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¿Fin del Capitalismo?
Selección de ContraPeso.info
23 enero 2009
Sección: LIBERTAD ECONOMICA, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta una idea de Michael Miller. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de traducción y publicación. La idea central del escrito es reconocer que si los mercados son redes de relaciones y acciones humanas, por necesidad absoluta integran una dimensión moral que guíe las conductas de las personas. Este reconocimiento tiene consecuencias vitales en el entendimiento de la crisis económica actual.

¿Quién habría imaginado hace 20 años —cuando cayó el Muro de Berlín y celebramos la muerte del socialismo—, que el capitalismo comenzaría 2009 bajo intenso fuego. El Cardenal de Westminster, Cormack Murphy O’Connor, según fue reportado, incluso dijo que así como 1989 marcó el fin del socialismo, 2008 fue el año en el que “el capitalismo ha muerto”.

¿Qué debemos pensar del capitalismo a la luz de todo, la crisis, el fraude y la intervención gubernamental, cuando incluso algunos de los defensores tradicionales del mercado aceptan rescates y parecen haber perdido la fe en el orden del mercado?

¿Ya no es creíble el capitalismo? ¿Se le debe realmente culpar de las angustias financieras que enfrentamos?

Antes de responder esta pregunta, es importante señalar que la palabra “capitalismo” es en realidad un término marxista y que mientras lo usamos como sinónimo de “economía de mercado”, la visión marxista del capitalismo aún ahora sorprendentemente conforma la manera en la que entendemos a la economía.

La palabra capitalismo da la impresión de que el mercado es algo que está allá afuera: una fuerza nebulosa que puede crear gran riqueza pero también puede dar la vuelta y lastimarnos. Esta comprensión impersonal puede llevarnos a culpar a los mercados de las  cosas malas que suceden, en lugar de buscar razones que son más difíciles de diagnosticar y que a menudo revelan asuntos más profundos, culturales y espirituales.

El Papa Juan Pablo II rechazó específicamente el término capitalismo y su imagen amoral, mecánica e impersonal, prefiriendo en su lugar “economía de mercado”, “economía de empresa”, o “economía libre”. Lo hizo no por ser pedante, sino para ilustrar la verdad importante de que los mercados son fundamentalmente redes de relaciones humanas.

Entender a los mercados de esta manera arroja luz no sólo en muchos problemas económicos, sin también en la subyacente naturaleza moral de los mercados. Si los mercados están intrínsecamente conectados a la acción humana, entonces por necesidad tienen una dimensión moral.

El capitalismo, como es visto por los marxistas, e incluso por los modelos matemáticos neoclásicos, separa a los mercados de la moral —y por tanto, de la realidad. Esto, como hemos visto, tiene consecuencias desastrosas.

Los mercado son la actividad combinada de millones de personas y familias. No están formados por unos tipos de Wall Street; están formados por nosotros. Como cualquier otra cosa en la que intervienen los humanos, los mercados no son perfectos y pueden fallar.

Si nos tornamos especuladores exagerados y nos convencemos de que los precios sólo pueden subir, violamos todas las normas de la prudencia y seguimos comprando a precios demasiado altos —como sucedió en la Burbuja de los Tulipanes en 1637, en la de las puntocom en 2000 y ahora en la de las casas—, tarde o temprano la realidad nos alcanzará.

A pesar de sus fallas, los mercados libres han sacado más gente de la pobreza y ayudado a crear prosperidad y paz, más que cualquier otro sistema jamás pensado. Tanto que en la crisis financiera actual, tan fuerte como puede ser, muy pocos de quienes viven en economías maduras de mercado se encuentran completamente sin recursos, ni al punto de inanición.

Debe señalarse que los mercados son a menudo culpados de las crisis, pero tendemos a olvidar que son causa del crecimiento.

En estos días de alboroto financiero, escuchamos a menudo a críticos hablando de demasiada desregulación y capitalismo desbocado. Son como espantapájaros. El capitalismo desbocado, sin riendas, es un mito. Encuentre usted un país en el que no existan regulaciones de la economía o los negocios. Para que sean exitosos y sostenibles, los mercados libres necesitan un marco basado en un estado de derecho, contratos y derechos seguros de propiedad.

La real pregunta es otra, qué tipo de reglamentación y qué nivel de intervención debemos seleccionar. Es importante recordar que muchas de las causas que contribuyeron a la crisis fueron precisamente las de un gobierno muy invasivo.

Los reguladores federales requirieron que los bancos dieran hipotecas a clientes que no podían pagar las deudas; la Federal Reserve manipuló la oferta de dinero, exacerbando el boom de las casas; y los políticos de todos colores prometieron rescates que dieron incentivos a la conducta irresponsable.

Estos son ejemplos notables de lo que Friedrich Hayek llamó “el engaño fatal”: la noción de que los burócratas y políticos tienen suficiente conocimiento como para planear una economía mejor de lo que los hacen las personas y los negocios.

Al menos en el mismo nivel que un marco jurídico como un factor para sostener sistemas de mercados, está una cultura moral específica. Esto incluye confianza, diligencia, colaboración, honestidad, perseverancia y prudencia.

Si esta crisis nos ha enseñado algo, es la importancia de la moral en una economía de mercado. La lista de los siete pecados capitales contiene un esquema de las causas de la crisis. ¿Cuántos de nosotros por codicia, glotonería, u orgullo usamos las tarjetas de crédito para comprar cosas que no necesitábamos o que no podíamos pagar, sólo para tener la última novedad y mantener las apariencias?

Igual con los banqueros de Wall Street que no pudieron resistir la oportunidad de ganar aún más y aceptaron riesgos imprudentes con el dinero de sus clientes, o que por orgullo compraron instrumentos financieros que con dificultad comprendían.

Los mercados no pueden ser exitosos sin un fuerte tejido moral entre la ciudadanía.

Y en lugar de aprender las lecciones del pasado, de nuevo escuchamos los llamados a mayor regulación e involucración gubernamental. Se necesita alguna regulación, pero no podemos ver en esa regulación la solución de nuestros problemas morales [véase Ratzinger]. Es aquí que es importante el darnos cuenta de que los mercado son redes de relaciones humanas.

Si se regula demasiado, concentramos el poder de los mercados en cada vez menos manos. Esto lleva a todo tipo de males y corrupción. Las economías socialistas, los cárteles, las oligarquías y las industrias controladas por sindicatos, donde el mecanismo de precios no puede funcionar, producen estancamiento y crean incentivos a la corrupción.

Es una esperanza falsa creer que la reglamentación hará que todo sea bueno. Es un sueño utópico que ignora la imperfección humana, y es la misma promesa que ha sido vendida por los socialistas.

Es por igual una ilusión creer que los mercados solos son suficientes. Los mercados requieren más que eficiencia; requieren virtud. Los Padres Fundadores en los EEUU creyeron que sin virtud la libertad política no podía sostenerse por largo tiempo. Lo mismo aplica a la libertad económica.

Y, sin libertad económica no puede haber libertad política. Como la libertad, el mercado debe ser moral, o no podría jamás existir.

Nota del Editor

Sobre la idea de que los gobiernos no tienen suficiente información para conducir a la economía, conviene ver Imposible Planear Centralmente.

El texto de Juan Pablo II en la Centessimus Annus, al que Miller hace referencia es el siguiente:

Volviendo ahora a la pregunta inicial, ¿se puede decir quizá que, después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo, y que hacia él estén dirigidos los esfuerzos de los Países que tratan de reconstruir su economía y su sociedad? ¿Es quizá éste el modelo que es necesario proponer a los Países del Tercer Mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y civil? La respuesta obviamente es compleja.

Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa» «economía de mercado», o simplemente de «economía libre».

Pero si por «capitalismo» se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa. … La Iglesia no tiene modelos para proponer.

Se me ha dicho que un libro básico para este tema es el de H. Hazlitt, The Failure of New Economics, una severa crítica a la teoría keynesiana. O bien el clasico de M. Rothabard, America’s Great Depression. No he leído ninguno de los dos.

Una manifestación llena de color es la que provoca esta crisis creando panoramas de cambios de eras y épocas. Por ejemplo en una columna titulada Nuevo Renacimiento (Alfonso Elizondo, El Norte, 24 enero 2004) escribió:

… [el] final [de esta crisis] ya no significará el regreso a la vida normal, sino el ingreso a una nueva etapa. En ésta la sociedad será más solidaria, los mitos colectivos y personales serán distintos, y la creación artística y la vida espiritual crecerán en alto grado… equivalente al tránsito del Imperio Romano al feudalismo o de la Edad Media al capitalismo… el escape desde la oscura etapa del “homo videns”… a la era de un Nuevo Renacimiento, pletórico de ideas, de arte, de espiritualidad y de paz.


ContraPeso.info, lanzado en enero de 2005, es un proveedor de ideas y explicaciones de la realidad económica, política y cultural.





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