Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Lenin: Su Sueño, Nuestra Pesadilla
Eduardo García Gaspar
26 enero 2009
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
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Lenin fue uno de esos personajes de la historia moderna a los que no se entiende con totalidad. La verdad es que fue un tipo de carne y hueso con particularidades muy propias, de tal naturaleza que conviene estudiarlo como un nuevo tipo de gobernante, creado en el siglo 20. Un creador de utopías propias y pesadillas ajenas.

Fue efectivamente un gobernante de una nueva especie que en el siglo 20 se dio y que cae en la categoría de organizadores políticos que desde jóvenes actúan en ese terreno, sin ningún trabajo que hacer propiamente. Su madre lo conminó a ser agricultor, sin éxito. Su mundo era el de las publicaciones y libros, no el de lo posible y lo real.

Nunca puso el pie en una fábrica, ni en una granja. Jamás conoció de primera mano el trabajo y la creación de riqueza. Jamás vio a un obrero trabajando. Pasó su tiempo encerrado entre quienes pensaban como él.

Se ha dicho que no creó él el marxismo leninismo, que fue otro, Piekhanov el que lo hizo, y quien de Lenin dijo que había confundido a la dictadura del proletariado con la dictadura sobre el proletariado. Las opiniones de sus amigos sobre él lo colocan como un solitario capaz de todo con tal de obtener el poder. Lo calificaron como un Luis XV y un Bonaparte. Fue aún peor.

Fue un autoritario extremo que dijo que “las clases son lidereadas por los partidos y los partidos son lidereados por los individuos… la voluntad de una clase es satisfecha por un dictador”. Comparado con su gobierno, la inquisición es muy moderada. Sus ideas debían ser vistas como dogmas inapelables.

La adopción de las ideas de Marx fue una conveniencia más que un convencimiento. Esas ideas se prestaban admirablemente a sus intereses. Ninguno de los sucesos europeos coincidía con los pronósticos de Marx, peor eso no obstó para aprovechar la oportunidad que le presentó Rusia. Hiperactivo, obsesionado y violento, se concentró en la formación de una elite de desesperados que pudiera dominaral país que menos cumplía con la teoría marxista.

Y la oportunidad de ese grupo llegó con un golpe de estado que con inocencia fue visto como una revolución gloriosa. No había en realidad proletarios en Rusia, menos del 15 por ciento de la población era obrera. Y sus peticiones se concentraban en menos horas de trabajo, mejores condiciones y salarios más altos. No había peticiones de revolución, ni de adopción del marxismo.

Antes del golpe de estado de Lenin, entre 1900 y 1913, la economía rusa había crecido más de 60 por ciento. Tres años después de la toma del poder, la economía soviética cayó más de tres cuartas partes. En 1920 el rublo valía el 1 por ciento de su valor en 1917.

Lenin decretó la prohibición de la libertad de presa y toda libertad de expresión un par de días después de tomar el poder. A esa disposición siguieron otros mandatos: confiscación de abrigos, de escuelas, inspecciones de casas, nacionalización de todas las industrias, límites en los retiros bancarios de bancos ya nacionalizados.

El zar tenía su policía secreta, la Okhrana, con unos 15,000 miembros. Tres años después de la toma del poder, la Cheka, que era la policía secreta soviética, tenía un cuarto de millón de miembros. El zar había decretado en promedio 17 ejecuciones al año durante su gobierno. Los dos primeros años de Lenin promediaron mil ejecutados al mes.

Para él no había personas sino grupos, por lo que mandaba ejecutar colectivos que creía enemigos: monjes, maestros, prostitutas, propietarios. Fue el nacimiento del genocidio, la desaparición intencional de grupos contrarios al estado. Un tipo de visión política que es incapaz de ver personas, sólo sectores que agrupan a seres sin valor individual y que sentó toda una tradición gubernamental en el siglo 20.

Visto a distancia, es claro poder ver ese gobierno como el de un loco solitario, embebido en el poder, sin contacto con la realidad y que estableció las condiciones para la creación de otro monstruo, Stalin. Fue uno de esos gobernantes que sin saber nada de economía, ni de creación de riqueza, todo lo entiende como una cuestión de control y poder. El marxismo le había dado la justificación teórica perfecta para tener el control absoluto.

Lo anterior señala a un nuevo tipo de gobernante, propio a partir del siglo 20: nacido para gobernar y entendiendo que eso quiere decir controlar al resto de las personas para implantar la utopía que él tiene. Allí están: Hitler, Stalin, Mussolini, Pol Pot, Mao, Perón, Sukarno, a los que usted puede añadir los nombres de los que ahora mismo gobiernan.

Nos pudimos deshacer del absolutismo monárquico, pero la misma mentalidad regresó con otra vestimenta: la de las propuestas utópicas de organizadores políticos que hacen ingeniería social y que en los electores forman imágenes de salvadores de la humanidad, en los que debe confiarse sin limitación dándoles poder sin control.

Post Scriptum

En agosto de 1986, escribí una columna sobre la que esta se basa muy fuertemente. Los datos e información vienen de Johnson, Paul (1992). MODERN TIMES : THE WORLD FROM THE TWENTIES TO THE NINETIES. New York, N.Y. HarperPerennial.

Variaciones sobre el tema son los casos de Eva Perón y la dupla de Gandhi y Nehru. La obsesión por formar grupos o clases afecta a la comunidad académica, como se ve en Sociedad Dividida, Otra Vez. En México, la visión sectorial es de larga tradición, como se muestra en Socialismo En México.


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