Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Gracias, Jackson
Eduardo García Gaspar
14 julio 2009
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: Una Segunda Opinión
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Gracias a la cobertura que los medios hicieron de la muerte de M. Jackson, pudo verse el tipo de prioridad que dan los noticieros a las noticias. No una precisamente algo esperanzador. Pero también, gracias al tiempo excesivo que al evento dedicaron, pude tener más tiempo para cosas mejores.

Cuando la prioridad es seguir un cortejo fúnebre, o ver la fachada de un lugar en el que aún no sucede nada, se da una especie de liberación personal: puede uno dedicarse sin agravio alguno a menesteres diferentes.

Cualquiera que ellos sean, serán sin duda mejores. En el caso mío particular, produjo la inquietud de releer La Rebelión de Atlas y por primera vez El Manatial, las dos novelas de Ayn Rand.

Rand no es favorita mía, pero sus novelas incluyendo a Los que Vivimos, son lecturas muy impresionantes. Como me dijo alguien hace poco, “Esas sí son novelas, bien hechas, con talento y sentido, y no las novelas comercialitas que como El Código da Vinci, que empeoran al lector”. En mi opinión, Ayn Rand tiene la virtud de no dejar indiferente.

En una novela normal, el lector es testigo de una serie de sucesos que forman una historia con personajes muy desarrollados. Pero en una buena novela, el lector deja de querer ser testigo y se mete en la trama, a la que considera personal. Eso es lo que hace Rand, según yo. Y lo hace muy bien.

Según sé, Rand (1905-1982), una emigrada de la revolución bolchevique a los EEUU, escribió esas novelas como una exposición de su propia filosofía, a la que llaman Objetivismo. Claramente las novelas tienen una meta, la de explicar en un complicado relato de ficción esa filosofía.

Una filosofía que defiende la libertad humana y a la persona individual, un rasgo que la ha vuelto favorita entre los liberales como yo. Consecuencia natural de esa defensa de la libertad es un ataque duro y despiadado a la intervención de los gobiernos: conjuntos de parásitos que nada crean, todo destruyen y tienen como enemigo al hombre libre, independiente y moral, que no se dobla.

La Rebelión de Atlas, entre paréntesis, contiene sucesos que evocan la crisis actual y las ansias de los gobiernos para considerar que en aras del bien común se sacrifiquen personas individuales, precisamente los mejores de todos.

Parte importante en sus novelas es un ente amorfo y poco visible, el de la comunidad de intelectuales que realizan una labor terrible: destruyen la confianza humana en la razón, destruyen a los valores absolutos, fomentan el relativismo y pavimentan el camino del gobierno que destruye el alma de la persona para someterla.

Hace todo esto, en historias largas, llenas de detalles y con descripciones muy ricas de los personajes. Tienen su buena fama, por ejemplo, Howard Roark, en El Manantial, donde aparece un intelectual odioso, Ellsworth Toohey. La Dagny Taggart de Atlas es fascinante.

Donde Rand no me convence es en su exposición del egoísmo, al que alaba sin darle la connotación de justificar el daño ajeno en el que casi todos pensarían. El egoísmo de Rand es más bien una independencia personal extrema que permite a la persona actuar de la manera que quiere pero con un código moral absoluto sustentado en esa libertad. Una libertad en la que la compasión tiene poca cabida, aún la voluntaria.

Ese hombre libre y autónomo no puede ser sacrificado en beneficio de nadie, con lo que concuerdo totalmente y significa un ataque severo a las teorías del altruismo obligatorio, como el del intervencionismo estatal que toma de unos para darle a otros en beneficio del bien común, que no es ni bien ni común. Véase, por ejemplo, la intención actual del gobierno en EEUU para que su reforma de salud sea pagada en parte por un segmento de la población, un caso exacto de altruismo involuntario si mérito alguno.

El empresario exitoso, que se ha hecho a sí mismo, es el héroe de Rand. Un empresario en cuyas utilidades puede medir su propia felicidad. El villano es el que quiere expropiar las creaciones del empresario justificándose en el altruismo por la fuerza. Lo que no veo claro en Rand, es el altruismo voluntario, una posibilidad que ella tiende a no explorar.

No tengo nada en contra de la existencia de millonarios que derivan su fortuna de grandes invenciones propias, al contrario. Pero Rand no examina la otra posibilidad, la del hombre libre que tiene empresas de otro tipo. San Francisco de Asís es el que viene a mi mente, o santo Tomás de Aquino, o cualquiera que con libertad e independencia personal hace cosas distintas a las de un empresario en el ramo económico.

La misma Rand, su vida misma, fue una empresa distinta a la de los héroes empresarios que alaba. En fin, el tiempo que pasé leyendo a Rand fue extraordinario, mucho más benéfico que estar sentado viendo el cortejo fúnebre de un artista fuera de serie, pero nada más que eso.

Post Scriptum

La otra parte que no me convence en Rand es su ateísmo. Para ella simplemente no existe Dios y las religiones crean un sentido de inferioridad y culpa indebida en las personas, que las hace inferiores y produce un sentimiento humillante que ella aborrece. Me parece que ella ve una parte de la religión, Cristiana al menos, y no considera la otra parte: la de Dios dándonos libertad y razón, los dos rasgos humanos que Rand considera vitales.

A esa persona que me preguntó qué debía hacer para mejorar las cosas de su país, le doy una sugerencia sencilla, que lea El Manantial. Existe una traducción al español, muy buena, de Grito Sagrado y que es fácil de conseguir. Su página en internet es desesperante, pero en una librería razonable lo pueden tener.


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