones y máximas.

El descuidado arte de conversar

Tratar el tema es la tarea tomada por Swift por causa de su indignación. La conversación es un placer para todos en cualquier momento de su vida, es accesible para todos y, sin embargo, al mismo tiempo es algo que se desatiende y se abusa.

Será de utilidad, de acuerdo con esto, examinar las fallas que las personas cometen al conversar y con ese conocimiento lograr que las personas las corrijan. La conversación requiere aptitudes que no poseen la mayoría de las personas.

1. Hablar demasiado

Con esa introducción al tema, el autor señala ahora un defecto que la conversación padece, el hablar demasiado.

Fenómeno común es el ver en casi todo grupo de personas que una de ellas domina con su palabra, lo que en el resto es causa de contrariedad.

Es el caso de quien habla con parsimonia dando una introducción que le lleva al tema pero luego se aparta de él con temas laterales que le recuerdan alguna historia que promete contar al terminar y que los demás han escuchado varias veces.

Su acaso quien habla demasiado trata de recordar alguna fecha o un nombre, lo intenta dejando de hablar, mientras los demás esperan, para terminar su silencio diciendo que el dato no importa, que más tarde lo recordará.

2. Hablar de uno mismo

Otro de los defectos que Swift señala es el de quien habla de sí mismo.

Sin siquiera pedir licencia a quienes le rodean, esta persona procede a narrar toda su vida o porciones de ella, incluyendo enfermedades contadas con lujo de detalles.

O bien, hablará de las injusticias que contra ellos se han cometido por parte de autoridades u otras personas.

Suelen estas personas llamar a otros para que atestigüen lo que ellos se aprestan a narrar y que puede ser la advertencia que hicieron tiempo atrás de que cierta cosa sucedería sin que nadie le creyera.

Las personas pensamos en nosotros mismos como nuestro tema favorito, pero eso no es igual a creer que también lo somos para el resto.

Debe considerarse lo que los asuntos de otros valen para nosotros y concluir que eso mismo valen los nuestros para ellos.

3. Temas no comunes

El tercero de los defectos es ilustrado por el autor con un caso: dos personas descubren que tienen algo en común, como haber estudiado en la misma universidad.

Y de ello hacen el tema central, condenando a quienes les rodean a quedarse con la boca cerrada, mientras los otros dos hablan. Una falla en el arte del conversar que introduce temas de poco importancia.

4. La intervención del altanero

Swift sigue explicando su tema con historias basadas en su observación.

Como la del que guarda silencio altanero frente a lo que los demás discuten, hasta que los interrumpe para dictar sentencia. Y de nuevo vuelve a su silencio soberbio que es roto tiempo después para otra intervención dogmática.

5. La intervención del gracioso

También, el caso de las personas de quienes se esperan intervenciones ingeniosas.

Ellas se ven forzados a hacerlas sin tener ya la posibilidad de hablar con seriedad, como el resto. Si acaso lo hacen, sus palabras son ignoradas y ellos se sienten mal.

Pero estos hombres de ingenio y humor, también pueden querer presidir la conversación y prefieren ser acompañados por quienes se satisfacen con escucharles y son sus declarados admiradores. Creen ser una especie de oráculos a quienes el resto tiene obligación de escuchar.

6. La intervención del pedante

Otro de los defectos es la pedantería. Es decir, la imposición improcedente de conocimientos propios que con frecuencia interrumpe la conversación dando demasiada importancia a la persona.

No es algo exclusivo de un grupo, todos lo padecen: mujeres y hombres, filósofos y cortesanos.

Si bien la buena educación invita a tratar temas que son de interés del otro, la persona que es invitada a hablar de lo suyo no debe aceptar la invitación sin pensar en límites apropiados.

7. La intervención del bufón

Defecto también es el de quien ejerce el papel de bufón, cuando por su causa una buena conversación es echada a perder. Otra de las fallas comunes en el arte de conversar.

Existen ocasiones en las que el gracioso ayuda divirtiendo a la concurrencia, contra lo que no hay crítica, pero no es él alguien útil en toda ocasión.

Las burlas son parte de la conversación, como cuando se habla con agudeza de quienes usan sustitutos de modas que no todos pueden pagar, o se exhiben los defectos de una persona. Tiene ella que soportar la broma so pena de ser acusado de no hacerlo y quien la hace suele tomar a las personas más débiles e incapaces de responder.

Para conducir con propiedad estas situaciones, lo mejor a hacer es abstenerse de hablar de lo que los demás no hubieran hablado.

8. Interrumpir y ser interrumpido

Sigue la enumeración de defectos que padece el arte de conversar, señalando dos relacionados: el hábito de interrumpir y la molestia de ser interrumpido.

Si el propósito de la conversación es entretener y ser de servicio a quienes participan incluyéndonos a nosotros mismos, quien tenga esto en cuenta caerá difícilmente en esos errores.

Hablar persigue beneficiar a los demás, no a nosotros. Con discreción y prudencia, por tanto, debe aceptarse un límite a la atención que se nos pone, al igual que respetar lo que otros dicen.

Hay quienes nunca interrumpen, lo que no es correcto, y ellas pondrán su alerta máxima en esperar el término de la conversación del otro sin prestar atención a otra cosa y sin atender lo que dicen.

Están tan vueltas hacia sí y lo que dirán a continuación, que pierden lo que otros dicen.

9. La intervención del narrador

Hay personas que tienen aptitudes notables para narrar cuentos y están dispuestos a sacarlos a la conversación en cualquier momento.

Es una cualidad positiva que ayuda a las conversaciones lentas, pero que corre el riesgo de la repetición excesiva. Quien posee esa habilidad tendrá pues que renovar sus historias para mantener el aprecio que se le tiene.

Quien es un gran orador suele ser un mal conversador. En las conversaciones se tienen solo unas pocas nociones sobre cada tema y escasas frases para tratarlos, lo que se hace de manera improvisada.

Esto es desacostumbrado para el experto que no puede improvisar, ni acomodarse a la velocidad de lo que se habla, al menos hasta que no domina el arte de conversar.

10. Otra vez los ingeniosos

Vuelve Swift al tema de los ingeniosos, una lacra de la conversación, que tiene a dos actores que complacen sus vanidades. Los ingeniosos y su legión de admiradores, que a los primeros dan aires de superioridad y no pueden soportarse ninguno de ellos.

Nada hay que decir del discutir, del contradecir, del acudir a falsedades, ni de aquellos que no están al tanto de la conversación. Tampoco de las charlas con temas impertinentes o indecentes.

Conversar, un rasgo humano

La conversación es algo que nos diferencia de los animales y de la que poco provecho y beneficio sacamos.

La conversación ha degenerado con respecto a tiempos anteriores en los que ella era un arte que incluía a las mujeres y cuando se discutía con habilidad.

Podemos burlarnos de esos tiempos, pero en realidad sus conversaciones eran una ayuda en la exaltación de la dignidad humana.

11. La intervención del detallista irrelevante

Y hacia el final, señala otro caso, el de quienes se complacen relatando hechos sin relevancia hasta en sus más mínimos detalles.

Y ahora mismo tema pero otro autor

Otro escritor inglés, en el mismo libro (pp. 45-48), Richard Steele, escribió «Del Talento para la Conversación».

La virtud de la claridad

El gran énfasis del autor es la claridad. No la posee quien se expresa de manera que su intención es ser admirado y no entendido. Otro gran defecto por el que se pierde el arte de conversar.

Gran cantidad de personas tratan de ser elocuentes sin que en realidad puedan hablar. Usan la retórica y sus flores para brillar.

Cuando alguien usa sus oportunidades de hablar para ser prolijo, eso causa fastidio. Dice Steel que de seleccionar a personas con las que pasar muchas horas, el acudiría con quienes se esfuerzan para ser comprendidos con claridad.

Los defectos anteriores recordarán al lector casos por los que él ha pasado y en los que una situación similar se ha presentado.

Este es el mérito de Swift y de Steelle, apuntar casos que son vívidos y memorables a los que con facilidad podemos asignar nombres y lugares. Quizá hasta pudiésemos escribir otro ensayo similar.

El vicio de la imposición

Puede agregarse otro defecto, importante y central, que echa a perder al arte de conversar y que es el deseo de imponer la opinión propia contra todo género de evidencia y razonamiento.

Por parte de muchos, quien se atreve a dudar de lo dicho por ellos, es un descortés enemigo declarado que insulta.

Quieren ellos dar a las conversaciones un giro perverso, el de buscar oportunidades de pontificar sin que sus ideas sean puestas a prueba.

La conversación es un intercambio mutuo de gran beneficio en la que ambas partes buscan enriquecerse y que en ocasiones requiere una virtud, la de ser humildes para reconocer que el otro tiene un mejor razonamiento o una evidencia de mayor contundencia.

Las fallas de la razón

La conversación es desaprovechada por soberbia de al menos una de sus partes y degenera en un conato de conflicto serio.

El origen de esto posiblemente sea otro defecto: la falta de habilidad para razonar encontrando congruencia interna en los razonamientos y las premisas de los que ellos parten.

Es también notable la gran falla que las conversaciones tienen cuando alguna de las personas acuden a la explicación de todo suceso como una conspiración de grupos ocultos que persiguen agendas secretas que nadie conoce, excepto ellos desde luego.

Bajo la no-explicación que los complots otorgan a todo, ya nada queda por discutir ni hablar: la conversación deja su lugar a la resignación silenciosa.

Y una cosa más…

Podría tal vez incluirse también la influencia negativa de la prohibición de temas que son considerados tabú y no se trata de lo licencioso y atrevido, sino de lo que suele ser llamado políticamente correcto.

Esa serie de creencias que pretenden ser colocadas como dogmas nuevos que deben ser creídos a toda costa. Esto hace a las conversaciones irse a temas triviales que desperdician el tiempo.

Más la salida fácil que se tiene y que detiene conversaciones que de otra manera serían provechosas, el relativismo moral y el cultural.

Más sobre el arte de conversar y las fallas que puede tener.

La descalificación personal, una pérdida del arte de conversar

Por Eduardo García Gaspar

Un caso esquemático

Digamos que usted apoya la opinión A y yo la opinión B.

Como personas educadas, cada uno de nosotros emite su opinión y la trata de fundamentar con razones que deben ser pertinentes al caso, suficientes para la demostración y aceptadas por ambas partes.

Cada uno hace eso, y comienza el examen de las razones. Quizá, al fin de la discusión alguno cambia de opinión, o los dos, o ninguno.

Pero, suele suceder con frecuencia, que en las discusiones acontecen otras cosas.

La descalificación personal como arma ganadora

Digamos que yo sostengo la opinión C y usted me dice que yo estoy equivocado, que es mejor opinión la D.

En el siguiente paso yo debería razonar con argumentos pertinentes al caso, pero no lo hago. Y tomo una táctica que distrae la atención del problema, la de decir que la opinión de usted no vale porque usted es pelirrojo.

Y, alego, los pelirrojos tienen opiniones distorsionadas porque son muy diferentes al resto y se sienten superiores a todos, o inferiores. O que el pelo rojo es producido por una sustancia que altera las neuronas.

El ejemplo es extremo para mayor claridad. Se entiende rápido que nada tiene que ver el color del pelo con la falsedad o veracidad de sus opiniones.

Pero esto mismo, de manera no tan fácil de percibir, sucede mucho distrayendo la atención del problema. Los siguientes son algunos ejemplos reales.

Un caso real

Un persona hablaba de una columna de Carlos Fuentes y descartó las opiniones de Fuentes alegando que se trataba sólo de un socialista intelectual que vivió en una torre de marfil.

Puede ser que Fuentes haya sido eso, no lo sé. Pero lo que sí sé es que debo poner atención en lo que dijo Fuentes y no en su persona. Es perfectamente posible que haya dicho algo válido, aunque sea o no cierto el resto.

Otro caso real

Otra persona hablaba conmigo y me decía que la opinión que yo sostenía en ese momento estaba condicionada y limitada por mi religión, lo que la hacía poco merecedora de atención.

Hablábamos de economía. Y si bien no hay duda de que las creencias religiosas influyen en las personas, debe admitirse que al descalificar una opinión porque quien la sostiene es católico, el otro puede alegar lo mismo, diciendo que el no ser católico altera las opiniones.

Una pérdida frecuente del arte de conversar

Y, la discusión se convierte en una fricción indeseable que olvida el tema central, que son las opiniones de las personas, y no su religión ni su color de pelo.

Esta táctica que distrae la atención es muy usada en política. Es fácil encontrar casos en los que un gobernante propone la medida A y sus oponentes la descalifican echando adjetivos contra ese gobernante. Le dirán vendepatrias, nazi, enemigo del pueblo.

La discusión ha fracasado y convertido en un concierto de ataques personales. Se ha desviado la atención por medio de una falacia, conocida como ad hominem.

Es la misma falta mental que cometen quienes argumentaron que Obama sería un mal gobernante por ser negro, o que Kissinger no podía ser asesor de seguridad ni secretario de estado porque era extranjero.

Usted ha escuchado esta clase de discusiones, que es frecuente porque resulta mucho más sencillo atacar a la persona que analizar lo que dice.

Otro caso real

Una vez una mujer en una empresa presentó una propuesta que fue descalificada por varios colegas suyos alegando que se solo eran cosas de mujeres.

Es un error serio, pudo ser una buena idea, o una mala, pero el sexo de la persona nada tenía que ver.

Y sin embargo…

Hay ocasiones en los que los rasgos de la persona son importantes y pueden usarse como una de las varias razones para atacar o defender una de sus opiniones.

Como ha sucedido, se tienen casos de cantantes que emiten opiniones sobre políticas económicas, en cuyo caso sí resulta pertinente examinar el nivel de conocimiento de la persona sobre el área de la que habla.

En su fondo

Aunque pueda todo esto tener un sabor académico un tanto aburrido, creo que bien vale una segunda opinión para exponer una manera equivocada de examen de opiniones.

Lo que más importa es la serie de razones para sostener un punto de vista y no los rasgos de la persona. Un ateo puede emitir opiniones sobre política, pero descalificarlas porque es ateo sería erróneo. Igual que las opiniones de un judío o de un católico.

El descalificar a la otra persona con acusaciones que nada tienen que ver con sus ideas es una causa frecuente de la pérdida de la riqueza que existe en el arte de conversar.

Cuando se usa al revés

Una modalidad de esta manera errónea de razonar es la que se usa constantemente en algunos círculos que defienden, por ejemplo, que más mujeres sean incluidas en puestos públicos por el hecho de ser mujeres.

Sería lo mismo argumentar que debe haber más pelirrojos en la cámara de diputados porque no hay suficientes. Ser pelirrojo o ser hombre o mujer, resulta irrelevante en una posición que no requiere esas cualidades para su buen desempeño.

Si antes era una descalificación de las ideas de alguna persona, basada en cualidades irrelevantes de ellas, esto se puede usar al revés. Usar para calificar como capaz a la persona, sinn hacer caso de sus opiniones ni capacidades.

Es una variación inversa a esa falacia, que usa no el ataque personal, sino la alabanza. Por ejemplo, se acostumbra mucho defender una cierta opinión diciendo que es la de un Premio Nobel de Economía. Esto, en realidad, no es una prueba sólida de nada. Podrían ser mostrados otros premiados con opiniones diferentes, anulando el argumento personal anterior.

El arte de conversar y dialogar necesita mantener razonamientos sólidos y lógicos. Sin ellos no habrá provecho.

[La columna fue actualizada en 2019-10]