Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
La Tenue y Suave Línea
Eduardo García Gaspar
18 noviembre 2009
Sección: POLITICA, Sección: Una Segunda Opinión
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Las frases fueron las estándares, pero quien las dijo no era alguien de quien eso se esperare. “No se cansen, que no los compren. Martín, nunca vayas a aceptar dinero. Vender al SME no sólo es una traición a ustedes, sino a la Nación”. Eso dijo Raúl Vera, quien es Obispo de Saltillo.

Añadió, dentro de una reunión en la que daba un discurso, otros halagos al sindicato: “… los felicito, ya era tiempo de que les pusieran un hasta aquí al Gobierno… ustedes son fuertes… lo que ustedes hacen está dentro del marco legal… tienen esperanza y capacidad de indignación” (Grupo Reforma, 14 noviembre 2009).

Según el reportaje, Vera no estaba sólo. También se encontraba con él, el Obispo Emérito de San Cristóbal, Samuel Ruiz, apoyando al sindicato de la empresa eléctrica que le cuesta a los mexicanos unos 42 mil millones al año. La situación es realmente curiosa.

Una empresa estatal, ineficiente, corrupta, improductiva, en manos de un sindicato de iguales características y que cuesta muchos recursos a los mexicanos. La empresa es enfrentada al fin por un gobierno, quien decreta su liquidación, otorga liquidaciones más que jugosas a los trabajadores y dos obispos salen en defensa de lo indefendible.

La primera consideración a hacer es la obvia: ese sindicato toma apoyos vengan de donde vengan, hasta de un par de obispos. La segunda consideración obvia es criticar a los clérigos por defender intereses corporativistas que producen pobreza.

Pero el asunto es algo más profundo y tiene mucho menos que ver con el sindicato que con esos personajes. ¿Cómo llegó a ser posible ese apoyo de dos clérigos a un sindicato célebre por su corrupción e ineficiencia en un evento del sindical?

No se entiende. Un sacerdote, por definición, es un representante de Jesucristo, consagrado a esa representación divina. Se espera de él una labor misionera, que difunda el evangelio y la salvación de las almas. Esa es su prioridad y misión.

¿Es conveniente que se involucren en las cuestiones terrenales, como la de apoyar a un sindicato? La respuesta no es sencilla. Sin duda a ellos interesan las condiciones del mundo terrenal. No pueden aislarse del mundo y sobre él expresan opiniones. No creo que haya nada malo en esto.

Los ministros religiosos de cualquier credo gozan de las mismas libertades que el resto de los humanos y, por eso, pueden opinar y hablar sobre asuntos de, por ejemplo, sexualidad, aborto y otros temas que juzgan importantes. No veo nada mal en esto. Al contrario, son una influencia bienvenida que muchas veces enriquece la comprensión de los temas.

Sin embargo, hay una fina y tenue línea de conveniencia para el clérigo y que no debe cruzar. No le causa provecho hacerlo. Le daña y confunde. Es la línea que lo convierte en un activista social y que distorsiona la consagración de su persona a los más altos propósitos.

Y en este caso, la delgada y delicada línea fue cruzada totalmente y sin dudas. No es porque hayan apoyado al sindicato. La hubieran cruzado igualmente apoyando al gobierno en su decisión participando en un evento de similar naturaleza, en el otro lado del asunto. Este es el corazón del suceso.

Es difícil saber cuándo se cruza la estrecha línea, pero hay síntomas de cuando ello sucede. Cuando la participación de un clérigo se da a una causa política partidista. Cuando esa participación apoya causas demasiado personales. Cuando ignora la realidad. Cuando se rebaja la condición del clérigo a un apoyo político concreto. Cuando en ese apoyo se deja de lado la dimensión evangélica.

Insisto, en este caso, la intervención de los dos clérigos da apoyo a una causa mala y terminan socorriendo al corrupto. Es una mala intervención, que les daña. Pero mi punto es que la misma falla la hubieran tenido en caso de que ellos dos hubieran apoyando al lado contrario del asunto, es decir, al gobierno liquidando a la empresa eléctrica.

A quien sea que hubieran apoyado en este asunto, no importa. El cruzar la fina línea a la que me refiero es la falla cometida: un sacerdote no debe permitirse ese lujo tan costoso de degradar a su vocación.

Su condición se rebaja, su misión se pierde, su autoridad se reduce, y su imagen es aprovechada indebidamente en intereses personalistas dudosos.

Post Scriptum

Un caso interesante al respecto es el de Óscar Rodríguez Maradiaga, cardenal católico en Honduras. Él se se manifestado públicamente en el tema actual de su país: la anulación de la presidencia de Zelaya fue legal, no fue un golpe de estado. ¿Es esa posición una que rebasa la sutil línea de la que hablé?

El caso puede debatirse y sería enriquecedor hacerlo. En mi opinión, no se cruzó esa línea, por una razón fuerte. El problema de Honduras es grave y atañe al bienestar general, sin ser uno de defensa de intereses partidistas.


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