Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Gastar Como Adicción
Eduardo García Gaspar
22 junio 2009
Sección: GOBIERNO, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Me imagino que una buena cantidad de personas recuerdan con una sonrisa en la boca la existencia de impuestos a las ventanas, que diversos gobernantes en varias partes crearon para hacerse de más dinero. Era un impuesto a los ricos: sus casas tienen más ventanas y, por tanto, pagan más.

Eso era en tiempos idos, ¿o no? Ya no existen esos abusos, se pensará, resultarían ridículos. Efectivamente, ahora la cosa es peor. Ahora no se ponen impuestos a las ventanas, se le coloca un impuesto a todo: si usted trabaja, paga impuestos; si usted ahorra, también los paga; y si usted gasta, por supuesto que los paga.

Un ejemplo reciente, por supuesto en los EEUU, donde su gobierno gasta más de lo que recibe y debe encontrar maneras de financiarse (si fuese una empresa, estaría en una condición peor que la de General Motors). Existe una propuesta de acumulación de impuestos personales realmente pintoresca.

Digamos que usted trabaja en alguna empresa de ese país y que ella le da a usted un teléfono móvil para hacer mejor su trabajo y mantenerlo atado durante todos los días a toda hora. En fin, usted tiene ese teléfono celular y el gobierno piensa que usted va a usarlo a veces para propósitos personales, como avisar en casa que el jefe ha convocado a una reunión a las seis de la tarde y que llegará retrasado.

Los burócratas creen que más o menos una cuarta parte del costo del teléfono es de uso personal y si se salen con la suya, tendrá usted que considerarlo como un ingreso acumulable en su declaración de impuestos. Si quiere evitarlo, tiene el recurso de hacer un trámite y demostrar que usted no tiene a quien llamar fuera de la oficina, o que tiene otro teléfono personal propio.

Piense usted en lo ridículo que es esto viendo la otra opción, la de una empresa que lo contrata y le ofrece un cierto sueldo, el que sea. En una conversación con el director de recursos humanos, él le dice a usted que su sueldo comprende ya una serie de cosas, como el uso de una cuarta parte del tiempo de su teléfono para uso personal, tres tazas de café por las mañanas y tres por la tarde, más azúcar y crema, más uso de tazas.

Comprende además, hojas de papel y lápices para hacer notas personales, tiempo de computadora, internet y teléfono fijo para ver el resultado de algunos partidos de futbol, hablar a su casa y conocer algunas noticias, más chatear con gente fuera de la oficina. Tiempo para bromas y conversaciones en los pasillos de la empresa, bolígrafos para llevar a casa, copias de documentos personales, diversión con tragos en las fiestas de la empresa y otras cosas más.

La suma de todas esas prestaciones de empresa, se descuentan de su sueldo porque son dadas en especie, y su ingreso neto real es entonces el 65% del sueldo nominal.

Esa es la manera en la que actúa un gobierno cobrando impuestos. Lo que le reprobaríamos a una empresa, es lo que hace la autoridad. Lo fascinante de hacer esto es que es otra vía, un tanto invisible, de socialismo. Si uno va a un libro de texto cualquiera, el socialismo está definido como la propiedad estatal de los medios de producción.

Pero en este socialismo invisible, ya no hay necesidad de que el gobierno se apropie legalmente de los medios de producción. Ahora se apropia de esos medios y de las personas que trabajan: deja que ellos trabajen y se esfuercen y una vez que han logrado cosechar el fruto de su empleo, piden una parte importante.

¿Cómo justifican pedir esa parte del ingreso ajeno? De dos maneras. Una es razonable y justificada: con ese dinero se pagan policías, jueces, registros de propiedad, y servicios y bienes públicos. Pero la otra es irracional e injusta: el gobierno pide dinero que gasta a su antojo y placer, en lo que él considera que le conviene y con escasa rendición de cuentas.

Los ejemplos sobran. En las actuales elecciones mexicanas, una buena parte de los candidatos hacen promesas como otorgar becas universitarias, elevar pensiones, bajar precios de gas, agua y otras cosas, tener transporte público gratuito. La maravilla de eso que que usarán el dinero de impuestos, el de usted, para hacerlo.

No extraña, por tanto, que se creen impuestos absurdos. Es tal el placer de gastar que el político padece que hará todo para tener esa droga.

Post Scriptum

Un ejemplo de esa droga es el de las promesas electorales, que en el caso de una candidata a gobernador en Nuevo León, México, promete lo siguiente:

• A las mujeres: guarderías con servicio las 24 horas, becas para madres solteras, reducción de los precios de gas, luz, agua y transporte (¿no para los hombres?)

• A los trabajadores: seguro de desempleo, 40,000 nuevos empleos cada año. mejores salarios y transporte rápido y económico

• A niños y jóvenes: becas a niños con buenas calificaciones, becas a todos en las preparatorias, canchas deportivas gratuitas.

La droga es notoria en esas promesas, que implican gastar y gastar dinero ajeno. Pero hay algo adicional: la adicción se contagia al electorado y hace que la gente quiera más y más, que pida más y más. Adicto ya es el gobernante gastando dinero ajeno y adicto termina el ciudadano recibiendo promesas irreales a cambio de su voto.

Es la metamorfosis del gobierno, como lo califiqué en un artículo reciente. Es como convertir al gobierno en una fábrica de ensueños, una especie de Fantasilandia, donde los recursos no tienen límites, el gobierno es Santa Claus y los ciudadanos son los niños que escriben cartas pidiendo regalos.

Es muy recomendable conocer la idea de Los Multimillonarios Reales y Los Más Grandes Gastadores, donde se prueba que las personas más ricas del mundo no son ni Gates, ni Buffet, ni Slim. Son otros.


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