¿Qué son guerras culturales? Definición, significado, características, importancia. Batallas agresivas de creencias, combates fuertes sobre valores.

La idea de las guerras culturales merece ser examinada por las situaciones que exhiben. Ellas ponen al descubierto divisiones sociales profundas

Guerras culturales, definición

Una guerra cultural tiene una definición simple: es un conflicto fuerte de opiniones en campos que son muy sensibles dentro de una sociedad. Se da entre dos o más bandos con marcadas diferencias de opiniones.

Por su esencia misma, una guerra cultural pasa a ser una controversia pública grande. Se convierte en un tema que es repetidamente tratado en los medios noticiosos y las comunidades académicas e intelectuales.

Temas y asuntos muy sensibles

La expresión guerra cultural es con frecuencia usada en los EEUU, donde principalmente se refiere a las diversas posiciones que sostienen los conservadores y los progresistas en una variedad de temas.

Una guerra cultural hace referencia a creencias culturales muy sensitivas, que forman parte de maneras de pensar en lo más profundo de los valores humanos presupuestos por las personas.

Asuntos como el aborto, la enseñanza del evolucionismo, el matrimonio de personas del mismo sexo, el relativismo moral y otros temas que son, por lo general, de contenido moral o ético.

Las controversias en temas como el aborto enfrentan las más profundas creencias arraigadas en la cultura y que no están fácilmente dispuestas a discusión o examen. La aprobación de matrimonios de homosexuales es otro ejemplo de este tipo de guerra cultural.

Guerras culturales, antecedentes

La idea tiene una serie de antecedentes que datan de hace tiempo y que se sustentan en la tesis de que existen culturas que predominan o que son más comunes. Formas de pensar basadas en una serie de creencias sobre lo bueno y lo malo, y que son compartidas por mayorías sustanciales.

Se habla también de monopolios culturales significando el predominio de ideas que se dice han sido impuestas por dominadores sociales a quienes debe combatirse. Lo que de nuevo revela el trasfondo violento de la guerra cultural, o al menos uno que establece dicotomías posibles de solucionar solo por medio del dominio de alguien.

Guerra y choque cultural

Otra manera de expresar una idea similar a la de la guerra cultural es la de choques culturales, entre culturas de distintos lugares.

En los choques culturales las personas de diferentes naciones con diferentes maneras básicas de pensar conviven en una misma comunidad y se presentan cara a cara normas de comportamiento que son diferentes.

Las dos expresiones, choque cultural y guerra cultural, usan una connotación bélica con consecuencias desafortunadas. Hace pensar en la victoria de uno sobre otro. El dominio de alguien y el sometimiento de otro, sin ninguna posibilidad alterna.

No deja espacio a razonamientos, acuerdos y análisis.

En una guerra cultural no se hace referencia al enfrentar una cultura externa producto de una emigración sustancial, sino a otra situación dentro de la misma sociedad. Una en la que surgen otras ideas y formas de pensar que se oponen diametralmente a las ideas existentes.

De aquí que surja la idea de dos grupos en pugna, lo que que defienden las ideas tradicionales y quienes apoyan ideas nuevas y contrarias.

Dos bandos en pugna

La expresión guerra cultural necesita la existencia de al menos dos bandos en pugna. Los que sostienen dos series de creencias que son opuestas.

Muchas veces son esos bandos generalmente llamados conservadores y progresistas (liberals en inglés).

La guerra cultural que se da entre conservadores y progresistas está muy bien ilustrada en las discusiones que se han tenido en varios países al tratar el tema de la legalización del aborto y de los matrimonios entre personas del mismo sexo.

No son temas económicos, ni políticos, sino culturales en el sentido de creencias sobre lo bueno y lo malo.

En los campos político y económico se usa otra clasificación dual, la de socialistas y liberales o capitalistas. Esto hace posible entender que pueden encontrarse alianzas entre los cuatro grupos.

Son comunes las alianzas entre conservadores y liberales; y entre progresistas y socialistas, aunque puede haber excepciones notables.

En realidad, ninguno de los grupos o bandos tiene una definición absolutamente clara y perfecta. Dentro de ellos hay gradaciones y variaciones sustanciales.

Nada realmente nuevo

La guerra cultural tiene el mérito de señalar con claridad la existencia de opiniones y creencias que son no solo diferentes, sino opuestas en lo más profundo.

Esta situación no es nueva. Los desacuerdos humanos son parte de la historia humana y no hay manera de evitarlos dada la esencia humana de libertad. Reconocer esto es un beneficio de las menciones de una guerra cultural.

Se trata de una nueva expresión para un viejo fenómeno imposible de evitar dada la naturaleza humana de razón y libertad.

Quizá lo que sea un tanto diferente a las discusiones de antaño sea en estos tiempos la participación del ciudadano.

Si antes las discusiones morales tendían a ser dejadas a los filósofos y pensadores e involucraban a los gobiernos en algunos casos, la situación ahora es diferente. Los ciudadanos normales participan también en esas discusiones y sus opiniones son de influencia.

Guerra cultural, mala consecuencia

Hablar de guerras culturales, con esa terminología, tiene un demérito que no es insignificante, muy dañino.

Es la convicción de que la solución del conflicto de ideas es solamente posible por medio del uso de la fuerza política. Es decir, la imposición de unas opiniones y la persecución de las otras. Una sustitución de la razón por el poder.

Posiblemente el ejemplo más diáfano es el de las persecuciones religiosas. Cuando una autoridad considera que deben ser aniquiladas las religiones que nos sean la oficial. Una acción que aún no ha desaparecido, pero que en mucho ha sido solucionada por medio de la libertad religiosa.

En el fondo esto es usar a la fuerza de la autoridad política en favor de alguna de las religiones y en contra de otras.

División social

Todo tiene la desafortunada consecuencia de producir división social y menospreciar la cohesión. Esto es muy bien ilustrado por el continuo lanzamiento de epítetos y calificativos entre los bandos.

El uso de la palabra ‘guerra’ es desafortunado por esa causa, la de hacer pensar que la única solución es la derrota de una de las partes por medio de la fuerza, no de la razón y la libertad.

Otra manera de explicar esto es encontrar la principal dificultad de la guerra cultural en el uso del poder, cuando podría ser posible encontrar soluciones en la libertad humana.

Los bandos, o algunos de sus representantes, intentan solucionar la pugna buscando el apoyo de la autoridad política, descartando opciones de diálogo y análisis. Esto produce un efecto muy indeseable.

Quizá sin realmente desearlo, el acudir al gobierno en busca de apoyo amplia el poder de los gobernantes a campos morales o éticos. Ellos se transforman en jueces de lo que es bueno o malo, lo que viola el principio republicano de evitar concentraciones de poder.

Las cuestiones éticas o morales se vuelven por eso un asunto de conveniencia política y partidista, que van y vienen dependiendo de intereses gubernamentales y electorales.

Soluciones posibles a las guerras culturales

No pienso que exista una solución definitiva. La naturaleza humana es una constante que conduce a diferencias de opiniones que tienen efectos netos positivos, pero también conflictos ardientes.

Sí creo que las soluciones pueden someterse a ciertos criterios generales que den oportunidad a mejores soluciones:

Dignidad humana

Reconocer la existencia de una naturaleza humana digna y valiosa, igual para todos. Esto lleva a aceptar la igualdad de libertades en cada persona.

No a poder excedido

Reconocer la inconveniencia de la acumulación excesiva de poder en los gobiernos, que ya gozan de grandes poderes. Esta es otra manera de reconocer las libertades humanas.

Moral no impuesta

Reconocer la inconveniencia de imponer creencias morales o éticas por medios legales —esto es aceptar, por ejemplo, la objeción de conciencia en médicos que se nieguen a realizar abortos, a pesar de que ellos no se consideren ilegales.

Y, desde luego, evitar la unión de jerarquías religiosas a las jerarquías gubernamentales que lastimen a la libertad religiosa.

Uso de la razón

Reconocer el valor de las discusiones racionales de las creencias, es decir, dar valor a la libertad de expresión e investigación. Es evitar las falacias de la mayoría y de la repetición, que hacen del consenso una herramienta represiva.

Reconocer por parte de los participantes que es mejor la discusión razonada que la emocional, que es mejor hablar que insultar, que es mejor reunirse que protestar en las calles.

Participación

Reconocer que lejos de ser indeseable, se necesita y es útil la serie de opiniones que poseen instituciones, sean iglesias, ONGs o cualquier otra. No debe impedirse su participación, al contrario, solicitarla y difundirla.

Muchas veces sucede que, como en México, la difusión de las opiniones de la Iglesia Católica, se juzga una intromisión en la política. No lo es, al contrario, se necesita la participación de instituciones sociales, todas.

Uso selectivo de herramientas

Reconocer que una posible solución, nunca la mejor, pero útil en casos extremos, es el referéndum o la votación de los legisladores para tener disposiciones, no de imposición, sino de libertad.

Si, por ejemplo, en una escuela no se desea tener educación sexual, que no se tenga; y viceversa.

En resumen

Criterios como los anteriores no resolverán todos los casos, pero ayudarán a retirar de las guerras culturales la animosidad y aspereza que provoca situaciones de imposición y dominio.

Las guerras culturales son conflictos graves en temas sensibles y de profundas consecuencias. Deben ser tratadas con seriedad usando la razón, no el poder.

[La columna fue revisada en 2019-04]