Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Importante no es Juanito
Eduardo García Gaspar
17 diciembre 2009
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
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La historia inicio no hace mucho. En realidad es muy reciente y comenzó con un conflicto interno dentro de un partido político con dos facciones. Una apoyaba como candidata a la señora B(ruguera) y otros a la señora O(liva). Querían que fuesen candidatas a la elección en una de las delegaciones de la Ciudad de México. Esa elección se celebraría unos meses después.

Las elecciones internas del PRD, que así se llama el partido, dieron la victoria a B. Pero el triunfo fue protestado, como casi siempre sucede, las autoridades electorales anularon tal victoria y tomaron medidas que dictaron que al final la ganadora era O. Y sería la candidata oficial de ese partido.

Esta situación no fue del agrado de los partidarios de B. Y el líder de estos, de nombre Andrés Manuel, ideó un plan que a todos comunicó. Era sencillo comprenderlo. Puso como candidato de otro partido a una persona de la que no sabía el nombre siquiera (Rafael Acosta) y al que llamó Juanito. E hizo lo inesperado: reveló públicamente su conspiración.

Pidió que los electores votaran por Juanito, es decir, es decir, por otro partido distinto al suyo y si ganaba, Juanito renunciaría a su victoria, dejando un vacío que sería llenado por decisión del gobierno de la ciudad con la candidata B, la perdedora de la elección interna. Total, los electores de esa zona le hicieron caso a la orden que recibieron y votaron en mayoría por el candidato del otro partido, el PT.

¡Y Juanito ganó! Fue convertido en una celebridad instantánea. La situación no era para menos. Pero Juanito, quizá mareado por la fama, no siguió su guión en la novela e insistió en permanecer en su puesto sin renunciar. Para el final, después de idas y venidas, de subes y bajas, Juanito fue convencido y el plan funcionó.

La atención inmediata fue puesta en Juanito, un personaje pintoresco, quizá digno de una novela mediocre o de un cuento costumbrista actual. Desde el inicio de la historia, en marzo, sus capítulos fueron reportados ampliamente a diario. Era algo similar a eso de que cada persona tiene quince minutos de fama: pero Juanito había robado la fama de muchas otras personas estando bajo las luces hasta hastiar.

El suceso, por supuesto, ha sido comentado. Algunos han hablado de un plan maquiavélico que resultó exitoso. Otros del tremendo poder que aún tiene López Obrador en la política de esa ciudad. Pero quizá el comentario más común ha sido el que coloca a la política mexicana, sus partidos y gobernantes, como subdesarrollados mentales (y otras palabras más descriptivas).

De todos los comentarios que he escuchado al respecto y de los que he leído, ninguno ha sido tan acertado como el de un amigo que me dijo, “en esto de Juanito se ha puesto atención en todo menos en lo que importa realmente”. Intrigado por la afirmación pedí que me lo explicara y esto fue lo que me dijo.

Poner la atención en Juanito, las señoras B y O, en el PRD y en el PT, son distracciones que por llamativas evitan que se vea el asunto de real fondo.

Ese asunto importante es, no López Obrador y su poder en la capital, sino el papel que jugaron esos que fueron ignorados consistentemente en las noticias: los votantes de esa parte de la ciudad y que votaron de acuerdo con instrucciones muy claras que les dieron.

Decirles “crédulos, ingenuos, simples, cándidos, sería hacerles un favor”, dijo mi amigo. Creo que tiene razón y el asunto va a la base misma de la democracia en su capítulo de elecciones populares. Las elecciones en una democracia suponen que los votantes son seres pensantes e ilustrados, más o menos perspicaces y cuerdos.

Después de todo, ellos elegirán a sus gobernantes temporales y no es una decisión sencilla. Quienes hace muchas décadas defendieron la libertad política y por ello el voto universal partieron de una idea básica: el votante, más educado y más libre, meditaría su decisión y los gobiernos estarían más limitados por esa opinión pública más ilustrada e interesada en los asuntos públicos.

Al haber tenido éxito la primera parte de la historia de Juanito, ganando las elecciones en esa parte del país, me dijo mi amigo, se pone en duda esa idea básica de un electorado razonablemente comedido, cuerdo y despierto. “Y esto”, me dijo, “es lo más importante de esa triste historia de una parte de la capital de México, cuyo nombre no merece ser recordado”.

Creo que tiene razón mi amigo. Por mi parte, añado otra consideración: quizá sea que la televisión, con sus telenovelas y reality shows, realmente tiene un efecto anulador de neuronas en la mente de su audiencia.


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