Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Crítico Perezoso
Eduardo García Gaspar
14 abril 2009
Sección: RELIGION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Es un clisé más o menos esperado y que suele repetirse en época de Semana Santa. Consiste en una crítica al Catolicismo y que bien vale una segunda opinión. Primero explico esa crítica a la Iglesia Católica y más tarde examino su valor.

La crítica parte de una experiencia: quien la expresa es siempre un ex alumno de un colegio católico, quien a continuación se lamenta de la educación religiosa que allí recibió y que le ha llevado a pensar lo opuesto de lo que se le dijo.

Dice esa crítica que la educación religiosa recibida les enseñó a negarse a sí mismos, a seguir las virtudes, a aceptar el sufrimiento, a dominar las pasiones. Comentan que se les enseñó la conveniencia de tener recogimiento en los días de la Semana Santa, en ir a misa y comulgar. En general, seguir reglas para ser una mejor persona emulando el ejemplo de Cristo. Todo eso, dicen, está mal.

Esta crítica es al final una sustentada en el recuerdo de una educación infantil exigente, con reglas firmes y que ya de adulto es rechazada: demasiadas reglas, muchos detalles, mandatos ridículos a la luz de los tiempos. Dicen que es tonto que se pida no comer carne los viernes, que también lo es la prohibición de usar condones y la exaltación del matrimonio.

La crítica, como dije, es relativamente común y se sustenta en la educación recibida en un colegio católico, el que sea. El recuerdo de esa educación infantil concreta en una persona provoca un rechazo general a toda la Iglesia Católica. Mi punto aquí es simple: se trata de una crítica débil y sin fundamento.

No digo que esa iglesia no pueda ser criticada, incluso con fortaleza y argumentos sólidos, pero esa crítica concreta a la que hago referencia es indefendible. La crítica parte de un recuerdo de educación infantil concreta y personal, que no puede dar justificación a una crítica adulta y universal.

Si se recibió una educación religiosa de baja calidad en un colegio específico por parte de unas ciertas monjas de una orden en un cierto momento, eso no deja de ser una experiencia personal y circunstancial. Ella no puede dar pie a una crítica general y universal de toda una religión, no importa la que sea.

Esa crítica es un reducto del perezoso, el que cree que el recuerdo de lo que dijeron algunas monjas o sacerdotes, hace veinte, treinta o cuarenta años, es una base suficiente para expresar un juicio sólido. Si alguien quiere criticar a una iglesia, la que sea, lo menos que puede hacer es ponerse a estudiar y tener conocimientos sólidos (no recuerdos aislados, subjetivos y, necesariamente distorsionados por el tiempo).

Pongo un ejemplo. En las críticas basadas en esos recuerdos infantiles suele mencionarse como un absurdo la infalibilidad papal, una idea que es sujeto de mofa y burla. El primitivismo de la crítica radica en el desconocimiento de lo que esa infalibilidad papal significa en realidad, cómo y cuándo se aplica, y que no es la que se critica.Ellos llegan a decir que todo lo que dice un papa se debe considerar verdad, lo que es falso.

Siquiera un poquito de investigación indicará que esa infalibilidad no significa el no cometer errores, ni tener faltas. Sólo en unos muy pocos casos muy limitados y relacionados con creencias de fe, aplica esa infalibilidad. Creer que ella significa que todo lo que dice un papa es verdad es lo que en verdad resulta absurdo.

No creo que la Iglesia Católica esté libre de críticas, como ninguna otra lo está. Pero sustentar una crítica general y universal en recuerdos infantiles personales no puede llevar a conclusiones ni medianamente sólidas. Si alguien va a criticar la prohibición del uso de condones, por ejemplo, hará un gran bien en ponerse al día al respecto y no partir de lo que se recuerda que una monja dijo un día hace treinta años.

Examinar esa crítica de tan escaso valor no es una acción de defensa del Catolicismo, pero sí es una defensa del buen razonamiento y los argumentos sólidos. Dios no dio un poder para pensar y no usarlo es un acto en contra de la naturaleza humana.

Basar una crítica general religiosa en una serie de recuerdos infantiles o adolescentes personales no sería admisible en ninguna conversación seria. Resultaría un absurdo el criticar a la Revolución Francesa por lo que recuerdo que algunos profesores dijeron cuando yo tenía 13 años. Los recuerdos traicionan y suelen coincidir con prejuicios adultos.


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