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Ingeniería Verbal
Selección de ContraPeso.info
21 mayo 2009
Sección: ETICA, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta un texto del Padre Tadeusz Pacholczyk quien hizo su doctorado en neurociencias en la Universidad de Yale y su trabajo post-doctoral en la Universidad de Harvard.

Tadeusz Pacholczyk es sacerdote de la Diócesis de Fall River, Massachusetts, y se desempeña como Director de Educación en The National Catholic Bioethics Center, en Philadelphia, el que nos otorga el permiso de reproducción. La traducción de sus columnas es de María Elena Rodríguez.

A través de los años hemos visto que algunas leyes injustas se han ido sustituyendo con leyes más justas.  Las leyes que prohíben la esclavitud, por ejemplo, han sido un paso decisivo en la promoción de la justicia y los derechos humanos fundamentales en nuestra sociedad.

Sin embargo, en años recientes y cada vez con más frecuencia, particularmente en lo referente a la moralidad sexual, la bioética y la reproducción humana, hemos visto lo contrario cuando leyes sólidas y razonables se han reemplazado con leyes injustas e inmorales.

Reversiones así nos obligan a analizar si existe o no coherencia moral en estos cambios tan cruciales.

La preocupación por la coherencia moral siempre ha sido de influencia al momento de elaborar nuevas leyes, como lo fue en 1879, cuando el Estado de Connecticut (Estados Unidos) ratificó una legislación muy firme que prohibía la anticoncepción, especificada como el uso de “cualquier sustancia, artefacto médico o instrumento con el fin de impedir la concepción”.

Esta ley, al igual que las leyes anti-anticoncepción de otros estados, había estado vigente por casi 90 años. Con ella se ponía en código el dictado de la conciencia pública de que la anticoncepción dañaba a la sociedad pues promovía la promiscuidad, el adulterio y otros males.

Partía del razonamiento casi universal de que los niños deben considerarse como un apoyo y una bendición para la sociedad y de que, citando a Joseph Sobran, “una sociedad sana, aunque tolerante en los márgenes, debe fundamentarse en el entendimiento de que el sexo es en esencia procreativo y que su lugar está en una familia amorosa”.

Este entendimiento estuvo arraigado profundamente en la sociedad occidental durante milenios, y es de notar que hasta 1930 todas las denominaciones protestantes coincidían con las enseñanzas católicas que condenaban la anticoncepción.

No fue sino hasta la Conferencia Lambeth en 1930 que la Iglesia Anglicana, persuadida por la creciente presión social, declaró que la anticoncepción sería permisible en algunas circunstancias.  Al poco tiempo cedió por completo permitiendo totalmente la anticoncepción.

Desde entonces todas las denominaciones protestantes se adhirieron a esto a pesar de que sus fundadores, incluyendo Lutero, Calvino y Wesley, condenaban sin reservas la anticoncepción afirmando que viola el orden correcto de la sexualidad y el matrimonio. Actualmente la Iglesia Católica es la única que predica esta perspectiva tradicional.

¿A qué se debe tan impresionante reversión de aquella percepción clara de que la anticoncepción es moralmente inaceptable?

¿A qué se debe que hoy estemos viendo una interminable corriente de actividad legislativa que promueve la anticoncepción en casi todos los países grandes del mundo con iniciativas subsidiadas con fondos gubernamentales exorbitantes; con los contribuyentes de impuestos estadounidenses aportando, por ejemplo, más de 260 millones de dólares del presupuesto total asignado a Planeación de la Familia (Planned Parenthood) en 2004?

¿Será posible que algo entendido como malo casi universalmente en el pasado se convierta repentinamente en bueno? ¿No será que esa reversión legislativa es un indicador de la mala aplicación de la ley y de una pérdida de la conciencia pública nunca antes vista?

Una ingeniería social de tal magnitud siempre va precedida, invariablemente, de una astuta ingeniería verbal.  Monseñor William Smith, fallecido recientemente, decía que el debate sobre la anticoncepción se acabó cuando la sociedad moderna incorporó a su vocabulario la engañosa frase “control de la natalidad”.

“Imaginemos –decía – qué habría sido si en su lugar hubiésemos incorporado “evitación de la vida”.

El gran Gilbert Keith Chesterton lo planteaba así:  “Insisten en hablar de Control de la Natalidad cuando lo que eso significa es menos nacimientos y nada de control”, y  “Control de la Natalidad es el nombre que se le da a una serie de métodos mediante los cuales es posible quitarle lo gozoso a un proceso natural al mismo tiempo que, de manera  violenta y antinatural, se frustra  el proceso mismo”.

Después de estos sísmicos cambios culturales vendría una legislación aún más radical sobre la anticoncepción, que daría paso al aborto a la orden.  Desde principios de los años 70 esta ley ha permitido matar quirúrgicamente, en la paz del vientre materno, a mil millones de seres humanos en el mundo.

La ingeniería verbal aquí también fue necesaria pues, lógicamente, no era fácil que la ética del aborto se abriera paso con un “Matemos a los Niños”. Muchas cosas simplemente no se pueden conseguir cuando la realidad de lo que sucede es tan clara; confundir es esencial.

El niño que crecía en el vientre materno pasó a llamarse “masa de tejido” o “conjunto de células”. El procedimiento mismo del aborto se describiría ahora como “eliminación del producto de la concepción”, “terminación del embarazo”, o simplemente “el procedimiento”.

Aquellos “a favor de la elección personal” (pro-choice) no vieron claramente lo que estaban eligiendo.  Como alguien comentara, “creo que una frase más realista sería ‘a favor de matar bebés’”.

Usar un lenguaje engañoso tiene, desde luego, su razón de ser.  Encubre aquello que tememos; es de naturaleza defensiva; suaviza los términos tabú, y deja fuera del vocabulario los temas que no se quieren enfrentar directamente.

Un proceso legislativo sano, sin embargo, se abstiene de la ambigüedad y del disimulo; se fundamenta en la verdad y en la coherencia moral; protege y promueve una conciencia pública elevada, especialmente al momento de elaborar leyes relacionadas con realidades humanas fundamentales como son la moralidad sexual, la bioética y la protección de la vida humana.


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