verdad

Dos ideas de Samuel Gregg acerca de la importancia de la verdad. Un concepto básico de supervivencia. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación.

Una idea de Samuel Gregg. El título original es «Caritas in Veritate: Why truth matters».

La verdad importa

Relativistas, tengan cuidado. Les guste o no, la verdad importa —incluso en la economía. Ese es el mensaje central del Papa Benedicto XVI en su nueva encíclica social Caritas in Veritate.

Durante 2000 años la Iglesia Católica ha perseverado en ideas, no populares en estos tiempos, pero centrales para el florecimiento de la civilización humana: que la verdad existe; que la verdad no es solo del tipo científico; que la verdad puede ser alcanzada por la fe y la razón; que la verdad no es lo que uno quiere o «siente».

Durante toda su vida, Benedicto XVI ha enfatizado esos temas, precisamente porque mucho del mundo, incluyendo a muchos cristianos, ha perdido la noción de su importancia.

Quizá la aseveración más importante de Caritas in Veritate, sobre la vida económica, es que la economía de mercado no puede estar basada en cualquier sistema de valores.

Contra todos los relativistas de izquierda y derecha, Benedicto sostiene que las economías de mercado deben estar apuntaladas con compromisos de bienes morales particulares y con una cierta visión de la persona humana, si es que se quiere servir y no destruir el bien común de la humanidad:

«La economía necesita ética para funcionar correctamente —y no cualquier ética, sino una que sea centrada en la persona» (no. 45)

«Sin formas internas de solidaridad y confianza mutua», escribe además el Papa, «el mercado no puede cumplir completamente su función económica propia» (no. 35). Sin duda esto ha sido ampliamente confirmado con la reciente crisis financiera.

La caída del mercado estadounidense de hipotecas subprime ha sido al menos parcialmente atribuido a la realidad de que literalmente miles de personas mintieron en sus formas de solicitud.

¿Debemos sorprendernos de que una violación masiva de la prohibición moral de mentir tenga consecuencias económicas devastadoras?

«La esfera económica», nos recuerda el Papa, «no es ni éticamente neutral, ni inherentemente inhumana y opuesta a la sociedad. Es una parte y una parcela de la actividad humana y precisamente porque es humana, debe estar estructurada y gobernada de una manera ética». (no. 36).

Contrario al alboroto, previo a su publicación, de ciertos comentaristas estadounidenses y de la siempre poco fidedigna prensa británica, las predicciones de anatemas papales en contra del «capitalismo global» han —como siempre— resultado falsas.

En términos económicos, el papa describe como «errónea», la cansada noción de que la riqueza de las naciones desarrolladas es debida a la pobreza de las naciones pobres (no. 35) y que uno escucha por costumbre de Hugo Chávez y similares, y lo que sea que quede de la menguada banda de teólogos envejecidos de la liberación.

Eso es un golpe pontificio fuerte a la hipótesis del trabajo de muchos «activistas» profesionales de la justicia social.

Tampoco estarán felices con las preocupaciones papales sobre las maneras en las que la ayuda externa puede producir situaciones de dependencia (no. 58), por no mencionar las constricciones en contra del proteccionismo (no 42).

También, su énfasis en que ninguna cantidad de cambio estructural puede sustituir a la gente que con libertad opta por el bien:

«El desarrollo integral humano presupone la libertad responsable del individuo y las personas: ninguna estructura puede garantizar este desarrollo por encima y a pesar de la responsabilidad humana» (no.17).

Benedicto tampoco ve al mercado como moralmente problemático en si mismo. «En y por sí mismo», dice el Papa, «el mercado no es… el lugar en el que los fuertes dominan a los débiles. La sociedad no tiene que protegerse del mercado, como si el desarrollo de éste ipso facto significara la muerte de las auténticas relaciones humanas». (no. 36).

Lo que importa, afima Benedicto, es la cultura moral en la que el mercado existe. Las personas están en el corazón de la economía.

Las personas cuyas mentes están dominadas por crasas culturas hedonistas harán elecciones económicas crasamente hedonistas. «Por tanto», comenta Benedicto, «no es el instrumento el que debe tomarse en cuenta, sino los individuos». (no. 36).

Las implicaciones de la verdad en la vida económica, sin embargo, no paran aquí.

Para Benedicto, la verdad es un lente a través del cual se valoran ideas como las de «ética de negocios», «inversión ética» y «responsabilidad social corporativa». La noción de que la inversión y decisiones de negocio tienen una dimensión moral es difícilmente nueva.

Lo que importa para Benedicto es el entender a la moral subyacente de esos conceptos.

La mera acción de etiquetar a algún esquema como «ético», hace notar Benedicto, difícilmente nos dice si es moral. (no. 45)

Una segunda gran verdad subrayada por Benedicto es lo indispensable de una sociedad civil fuerte para dar soporte y al mismo tiempo limitar al mercado y al estado.

Con esto, no quiere él decir una plétora de ONGs financiadas por el gobierno, muchas de las cuales Benedicto identifica como intentando imponer en las naciones en desarrollo algunos de los peores rasgos del estilo de vida occidental progresista. (no. 28).

Ciertamente, Benedicto cree que hay una necesidad de revaluar (no. 24) cómo el estado regula diferentes partes de la economía. Al final, sin embargo, Benedicto enfatiza que la virtud de la solidaridad es acerca de la gente amando específicamente a su prójimo, lo que «no puede ser delegado en el estado». (no. 38)

Esto recuerda a Alexis de Tocqueville y su atención a la manera en la que el hábito de la asociación libre limita el tamaño del gobierno al mismo tiempo que desanima a las personas a recluirse dentro de sus propias y pequeñas burbujas.

El economista John Maynard Keynes es famoso por muchas cosas, incluyendo el dicho de que «en el largo plazo todos estaremos muertos». El horizonte de Benedicto XVI, en su perspectiva de la vida económica es muy diferente.

El Papa pide a las personas vivir su vida económica en el plazo corto, el medio y el largo, como si vida en la verdad fuese eternamente importante, por no decir eternamente relevante para la salvación de sus almas.

Este es un cambio en el que puede creerse.

Nota

Las citas de la encíclica fueron traducidas a partir de la cita en inglés que hizo el autor y no necesariamente corresponden a las de la versión oficial en español. Las siguientes son algunas partes de la encíclica en cuestiones relevantes a esta columna:

17. … El desarrollo humano integral supone la libertad responsable de la persona y los pueblos: ninguna estructura puede garantizar dicho desarrollo desde fuera y por encima de la responsabilidad humana. Los «mesianismos prometedores, pero forjados de ilusiones» basan siempre sus propias propuestas en la negación de la dimensión trascendente del desarrollo, seguros de tenerlo todo a su disposición… Sólo si es libre, el desarrollo puede ser integralmente humano; sólo en un régimen de libertad responsable puede crecer de manera adecuada.

24. … Hoy, aprendiendo también la lección que proviene de la crisis económica actual, en la que los poderes públicos del Estado se ven llamados directamente a corregir errores y disfunciones, parece más realista una renovada valoración de su papel y de su poder, que han de ser sabiamente reexaminados y revalorizados, de modo que sean capaces de afrontar los desafíos del mundo actual, incluso con nuevas modalidades de ejercerlos. Con un papel mejor ponderado de los poderes públicos, es previsible que se fortalezcan las nuevas formas de participación en la política nacional e internacional que tienen lugar a través de la actuación de las organizaciones de la sociedad civil; en este sentido, es de desear que haya mayor atención y participación en la res publica por parte de los ciudadanos.

28. … En los países económicamente más desarrollados, las legislaciones contrarias a la vida están muy extendidas y han condicionado ya las costumbres y la praxis, contribuyendo a difundir una mentalidad antinatalista, que muchas veces se trata de transmitir también a otros estados como si fuera un progreso cultural. Algunas organizaciones no gubernamentales, además, difunden el aborto, promoviendo a veces en los países pobres la adopción de la práctica de la esterilización… existe la sospecha fundada de que, en ocasiones, las ayudas al desarrollo se condicionan a determinadas políticas sanitarias que implican de hecho la imposición de un fuerte control de la natalidad. Preocupan también tanto las legislaciones que aceptan la eutanasia como las presiones de grupos nacionales e internacionales que reivindican su reconocimiento jurídico.

35. Si hay confianza recíproca y generalizada, el mercado es la institución económica que permite el encuentro entre las personas, como agentes económicos que utilizan el contrato como norma de sus relaciones y que intercambian bienes y servicios de consumo para satisfacer sus necesidades y deseos… Sin formas internas de solidaridad y de confianza recíproca, el mercado no puede cumplir plenamente su propia función económica… No se trata sólo de remediar el mal funcionamiento con las ayudas. No se debe considerar a los pobres como un «fardo», sino como una riqueza incluso desde el punto de vista estrictamente económico. No obstante, se ha de considerar equivocada la visión de quienes piensan que la economía de mercado tiene necesidad estructural de una cuota de pobreza y de subdesarrollo para funcionar mejor. Al mercado le interesa promover la emancipación, pero no puede lograrlo por sí mismo, porque no puede producir lo que está fuera de su alcance. Ha de sacar fuerzas morales de otras instancias que sean capaces de generarlas.

36. La actividad económica no puede resolver todos los problemas sociales ampliando sin más la lógica mercantil. Debe estar ordenada a la consecución del bien común, que es responsabilidad sobre todo de la comunidad política. Por tanto, se debe tener presente que separar la gestión económica, a la que correspondería únicamente producir riqueza, de la acción política, que tendría el papel de conseguir la justicia mediante la redistribución, es causa de graves desequilibrios. La Iglesia sostiene siempre que la actividad económica no debe considerarse antisocial. Por eso, el mercado no es ni debe convertirse en el ámbito donde el más fuerte avasalle al más débil. La sociedad no debe protegerse del mercado, pensando que su desarrollo comporta ipso facto la muerte de las relaciones auténticamente humanas… En efecto, la economía y las finanzas, al ser instrumentos, pueden ser mal utilizados cuando quien los gestiona tiene sólo referencias egoístas. De esta forma, se puede llegar a transformar medios de por sí buenos en perniciosos. Lo que produce estas consecuencias es la razón oscurecida del hombre, no el medio en cuanto tal. Por eso, no se deben hacer reproches al medio o instrumento sino al hombre, a su conciencia moral y a su responsabilidad personal y social…

38. … Se requiere, por tanto, un mercado en el cual puedan operar libremente, con igualdad de oportunidades, empresas que persiguen fines institucionales diversos. Junto a la empresa privada, orientada al beneficio, y los diferentes tipos de empresa pública, deben poderse establecer y desenvolver aquellas organizaciones productivas que persiguen fines mutualistas y sociales…

42. … es bueno recordar que la globalización ha de entenderse ciertamente como un proceso socioeconómico, pero no es ésta su única dimensión. Tras este proceso más visible hay realmente una humanidad cada vez más interrelacionada; hay personas y pueblos para los que el proceso debe ser de utilidad y desarrollo, gracias a que tanto los individuos como la colectividad asumen sus respectivas responsabilidades… «la globalización no es, a priori, ni buena ni mala. Será lo que la gente haga de ella». Debemos ser sus protagonistas, no las víctimas, procediendo razonablemente, guiados por la caridad y la verdad. Oponerse ciegamente a la globalización sería una actitud errónea, preconcebida, que acabaría por ignorar un proceso que tiene también aspectos positivos, con el riesgo de perder una gran ocasión para aprovechar las múltiples oportunidades de desarrollo que ofrece… la difusión de ámbitos de bienestar en el mundo no debería ser obstaculizada con proyectos egoístas, proteccionistas o dictados por intereses particulares.

45. … la economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento; no de una ética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona. Hoy se habla mucho de ética en el campo económico, bancario y empresarial. Surgen centros de estudio y programas formativos de business ethics; se difunde en el mundo desarrollado el sistema de certificaciones éticas, siguiendo la línea del movimiento de ideas nacido en torno a la responsabilidad social de la empresa… Dichos procesos son apreciados y merecen un amplio apoyo… Conviene, sin embargo, elaborar un criterio de discernimiento válido, pues se nota un cierto abuso del adjetivo «ético» que, usado de manera genérica, puede abarcar también contenidos completamente distintos…  Conviene esforzarse —la observación aquí es esencial— no sólo para que surjan sectores o segmentos «éticos» de la economía o de las finanzas, sino para que toda la economía y las finanzas sean éticas y lo sean no por una etiqueta externa, sino por el respeto de exigencias intrínsecas de su propia naturaleza. A este respecto, la doctrina social de la Iglesia habla con claridad, recordando que la economía, en todas sus ramas, es un sector de la actividad humana.

58. El principio de subsidiaridad debe mantenerse íntimamente unido al principio de la solidaridad y viceversa, porque así como la subsidiaridad sin la solidaridad desemboca en el particularismo social, también es cierto que la solidaridad sin la subsidiaridad acabaría en el asistencialismo que humilla al necesitado. Esta regla de carácter general se ha de tener muy en cuenta incluso cuando se afrontan los temas sobre las ayudas internacionales al desarrollo. Éstas, por encima de las intenciones de los donantes, pueden mantener a veces a un pueblo en un estado de dependencia, e incluso favorecer situaciones de dominio local y de explotación en el país que las recibe. Las ayudas económicas… [han] de ser concedidas implicando no sólo a los gobiernos de los países interesados, sino también a los agentes económicos locales y a los agentes culturales de la sociedad civil, incluidas las Iglesias locales… sigue siendo verdad que el recurso humano es más valioso de los países en vías de desarrollo: éste es el auténtico capital que se ha de potenciar para asegurar a los países más pobres un futuro verdaderamente autónomo. Conviene recordar también que, en el campo económico, la ayuda principal que necesitan los países en vías de desarrollo es permitir y favorecer cada vez más el ingreso de sus productos en los mercados internacionales, posibilitando así su plena participación en la vida económica internacional.


Una idea de Samuel Gregg. El título original es «Veritatis Splendor: The Encyclical that Mattered»

Veritatis Splendor, Ella Importa

Hay encíclicas papales y encíclicas papales…

Algunas escapan a la atención pública casi desde el mismo momento en que han sido publicadas. Otras continúan resonando en el seno de la Iglesia décadas luego de ser publicadas.

Pero existe también un tercer tipo de encíclicas: aquellas que adquieren un verdadero significado civilizacional.

Este año se cumple el vigésimo aniversario de un documento que entra de lleno en la última categoría. La encíclica del beato Juan Pablo II Veritatis Splendor —El Esplendor de la Verdad— puede muy bien llegar a ser uno de los documentos pontificios más importantes en la historia moderna.

Obviamente esta es una afirmación bastante fuerte, incluso para los estándares hiperbólicos de hoy en día. Sin embargo, no es un afirmación difícil de hacer.

Para empezar, Veritatis Splendor fue la primera encíclica que expuso en detalle la doctrina fundamental en materia moral de la Iglesia Católica.

El Catolicismo siempre articuló, obviamente, la dimensión moral del mensaje de Cristo. Sin embargo, nunca antes un Papa había ofrecido un esquema formal sistemático de la doctrina moral católica. Eso de por sí ya es suficiente para hacer de la encíclica un punto de referencia perenne para la reflexión católica.

En segundo lugar, Veritatis Splendor proporcionó lo que ahora se reconoce ampliamente como una poderosa respuesta a la crisis en la que había caído la teología moral católica, con posterioridad al Vaticano II.

En muchos aspectos, esta crisis fue precipitada por los debates surgidos en torno a la Humanae Vitae de Pablo VI. Pero más profundamente, Veritatis Splendor fue una réplica al intento de muchos teólogos católicos que pretendían hacer tres cosas.

En primer lugar, estaba el esfuerzo de estos teólogos por mantener el vocabulario de la ética católica a la vez que transformaban su contenido en algo indistinguible del utilitarismo.

Ya sea que se denominara «consecuencialismo» o «proporcionalismo», las ideas asociadas con la posición tardía de Joseph Fuchs S.J. y sus seguidores se apoyaban fuertemente en la convicción de que la moralidad de un acto humano se determinada mediante una «ponderación» de todos los bienes y males potenciales que podían emanar de ese acto.

La respuesta de la Veritatis Splendor consistió en insistir en algo que incluso muchos filósofos seculares ya habían reconocido hace mucho tiempo: que la mencionada ponderación da por hecho que uno puede conocer lo incognoscible y medir lo inconmensurable. En otras palabras, se asume algo imposible.

Estas presunciones cuestionables provenían, sin embargo, de otro de los cometidos que tenían en mente los teólogos disidentes: diluir, sin afirmarlo explícitamente, la enseñanza de la Iglesia de que existen actos humanos que, por razón del objeto moral, son intrínsecamente malos, no importa qué tan noble sea la intención de quien los ejecuta o qué tan atenuantes pudieran ser las circunstancias.

Los teólogos disidentes siempre negaron (en verdad lo hacían ruidosamente, lo cual es en sí mismo algo revelador) que ese fuera su objetivo.

Sin embargo, cualquiera que leyera sus escritos podía ver cómo trataban de reinterpretar la enseñanza de la Iglesia respecto de los absolutos morales (prohibiciones morales absolutas) como si se tratara de generalizaciones provisionales.

Al ser caracterizados estos absolutos ahora como provisionales, pasaban a ser susceptibles de excepción.

En otras palabras, el carácter absoluto de los absolutos morales resultaba ser «no tan absoluto». Esto condujo a que muchos pensaran que el proyecto global de los disidentes no tenía tanto que ver con el intento de «liberar la conciencia» cuanto con el deseo previo de afirmar la existencia actos humanos irreconciliables con el Magisterio de la Iglesia Católica.

El objetivo último de los disidentes consistía en socavar la posición católica de que algunos actos son de tal gravedad que causan la «muerte» o pérdida de la fe.

De acuerdo con la visión que ellos tenían, la «opción fundamental» por Cristo, de cara a la salvación, era lo que realmente importaba. Un buen Dios nunca rechazaría a alguien que había optado por Cristo, sin importar lo que posteriormente esta persona pudiera llegar a hacer.

La respuesta de la Veritatis Splendor fue doble. Mientras que se reconocía el hecho de que en un sentido todos los seres humanos realizan una elección fundamental a favor o en contra de Cristo, la encíclica reiteraba que algunos actos (i. e. pecados mortales) representan por su propia naturaleza una elección fundamental contra Cristo —y elección potencialmente perpetua, a no ser que el agente se arrepienta.

San Pablo y Santiago apóstol no podrían haber sido más explícitos en esto. En efecto, el catolicismo siempre ha insistido que «el camino», como los primeros cristianos llamaron a la Fe católica, no era que se trataba sólo de una elección.

Por el contrario, se trata de algo que compromete cada una de las decisiones libres que, o bien potencian o perjudican el despliegue humano.

Y esto, a su vez, pone de manifiesto la significación que Veritatis Splendor tiene para la civilización en sentido amplio.

En contra del espíritu de la época, la encíclica no solamente venía a reafirmar que el hombre puede conocer la verdad moral, sino que también insistía en que nosotros podemos vivir esta verdad moral.

Este tipo de afirmaciones son tan antiguas como Sócrates y los profetas hebreos, pero adquirieron particular vigor y profundidad con el advenimiento de la ortodoxia cristiana. Sin embargo, es imposible subestimar lo mucho que estas ideas inquietan a las sensibilidades modernas.

En la mentalidad de mucha gente, hoy en día, las opciones morales son o deberían ser determinadas por nuestros sentimientos y experiencias.

En efecto, esto es todo lo que queda una vez que se ha negado la Revelación y que se cree que la razón no puede enseñarnos nada definitivo acerca de la moralidad, más allá de vagas generalizaciones como la idea de «ser tolerantes» o la de «maximizar la utilidad».

Esto ayuda a entender por qué los adolescentes hoy en día, invariablemente, inician sus comentarios sobre temas controvertidos con la frase «siento que…».

La misma mentalidad se observa cuando los políticos contemporáneos invocan las experiencias de familiares, hijos, amigos, vecinos cuando explican por qué están moralmente en contra, o a favor o han «evolucionado», en algún tema.

Sin embargo, mientras que las experiencias nos proveen de ciertas intuiciones, no constituyen de por sí una base racional para la toma de decisiones. ¿Cómo podemos, por ejemplo, diferenciar moralmente las experiencias divergentes en un tema como el de la planificación natural en la familia?

Algunos experimentan la planificación natural como algo pesado y gravoso. Otros lo experimentan como algo liberador. ¿Quién está en lo correcto? La sola apelación a la experiencia no tiene manera de dar respuesta a esto.

El laberinto sin salida a nivel intelectual en que esto nos ubica sirve para comprender la gran confusión que invade a la reflexión moral en Occidente.

No obstante, el caos se hace peor debido a otra influyente idea moderna cuestionada por la Veritatis Splendor: la convicción generalizada de que no existe nada estable en la naturaleza humana, de que todo es, de algún modo, maleable.

Entre las más absurdas expresiones de este tipo de posturas se encuentra la omnipresente ideología de género que afirma que el «género» es cualquier cosa que nosotros «sintamos» ser, sin importar la biología o el ADN. La implicancia es que, así como la naturaleza humana «cambia», también lo debe hacer la moralidad.

Gracias al desarrollo científico moderno ahora sabemos mucho más acerca de, por ejemplo, el funcionamiento del cerebro. Pero los hechos científicos (asumiendo que ellos fueran realmente ‘hechos’ y no meras ficciones políticamente correctas) no nos proveen en sí mismos de razones moralmente decisivas para hacer algo.

Afirmar ello supondría caer en una instancia de la «falacia naturalista», es decir, el error de derivar un «deber» (ought) de un «ser» (is). Es como si alguien dijera que puesto que ve que tiene una disposición hacia el alcoholismo, debe ser alcohólico.

Los seres humanos son ciertamente seres dinámicos en la medida en que las elecciones libres transforman su carácter interno, al mismo tiempo que dan forma al mundo.

Pero esto es consistente con la insistencia de la Veritatis Splendor respecto de que existen muchas cosas acerca de la naturaleza humana y del desarrollo humano que no podemos cambiar.

No existe evidencia, por ejemplo, de que la racionalidad —qua racionalidad—, o de que la voluntad —qua voluntad—, del hombre contemporáneo sean diferentes de la de aquellos seres humanos que vivieron hace cinco mil años.

Del mismo modo, ¿acaso puede alguien argumentar, de modo plausible, que virtudes como la prudencia o la templanza no son menos virtudes hoy, en 2013, de lo que fueron en el año 1013?

Y en este punto radica la importancia que tiene la Veritatis Splendor para cualquiera que busca preservar y promover la civilización.

El texto no sólo insiste en que determinados actos humanos son eternamente indignos del hombre sino que también afirma que la razón humana puede identificar lo que la encíclica denomina como «bienes humanos básicos».

En ese sentido la encíclica nos recuerda que evitar el mal no resulta suficiente. Como ilustra el análisis que hace la Veritatis Splendor del significado del encuentro de Cristo con el joven rico, narrado en el Evangelio, las prohibiciones contenidas en la ley moral divina son una especie de trampolín para el desarrollo de una vida humana plena.

No importa qué tan humilde somos según las categorías del mundo, todo hombre se encuentra en las mismas condiciones respecto de las demandas de la moralidad. Esto también significa que somos igualmente capaces de grandeza.

En un mundo que fomenta la mediocridad, Veritatis Splendor insiste en que todos nosotros somos, con la ayuda de la gracia, una Giana Beretta Molla, un Thomas More, una Maria Goretti, o un Karol Wotjyla en potencia.

Y esto, sin duda, es una verdad que nos hace libres.