Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Es Ciencia, No Política
Eduardo García Gaspar
7 enero 2009
Sección: ECOLOGIA, Sección: Una Segunda Opinión
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Hubo una nota interesante en el WSJ de hace unos días (2 enero 2008). Tres instituciones reportaron hallazgos similares: la World Meteorological Organization de las Naciones Unidas, el Goddard Institute of Space Studies de la NASA y el U.S. National Climatic Data Center encontraron que 2008 fue un año comparativamente frío.

El más frío de este siglo y el décimo más caliente desde que se tienen registros confiables en 1850. 2008 estuvo un grado por arriba del promedio del siglo 20, pero tuvo un verano relativamente frío y un otoño caliente. La cosa se complica por la existencia de cambios localizados, con algunas zonas mostrando temperaturas más altas, pero otras mostrando situaciones estables.

Un estudio señala que en los últimos 30 años, el promedio de la temperatura mundial se ha elevado en una siete décimas Farenheit. Hay deshielos importantes en algunas partes, pero no un patrón consistente.  El registro de tornados en los EEUU inició en 1953 y 2008 tuvo 1,700 de estos, el mayor registro conocido pero en un período en extremo breve.

Detrás de estos y otros datos, hay cosas que merecen una segunda opinión. Primero, reconocer que el clima no es un sistema estático, es dinámico. Tener cambios es la situación normal: a veces más lluvias, a veces menos; unas veces más calor, otras menos.  No es real esperar un clima igual todos los años.

Segundo, algo que Schumpeter comentó sobre la economía. Dijo que no es posible evaluar un momento fijo de ella para decir si está bien o está mal. Se necesita conocer la trayectoria que tiene la economía para poder evaluarla.

Saber que un cierto año tuvo una temperatura promedio cualquiera será de nula utilidad. Se necesita saber la dirección de los cambios de temperatura, lo que tiene un problema serio, el de determinar la solidez de ese cambio. Es decir, diferenciar entre movimientos sin significado y tendencias reales. Desafortunadamente esto requiere información histórica de plazos muy largos, no sólo los 160 años que tenemos.

Tercero, un problema más complejo, el de las suposiciones lineales indefinidas. Un modelo de predicción no puede presuponer movimientos lineales simples que pronosticaran elevaciones o caídas constantes. Debe incorporar ciclos que se sabe se han tenido en el clima: épocas frías y épocas calientes, muy distantes unas de otras.

Podría ser que un incremento en la temperatura fuese parte de un ciclo de elevación, o una excepción en un ciclo de caída, y viceversa. Peor aún, es posible la existencia de ciclos cortos dentro de ciclos mayores.

Cuarto, suponiendo la existencia de un análisis más o menos razonable y sólido, queda por resolver la causalidad del dinamismo de cambios en el clima. Saber que los cambios existen no implica por necesidad que se conocen también las causas de ellos. Pueden ser cambios naturales, pero también cambios de otro tipo. Presuponer que todo se debe a una causa quita riqueza de explicación a un fenómeno que sin duda tiene causas múltiples.

Estas y otras consideraciones pueden ser usadas para mostrar la conveniencia de entender los cambios en el clima como una cuestión que merece respeto y debe ser tratada como un campo científico. Convertirlo en bandera gubernamental o alarma emocional de agendas activistas, resulta contrario a nuestro bienestar.

Lo que quiero decir es que las cuestiones científicas son eso, temas sujetos a corroboración y estudio, y no dogmas incuestionables. Tampoco son controversias que se resuelvan por medio de mediciones de opinión pública. Ningún descubrimiento científico está condicionado a la creencia de la mayoría, ni a la corrección política.

La controversia actual sobre el clima, que debería ser una discusión científica, se ha convertido en una agenda política que es apoyada por quienes favorecen la intervención estatal. Pocas cosas tan útiles para esta gente que la existencia de un apocalipsis climático que sólo puede ser evitado con más intervención estatal. Han dañado severamente a un asunto serio y que no es político.

Esto es lo que ha impedido, creo, distinguir entre lo razonable o comprobable y las alarmas infundadas. Y donde querer tratar el tema con profesionalismo ha sido interpretado como un acto de herejía.

Post Scriptum

En Ecología, La Disyuntiva, se encuentra una comprobación de la tesis de esta columna al comentar la razón de la renuncia de uno de los fundadores de Greenpeace.

La Declaración de Cornwall es una buen explicación de creencias y principios razonables sobre el tema.

Una posición ecológica en extremo curiosa es la explicada en Matar Para Cuidar. También es fascinante ver las proyecciones de animales en peligro de extinción.

En octubre de 2006 escribí que,

Una cita muy usada en estos casos y que viene de la Discover Magazine: “Para [salvar al planeta] necesitamos conseguir un apoyo amplio, capturar la imaginación del público. Eso, por supuesto, implica conseguir fuerte cobertura de medios. Entonces, debemos ofrecer escenarios de miedo, hacer aseveraciones simplificadas, dramáticas y poner poca atención en las dudas que podamos tener… Cada uno de nosotros tiene que decidir el balance correcto entre ser efectivo y ser honesto”.

Eso lo dijo en una entrevista en esa revista, de octubre de 1989, un ambientalista muy citado, experto en cambio climático, el profesor Stephen Schneider. Es decir, es válido y legítimo exagerar hasta la falsedad los descubrimientos, cuando uno se ha adjudicado la misión de salvar a alguien. El objetivo es llamar la atención por medio de la cobertura de medios.


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