Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
El Sabio y el Hombre Común
Eduardo García Gaspar
9 octubre 2009
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión, Y FABULAS E HISTORIAS
Catalogado en: ,


El cuento ha sido narrado de muy diversas maneras. Una de ellas, la de Esopo, quien describe la existencia de un sabio muy célebre y admirado, que pasada los días encerrado en su casa rodeado de libros y papeles. Su pasión era la astronomía y estudiaba el cielo con ahínco.

Casi no salía de su casa, aunque algunas noches solía pasear por las calles de la ciudad. En una de esas ocasiones, caminaba el sabio mirando hacia el cielo y estudiando a las estrellas con gran detenimiento. Tanta atención puso en los cielos, que no vio un gran hoyo que se encontraba en el suelo, en el que cayó.

Lastimado y lleno de heridas, al darse cuenta de la situación, el sabio comenzó a gritar pidiendo ayuda. Lo escuchó un ciudadano que por allí pasaba, el que se acercó y pudo ya ver al sabio metido en ese hoyo.

Se le quedó viendo un momento y le dijo, “¡Ay de ti, viejo distraído que tanto te ocupas de las cosas elevadas sin preocuparte por las cosas que están aquí en en la tierra!”

La historia, como todas las fábulas, pretende dejar una idea o moraleja en el lector, la que él crea que esa historia ilustra.

Me imagino que en general, uno pensará en la gente distraída que ocupada en unas cosas que cree son las más importantes, deja de ver la realidad que le rodea y comete errores de consideración. Personalmente, la historia del sabio astrónomo me recuerda a los gobernantes que metidos en sus oficinas pretenden regular la vida de sus gobernados sin pensar en la realidad.

Son esos que conciben altas y nobles teorías sobre lo que el mundo debe ser y proponen utopías que sólo ellos entienden dentro de las que todos serán felices. Caminan por la vida tan llenos de grandes ambiciones sociales que dejan de ver el piso en el que caminan. Es así que sueñan, por ejemplo, que si ellos se encargaran de todos los hospitales, los ciudadanos vivirían mejor.

Que si ellos fueran los responsables de la educación, todos los gobernados terminarían siendo felices. Que si ellos tuvieran a su cargo la creación de empleos, nadie se quedaría sin trabajo. Que si ellos fueran dueños de toda la energía que se produce, a nadie le faltaría. Sueñan y crean planes fantásticos que al intentar implantar les hacen caer en terribles hoyos, de lo que culpan a otros.

La historia refleja muy bien ese contraste, el del distraído con grandes planes, en comparación al realista que conoce los vericuetos de la realidad. Y llega a mostrar un rasgo de los que piensan que todo puede ser sujeto a una comprobación científica. Si alguien trata de entender el funcionamiento de nuestras comunidades tratando de justificarlas científicamente, sufrirá una terrible frustración.

Verá que hay cosas incomprensibles para él y observará un terrible desorden de acciones que no tienen un plan determinado. Verá que las cosas se mueven sin motivo aparente y que existen reglas que no parecen tener sentido. Ante esto, querrá imponer un orden, el suyo, al que juzga el mejor de todos. Y hará lo obvio, buscar el poder para implantar sus ideas.

Lo que le sucede es que sólo ve la superficie de la conducta humana y no considera que ella y sus reglas son producto de siglos de ensayos y errores. Cree que la sociedad puede ser cambiada a su antojo sin consecuencias, sin darse cuenta que la sociedad es algo muy frágil que puede ser destruido con facilidad.

Es el choque entre dos visiones. La del sabio racionalista que piensa que la conducta humana puede ser sujeta a un diseño preordenado que nace de la idea que tiene él, contra otro diseño, del que nadie es propiamente autor, la espontaneidad de la conducta de millones.

Por esto, el sabio racionalista voltea hacia el cielo y camina sin fijarse en el suelo que pisa. Desprecia la realidad y sólo entiende sus ambiciones de un orden prefijado al que todo debe sujetarse, como lo hizo Platón al describir una sociedad perfecta. El problema es que todas esas grandes concepciones no dejan ver los hoyos que la realidad sin remedio tiene.

Como en ese cuento, nuestros tiempos enfrentan dos visiones irreconcialiables, la del sabio que distraídamente camina predicando la posibilidad de ordenar nuestras vidas de acuerdo con sus ideas y la de quienes creemos que cada quien debe ordenar su vida sin que nadie nos imponga su orden, con unas pocas reglas que hagan eso posible.

Post Scriptum

La idea de Hayek, sobre el exceso racionalista es algo en verdad útil para comprender el fenómeno del que quiere implantar su utopía.

Las siguientes citas de la sociedad ambicionada por Platón son ilustrativas:

• “… los ciudadanos, entre quienes habrá de hacerse el repartimiento de tierras [será]… de cinco mil cuarenta… [número que] no tiene más de 59 divisores; pero entre ellos hay diez que son correlativos comenzando con la unidad, lo cual es sumamente conveniente… (p. 97)

• “… el número de hogares… será siempre el mismo y no se podrá aumentarlo ni disminuirlo… cada padre de familia no instituirá heredero de la porción de tierra y habitación que le haya tocado en suerte, sino a uno solo de sus hijos, al que mejor le parezca… Los que tengan muchos hijos acomodarán las hembras según disposiciones de la ley, que daremos luego… (p. 99)

• “… otra [ley] que prohibe a todo particular tener en casa ni oro ni plata… (p. 101)

• “Entre los poetas serán escogidos aquellos que son respetados en el Estado… y sus versos se cantarán con preferencia aunque sean menos perfectos… (p. 164)

• “Que no se traiga de fuera… ni incienso, ni otros perfumes extranjeros… ni ninguna otra tintura que el país no suministre, ni, por último, ninguna otra materia extranjera de que se sirven en otras partes; y en igual forma que no se exporte ninguno de los frutos que deben permanecer en el país… (p. 178)

• “Que… nadie comercie… con ánimo de amontonar dinero, sino que la distribución de los víveres y de las demás producciones del país se hará, a mi entender, de una manera conveniente… (p. 179)

• “El que venda en un mercado público alguna cosa… que no ponga dos precios a su mercancías; sino que si, fijado el primer precio, no encuentra comprador, debe retirarla para sacarla a la venta por segunda vez; pero que en un mismo día no alce ni baje la primera estimación. Que se abstenga de alabar su mercancía y menos con juramentos. Todo ciudadano mayor de treinta años podrá dar de golpes impunemente al que viole esta ley… (p. 230)

• “ … es preciso disminuir cuanto sea posible el número de los mercaderes… (p. 232)

• “… es preciso que los guardadores de las leyes… examinen juntos los ingresos y los gastos de que resulta para el mercader una ganancia razonable… (p. 233)

• “… entre los amigos verdaderos todo es común… que las mujeres sean comunes, que los hijos sean comunes. los bienes de todas clases comunes y que se hagan los mayores esfuerzos para quitar del comercio de la vida hasta el nombre de propiedad… (p. 99)

• “… que las leyes se propongan con todo su poder hacer el Estado perfectamente uno, puede asegurarse que esto es el colmo de la virtud política… (p. 99)

• “… la lección… para los ciudadanos… honrad la igualdad y la uniformidad… (p. 100)

• “El espacio de tiempo para que los esposos procreen hijos y durante el cual serán vigilados… será de diez años… aquellos que durante este intervalo no hayan tenido hijos, se les separará…” (p. 151)

Las citas fueron tomadas de Platón (1985), LAS LEYES. México. Editorial Porrúa.


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