Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Gobernante, es tu Turno
Eduardo García Gaspar
16 julio 2009
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
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Los ciudadanos mexicanos ya cumplimos con nuestro deber, varias veces. Aceptamos sin aspavientos la derrota de nuestros candidatos. Ahora, mi querido gobernante, el turno es tuyo. Sí tuyoy por encima de lo que te diga tu partido. Tu lealtad al país está por encima que tu lealtad a tu partido

Pero demos, antes de explicar esto, un paseo histórico.

Tomemos una fecha arbitraria como comienzo, la fundación del Imperio Azteca. Son en números redondos 700 años nacional. De ellos, unos 200 en un sistema político con un emperador. Unos 300 años bajo un sistema como una colonia de un reino. Unos 100 bajo sistemas de hombre fuerte o partido que centraliza el poder.

Es decir, de los 700 años de historia, unos 600 han transcurrido bajo sistemas de gobierno no democráticos. Lo obvio: no existen en la cultura mexicana rasgos tradicionales democráticos, como la valoración de la libertad y la costumbre de la participación del ciudadano en asuntos públicos.

De los 100 años que quedan en el examen que presento, más de 70 han pasado en luchas por el poder entre personajes y facciones internas: después de la independencia y después del porfirismo. Los años que quedan para completar la cuenta, son de democracia. Más o menos un 3% de nuestra historia.

Ahora sí, puedo explicar mi punto. Tenemos un marco político en nuestras mentes que se sustenta en un par de tradiciones históricas.

Una es la tradición autoritaria, la de un gobierno fuerte, alejado de la población. Unos dan órdenes y otros tratan de ver cómo evitar cumplirlas. No hay aquí ideales ni convicciones. La única existencia que vale es la del poder, sea un emperador, un monarca, un hombre fuerte, o un partido de estado.

La otra es la tradición de conflicto físico violento. Cuando termina la existencia de un régimen fuerte e impuesto, el poder es disputado con levantamientos militares. La revolución en la parte inicial del siglo 20 es un ejemplo muy ilustrativo.

Con esas dos tradiciones se forma una expectativa cultural que presenta dos sistemas políticos, el del régimen fuerte de poder concentrado y que se impone por la fuerza, y el de la lucha violenta por el poder. Es la opción entre el orden obligatorio y el desorden violento.

Pero hay algo nuevo en esto. Mucho de ese 3% de democracia en la historia mexicana es reciente, muy reciente. En el siglo 19, se tiene el régimen de B. Juárez y Lerdo de Tejada, en los inicios del siglo 20 el régimen breve de F. Madero. Y, una maravilla, en el final del siglo 20 y comienzos del actual: un período en el que existen votaciones razonablemente válidas y no hay levantamientos militares (excepto protestas y manifestaciones violentas).

Es toda una sorpresa. Es una especie de sublimación política en el que las votaciones y los cambios de gobierno suceden como debe ser, sin que nada se suspenda en el país. Cambios de gobierno sin violencia… una situación normal en Canadá, por ejemplo, pero impensable en Cuba o Venezuela. La diferencia es extraordinaria. Es un logro enorme en un país con siglos de historia opuesta a esto.

Pero, creo, las tradiciones tienen su peso y no nos hemos desecho totalmente de la mentalidad que se siente atraída por el gobierno fuerte que impone su voluntad casi sin límites. Esto choca de frente con la democracia, cuya virtud esencial es poner límites al poder gubernamental.

Nuestros gobernantes aún no tienen la costumbre de negociar y ceder. Creo que en sus mentes existen la expectativa bipolar: o venzo o me vencen, o los friego o me friegan (y que O. Paz expresó con palabras más explícitas). Para ellos no hay términos medios derivados de los sistemas de división del poder. De aquí que la lucha política en México sea entre partidos que ante todo buscan imponerse.

Si ya dimos los ciudadanos un gran paso en una de las facetas democráticas y tenemos elecciones legítimas, ahora es el turno de los partidos y sus miembros para que ellos hagan lo mismo que ya hicimos los ciudadanos. Los ciudadanos ya aprendimos a reconocer, sin alborotos, la victoria de aquél por el que no votamos.

Ahora es turno de que los gobernantes aprendan a hacer lo mismo, a reconocer que deben ceder, que deben negociar y que, sobre todo, su meta no es llegar al poder. Su meta es gobernar al país para el bien de cada ciudadano. Los ciudadanos ya cumplimos nuestro deber. El turno es ahora tuyo, gobernante.

Gobernante, gobierna, no pelees por el poder total.


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