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Aunque no ha sido aún traída al contexto mexicano —quizá tampoco a muchos otros—, la idea de la guerra cultural Guerra CulturalEn pocas palabras, una guerra cultural tiene una definición simple: es un conflicto fuerte de opiniones en campos que son muy sensibles dentro de una sociedad y que se da entre dos o más bandos con marcadas diferencias. Por su esencia misma, una guerra cultural pasa a ser una controversia pública grande y se convierte en un tema que es repetidamente tratado en los medios noticiosos y las comunidades académicas e intelectuales. La expresión guerra cultural es con frecuencia usada en los EEUU, donde principalmente se refiere a las diversas posiciones que sostienen los conservadores y los progresistas en una variedad de temas —como el aborto, la enseñanza del evolucionismo, el matrimonio de personas del mismo sexo, el relativismo moral y otros temas que son, por lo general, de contenido moral o ético. Una guerra cultural hace referencia a creencias culturales muy sensitivas, que forman parte de maneras de pensar en lo más profundo de los valores humanos presupuestos por las personas. Un hábito de comida, como la llamativa costumbre mexicana de espolvorear con picante a las naranjas, no va más allá de una discusión culinaria sin importancia. Pero las controversias en temas como el aborto enfrentan las más profundas creencias arraigadas en la cultura y que no están fácilmente dispuestas a discusión o examen —simplemente se aceptan como naturales y lógicas. Quienes se oponen al aborto y quienes lo aceptan, por tanto, tienen frente a sí una situación grave, que generalmente desemboca en la intervención estatal para, por ley, apoyar alguna solución que deja insatisfecho a alguno de los bandos. La aprobación de matrimonios de homosexuales es otro ejemplo de este tipo de dificultad cultural. La idea tiene una serie de antecedentes que datan de hace tiempo y que se sustentan en la tesis de que existen culturas que predominan o que son más comunes —formas de pensar basadas en una serie de creencias sobre lo bueno y lo malo, y que son compartidas por mayorías sustanciales. Se habla también de monopolios culturales significando el predominio de ideas que se dice han sido impuestas por dominadores sociales a quienes debe combatirse —lo que de nuevo revela el trasfondo violento de la guerra cultural, o al menos uno que establece dicotomías posibles de solucionar sólo por medio del dominio de alguien. Choque CulturalOtra manera de expresar una idea similar a la de la guerra cultural es la de choques culturales, entre culturas de distintos lugares —en los que personas de diferentes naciones con diferentes maneras básicas de pensar conviven en una misma comunidad y se presentan cara a cara normas de comportamiento que son diferentes. Las dos expresiones, choque cultural y guerra cultural, usan una connotación bélica con consecuencias desafortunadas, pues aunque se connota un conflicto, hace pensar en la victoria de uno sobre otro —el dominio de alguien y el sometimiento de otro, sin ninguna posibilidad alterna. No deja espacio a razonamientos, acuerdos y análisis. En una guerra cultural no se hace referencia al enfrentar una cultura externa producto de una emigración sustancial —sino a otra situación dentro de la misma sociedad, en la que surgen otras ideas y formas de pensar que se oponen diametralmente a las ideas existentes. De aquí que surja la idea de dos grupos en pugna, lo que que defienden las ideas tradicionales y quienes apoyan ideas nuevas y contrarias. Reducción a Dos BandosLa expresión guerra cultural necesita la existencia de al menos dos bandos en pugna, que sostienen dos series de creencias que son opuestas —son esos bandos generalmente llamados conservadores y progresistas (liberals en inglés). La guerra cultural se da entre conservadores y progresistas —muy bien ilustrada en las discusiones que se han tenido en varios países al tratar el tema de la legalización del aborto y de los matrimonios entre personas del mismo sexo. No son temas económicos, ni políticos, sino culturales en el sentido de creencias sobre lo bueno y lo malo. En los campos político y económico se usa otra clasificación dual, la de socialistas y liberales o capitalistas —lo que hace posible entender que pueden encontrarse alianzas entre los cuatro grupos. Son comunes las alianzas entre conservadores y liberales; y entre progresistas y socialistas, aunque puede haber excepciones notables. En realidad, ninguno de los grupos o bandos tiene una definición absolutamente clara y perfecta —dentro de ellos hay gradaciones y variaciones sustanciales. Nada Totalmente NuevoLa guerra cultural tiene el mérito de señalar con claridad la existencia de opiniones y creencias que son no sólo diferentes, sino opuestas en lo más profundo —esta situación no es nueva: los desacuerdos humanos son parte de la historia humana y no hay manera de evitarlos dada la esencia humana de libertad. Reconocer esto es un beneficio de las menciones de una guerra cultural. Se trata de una nueva expresión para un viejo fenómeno imposible de evitar dada la naturaleza humana de razón y libertad. Quizá lo que sea un tanto diferente a las discusiones de antaño sea en estos tiempos la participación del ciudadano. Si antes las discusiones morales tendían a ser dejadas a los filósofos y pensadores e involucraban a los gobiernos en algunos casos, la situación ahora es diferente —los ciudadanos normales participan también en esas discusiones y sus opiniones son de influencia. Una Mala ConsecuenciaHablar de guerras culturales, con esa terminología, tiene un demérito que no es insignificante —al contrario, es seriamente dañino: la convicción de que la solución del conflicto de ideas es solamente posible por medio del uso de la fuerza política, es decir, la imposición de unas opiniones y la persecución de las otras. Es una sustitución de la razón por el poder. Posiblemente el ejemplo más diáfano es el de las persecuciones religiosas —en las que una autoridad considera que deben ser aniquiladas las religiones que nos sean la oficial, una acción que aún no ha desaparecido, pero que en mucho ha sido solucionada por medio de la libertad religiosa. En el fondo esto es quitarse de en medio la fuerza de la autoridad política en favor de alguna de las religiones y en contra de otras. Todo tiene la desafortunada consecuencia de producir división social y menospreciar la cohesión —lo que es muy bien ilustrado por el continuo lanzamiento de epítetos y calificativos entre los bandos. El uso de la palabra ‘guerra’ es desafortunado por esa causa, la de hacer pensar que la única solución es la derrota de una de las partes por medio de la fuerza, no de la razón y la libertad. Otra manera de explicar esto es encontrar la principal dificultad de la guerra cultural en el uso del poder, cuando podría ser posible encontrar soluciones en la libertad humana. Los bandos, o algunos de sus representantes, intentan solucionar la pugna buscando el apoyo de la autoridad política, descartando opciones de diálogo y análisis. Esto produce un efecto muy indeseable. Quizá sin realmente desearlo, el acudir al gobierno en busca de apoyo amplia el poder de los gobernantes a campos morales o éticos —se transforman en jueces de lo que es bueno o malo, lo que viola el principio republicano de evitar concentraciones de poder. Las cuestiones éticas o morales se vuelven por eso un asunto de conveniencia política y partidista, que van y vienen dependiendo de intereses gubernamentales y electorales. Posibles SolucionesNo pienso que exista una solución definitiva —la naturaleza humana es una constante que conduce a diferencias de opiniones que tienen efectos netos positivos, pero también conflictos ardientes. Sí creo que las soluciones pueden someterse a ciertos criterios generales que den oportunidad a mejores soluciones:
Criterios como los anteriores no resolverán todos los casos, pero ayudarán a retirar de las guerras culturales la animosidad y aspereza que provoca situaciones de imposición y dominio.
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merece ser examinada antes de que el concepto arribe y se difunda.








