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El Papa, el Rabino…
Selección de ContraPeso.info
21 julio 2009
Sección: ETICA, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta una idea de Samuel Gregg. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. La idea central del escrito es enfatizar las coincidencias de dos mentes privilegiadas en una serie de reflexiones sobre nuestros tiempos.

En nuestro mundo, tan secular, es paradójico que líderes religiosos hagan pronunciamientos en temas que van del matrimonio a los mercados, y que siempre reciban una considerable atención de los medios.

Lo que hace a esto aún más sorprendente es que nadie parece haberse dado cuenta de los paralelos entre la encíclica de Benedicto XVI, Caritas in Veritate, emitida el 7 de julio, y un editorial escrito por el Rabino Principal, Lord Jonathan Sacks, en el London Times dos semanas antes.

El papa y el rabino dieron un mensaje similar, que en resumen significa lo siguiente. Algunos de nuestros problemas económicos contemporáneos reflejan una más profunda crisis moral dentro de la civilización occidental. Hasta que reconozcamos esto, los cambios en las políticas económicas y las prácticas de negocios darán sólo soluciones limitadas.

Puede estarse seguro de que este mensaje no será valorado por todos. Pero esto no disminuye su exactitud.

Como individuos, hay muchas analogías llamativas entre el Papa Benedicto y el Rabino Sacks. Ambos son reconocidos como intelectuales formidables en su propio derecho. Cada uno de ellos ha desafiado sin apologías y directamente las tendencias seculares dentro de la tradición de su propia religión. Ninguno tiene miedo de cuestionar el zeitgeist [espíritu culltural] secular que en estos días intimida a tantos rabinos y al clérigo cristiano.

En sus recientes reflexiones, ambos, el papa y el rabino, subrayaron lo disfuncional y moralmente confuso que es el mundo en el que vivimos. No es que consideren a la era previa a los años 60 como una moralmente superior. En la visión de Sack, hoy genuinamente más personas se preocupan por asuntos que recibieron menos atención de nuestros abuelos, como la pobreza extrema en países en desarrollo.

“Pero”, escribe Sacks, “atención con esto: las cosas que nos preocupan son vastas, distantes, globales, remotas”. En lo que se refiere a asuntos más cercanos a nosotros, como confianza o hablar con la verdad, dice Sacks, hemos más o menos abandonado las nociones del bien y del mal.

En su lugar Occidente ha abrazado una moralidad en la que lo que importa al final, éticamente hablando, es nuestra elección de algo. La mera elección se ha convertido en su propia justificación y el único pecado es cuestionar las opciones morales de alguien. Hacerlo es ser “intolerante” o “crítico”. ¿Quién eres tú para cuestionar mi elección para mentir en mi solicitud de hipoteca, o mi decisión de engañar a mi mujer?

De acuerdo con Sacks, un efecto de este relativismo es que, tácitamente y cada vez más, confiamos en el estado para regular nuestra conducta. La naturaleza aborrece los vacíos, pero especialmente los vacíos morales. Por tanto, en lugar de un Dios que todo lo ve y a quien eventualmente responderemos de todas nuestras decisiones, tenemos vigilancia de video.

“El resultado”, afirma Sacks, “es que hemos creado la sociedad más intrusa y regulada jamás conocida”.

En Caritas in Veritate, Benedicto XVI tiene un punto similar. Escribe que es bueno que la gente se preocupe por el medio ambiente, pero comenta, “Los seres humanos interpretan y dan forma al medio ambiente natural a través de la cultura, la que en turno recibe la dirección del uso responsable de la libertad, de acuerdo con los dictados de la ley moral”.

De ahí se sigue, que si ignoramos a la ley moral, estaremos probablemente tratando a la naturaleza como un “cúmulo de basura esparcida”, o del otro lado, abrazar “actitudes de neo-paganismo o un nuevo panteísmo”.

La otra intersección entre estas reflexiones pontificias y rabínicas, es su mutua insistencia en que debemos ver más allá de lo que Benedicto llama “el exclusivo modelo binario de mercado más estado”.

Seamos claros: Benedicto y Sacks niegan con rigor que los mercados son intrínsecamente fallidos. Cada uno también sostiene que hay límites fundamentales del poder estatal. Sin embargo, ellos insisten en que las fuentes últimas de la moralidad no vienen del mercado ni del estado.

En su lugar, sin ocultamiento ellos nominan a la fundación divina de la moralidad que también es accesible a la razón humana. Una vez que esta base es olvidada, las sociedades y las economías están en serios problemas.

Por años, Benedicto ha señalado las consecuencias de vivir y actuar como si Dios no existiera. Igualmente, Sacks subraya la perspicacia de la gran filósofa de Oxbridge, Elizabeth Anscombe (una católica convertida), que palabras como “valor” y “criminal”, tienen sentido sólo en el mundo moral creado por el Judaísmo, los Estoicos Griegos y el Cristianismo ortodoxo.

Esas expresiones no tienen sentido alguno, Sacks afirma, en nuestro mundo dominado, como lo está, por una filosofía tan incoherente como el utilitarismo. “Conceptos como deber, obligación, responsabilidad y honor”, enfatiza, “han llegado a parecer anticuados e irrelevantes”. Esto también ha hecho que el hacer trampas y mentir en la vida comercial sea más apetitoso.

Nada de esto sugiere que Benedicto y Sacks sean anti modernos irreflexivos. Sus religiones respectivas sostienen que la gente ha robado y mentido desde el comienzo de la historia. Todos nosotros, dicen ellos, somos pecadores. Por tanto, el bien alcanzable por la humanidad caída, anota Benedicto, “es siempre menos de lo que desearíamos”.

Lo que el papa y el rabino cuestionan es a esos que limitan la moralidad a lo políticamente correcto y a lo que tantos que trabajan en nuestras economías rehusan reconocer , como lo dice el rabino, que “Sin un código moral común no puede existir una sociedad libre”.

Ante lo que este católico sólo puede decir, “¡Amén!”

Post Scriptum

Una nota del NYT (Grupo Reforma, 18 julio 2009), señala que la encíclica de Benedicto se dice que,

… el capitalismo global ha perdido su brújula moral y que las enseñanzas católicas pueden ayudar a enderezar las economías occidentales al alentarlas a enfocarse más en la justicia para los débiles y a regular cuidadosamente el mercado.

No, no es así. El llamado a la moral es ajeno al capitalismo, y está dirigido a la persona individual, una por una. Nada tiene que ver con regular al mercado. El capitalismo y el mercado son moralmente neutrales. La moralidad está en las personas, no en los mecanismos que ellas usan.

La cosa empeora en esa nota cuando se dice que Reinhard Marx, arzobispo de Munich y Freising tiene similitud con Benedicto al ofrecer,

… una visión de un mundo gobernado por la cooperación entre las naciones, con un estado de beneficencia como el núcleo de una economía de mercado que refleja los imperativos de “ama a tu prójimo” del pensamiento social católico… el arzobispo afirma estar conciente de que el ideal que tiene un europeo de estados de beneficencia e instituciones que crucen fronteras quizá no tenga un atractivo universal.

No, tampoco, ese periódico parece no entender que en esto, poco tienen que ver la economía y el estado. No es una cuestión de mercados libres combinados con un estado de bienestar; de ellos no proviene la moralidad.

La nota mezcla también a otro personaje:

Al final de su libro, cita a Jean-Claude Juncker, Primer Ministro de Luxemburgo, quien ha dicho: “apruebo la idea de que Europa se ve, sin pretensiones, como un modelo para el mundo, pero la consecuencia de eso es que constantemente tendríamos que cambiar ese modelo porque no somos el mundo”.

No, no son modelos políticos de lo que se habla, ni de que Europa sea un modelo para el mundo. Ni un estado, ni un modelo político, llena el vacío del que habla la columna de Gregg. Quien sea que escribió esa nota en el NYT no comprende el centro del tema, mucho más allá de esa idea binaria de estado más mercado.


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