Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Tangente como Salida
Eduardo García Gaspar
4 mayo 2009
Sección: EDUCACION, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


Hace años solía emplearse una expresión muy descriptiva. Se decía que alguien se salió por la tangente cuando ella esquivaba una situación evitándola con un pretexto irrelevante. Era una buena expresión que todos entendíamos y sabíamos que era un error.

El error era sencillo de explicar: la persona no hacía frente a lo que debía, se hacía de lado e ignoraba el asunto. Esta forma de actuar tiene ahora un nombre atractivo, se llama relativismo y consiste también en esquivar la realidad. Lo hace de una manera infantil, pero que funciona en muchos casos.

Su mecanismo es por demás simple. Si la persona, por ejemplo, enfrenta una situación en la que ella afirma que Dios no existe y la otra dice lo opuesto, ella puede salirse por la tangente diciendo que cada quien tiene su verdad, que ambas creencias tienen igual valor y que es una pérdida de tiempo seguir hablando.

Esto sucede muy claramente en el llamado relativismo cultural, el que sostiene que todas las culturas son igualmente valiosas, que ninguna es superior a otra y que todas merecen igual respeto porque cada una tiene sus verdades. Usted ha escuchado eso muchas veces de seguro, como cuando algún entrevistador pide a una celebridad que cuente su verdad personal.

Recuerda esto la anécdota que narra que un anciano profesor de filosofía se lamentaba frente a alguno de su alumnos, a quien decía, “es una pena que en estos tiempos modernos se haya perdido todo el significado de la verdad”. Terminando de hablar el filósofo, el alumno responde de inmediato, “es una gran verdad eso que usted dice”.

Como un problema de lógica, el relativismo es fácil de echar por tierra: basta decir que si todo es relativo, también esa afirmación lo es y por tanto se niega a sí misma. Decir que todo es relativo es una afirmación absoluta y los absolutos son los que trata de negar el relativismo.

Sin embargo, ese argumento no parece convencer a sus partidarios, los que insisten en que cada quien tiene su verdad, que no existen absolutos y demás. Un problema adicional es significativo: si se adopta la posición relativista no hay manera de discutir o argumentar en favor o en contra de posición alguna. Toda discusión termina antes de iniciar.

No es lo mismo que la terquedad, la que simplemente es la obstinación en mantener una posición a pesar de fuertes evidencias en contra. El relativismo es más profundo porque supone que todo lo que puede hacerse es aceptar que al mismo tiempo todos tienen la razón, incluso a pesar de que mantengan posiciones opuestas entre sí.

Un ejemplo extremo ayudará a comprender esto. Una persona afirma que la tierra es plana y la otra que ella es esférica. Dentro de un sistema de absolutos, será posible usar evidencias, pruebas y razonamientos para probar cuál de esas opiniones es la más cercana a la realidad. Pero dentro de un sistema de relativos, ya no se buscarán pruebas ni se harán razonamientos, porque no hacen falta.

Es decir, el relativismo tiene un error serio de lógica, pero más aún, impide el uso de razonamientos y búsqueda de la verdad. Es una combinación letal porque va en contra de la naturaleza humana, que posee poder para razonar, en mucho partiendo del principio de la no contradicción: una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo.

Cuando en varias ocasiones he visto terminar discusiones que prometían ser interesantes, usando el argumento de que cada quien tiene su verdad, me he sentido mal. Y a veces he tratado de explicar que sí existen opiniones diferentes, pero que ellas no deben ser vistas como verdades indiscutibles, sino como afirmaciones sujetas a corroboración.

Lo que preocupa de todo esto es una consecuencia del relativismo y que no ha sido tratada de manera explícita. Es cierto que el relativismo es ilógico y que obstaculiza el uso de la razón, pero tiene una tercera consecuencia que es terrible: cuando cada quien tiene su verdad y ella es inapelable, todo se justifica. Todo sin límite.

Buenos ejemplos de esa justificación se dieron en el siglo 20, con el Holocausto, las matanzas sistemáticas en la URSS. No hay palabras más dulces para un régimen totalitario que el relativismo, porque éste le abre las puertas a cualquier disposición estatal.


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