Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Condición Oculta
Leonardo Girondella Mora
10 febrero 2009
Sección: LIBERTAD GENERAL, Sección: Asuntos
Catalogado en:


Quienes sostienen una posición personal en favor de las libertades humanas, suelen ser conocidos con el calificativo de liberales —con un problema serio: el término liberales puede tener diversos significados, incluyendo paradójicamente, el opuesto.

Sea lo que sea, una buena parte de la naturaleza del defensor de la libertad es el escepticismo —una actitud de incredulidad frente a quienes crean e intentan implantar sociedades perfectas, en las que piensan que los problemas desaparecerán gracias al ingenio de sus diseños.

Uno de los ejemplos más representativos de los ensueños utópicos fue Lenin (Vladimir Ilyich, 1870–1924) —el gran implantador de la utopía marxista a la realidad rusa. Resulta interesante el hecho de que Lenin, el defensor de los trabajadores industriales, aplicara su fantasía en una nación primariamente agrícola y no industrial, con el agravante de jamás haber visitado ni una fábrica ni una granja.

Esto es más que anecdótico —revela el trasfondo de muchas utopías sociales: el diseño de planes de sociedades perfectas condicionadas a un requisito absoluto: la obediencia a los mandatos del diseñador que afirma conocer mejor que nadie lo que más conviene. Es tan cierto esto que Lenin fue criticado por un marxista convencido diciéndole que había sufrido una confusión en sus lecturas de Marx.

Había confundido a la dictadura del proletariado, la famosa frase de Marx, con la dictadura sobre el proletariado —la única forma de implantar el proyecto de Lenin era hacer lo que Lenin quería. La observación a la que quiero llegar ya es obvia.

Los proyectos de sociedades perfectas, justas, utópicas, necesitan que las personas obedezcan sin chistar los mandatos de una persona o un grupo de ellas —obediencia sin condiciones, ni límites. Lenin es también ejemplo de esto, pues modificó los escritos de Marx y Engels para acomodarlos a su objetivo último, el poder absoluto colocado en él.

Mi tesis puede usar otro ejemplo, el de Mussolini, con una educación también marxista —las ansias de poder de ambos les hacía rechazar reformas y cambios, pues todo debía ser inmediato y violento; se sustentaban en la concentración del poder pues no creían que las personas comunes tuvieran la capacidad de pensar y decidir lo que a ellas convenía.

En las propuestas políticas de sociedades en las que los problemas serán todos resueltos, siempre habrá esa condición, nunca expresada abiertamente, la obediencia absoluta a los mandatos de un líder. Esto es lo que produce buena parte del escepticismo del defensor de la libertad.

Querer mejorar las condiciones de vida de las personas es una meta deseable —pero si el hacerlo requiere renunciar a las libertades naturales de la persona, la condición es inaceptable: una buena sociedad es la que por principio respeta esas libertades. Una buena sociedad jamás podrá estar formada por personas sometidas a la voluntad de una autoridad inapelable.

Un dato que muestra esto es el de la policía secreta del zar en Rusia —bajo el régimen zarista de obvia inclinación autoritaria, esa policía contaba con 15,000 miembros y era por mucho la más grande del mundo en ese tiempo. La policía secreta, la Cheka, a tres años de su fundación tenía 250,000 miembros.

No cabe duda de que implantar una sociedad necesita fuerza —la palabra convincente del líder no es suficiente, la gente común necesita ser forzada a comportarse como el líder lo desea. El promedio de fusilamientos de los zares era de 17 anuales —el promedio de fusilamientos de 1918 al 19, en la sociedad perfecta de Lenin, fue de 1,000 mensuales.

De seguro puede hablarse de la implantación por terror —la realización de la sociedad perfecta, paradójicamente, necesita del miedo y el pavor en las personas, como un método de obediencia. No creo que una sociedad perfecta pueda ser definida como una en la que las personas sea aterrorizadas.

Este caso es una muestra de la regla general —las promesas de sociedades perfectas vienen acompañadas de pérdida de libertades humanas por medio del terror que impone el líder. Pol Pot, debe recordarse, quiso hacer realidad la tesis idealista de desaparición de las ciudades, lo que causó la muerte de millones.

El defensor de la libertad tiene razón en su escepticismo —en cada promesa de sociedades perfectas, de estructuras sociales justas, de utopías políticas, está contenida la condición absoluta de pérdida de libertad. No hay excepción a la regla y el escepticismo es el mejor consejero.

Finalmente, lo opuesto al escepticismo es la credulidad —la ingenuidad terrible de quienes sólo ven lo bueno de un sueño político y no tienen la perspicacia de intuir la semilla del totalitarismo. Esta ingenuidad es, curiosamente, muy propia de la clase intelectual, la intelligentsia de muchas naciones que por una credulidad inexplicable dan entrada y legitiman al totalitarismo. La ignorancia del culto es terrible.

Nota del Editor

Muchos de los datos históricos fueron tomados de Johnson, Paul (1992). MODERN TIMES : THE WORLD FROM THE TWENTIES TO THE NINETIES. New York, N.Y. HarperPerennial, pagina 52 y siguientes.

La tesis de Girondella sobre la condición oculta de las sociedades perfectas da pie a señalar la diferencia entre los sistemas dictatoriales y los totalitarios. En los dictatoriales se tiene la simpleza de uno o más individuos que concentran y abusan del poder. En un régimen totalitario se tienen ese mismo abuso de poder, en dosis mayores, pero bajo el cobijo de la promesa de una sociedad perfecta.

En enero escribí sobre este mismo fenómeno, en Dadme un Tirano…, analizando una columna de Kofi Annan, que sigue esa tradición utópica iniciada con Platón.


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