Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Liberalismo y Catolicismo
Selección de ContraPeso.info
29 junio 2009
Sección: LIBERTAD GENERAL, RELIGION, Sección: Análisis
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ContraPeso.info presenta una idea de María Isabel Bernabé. La autora tuvo su intervención en El Segundo Congreso Internacional, Economía Austriaca del el Siglo XXI (Argentina, 2008).

La idea central del escrito está bien expresada en el título, en su segunda palabra “y” interpretada como unión entre dos grupos de creencias que son compatibles entre sí. Muchos pueden sostener que la “y” debiera ser sustituida por “o” significando que un católico no puede seguir siéndolo si es también liberal. La autora sostiene convincentemente que la “y” es la opción más apegada a la realidad.

¿Un católico puede ser liberal con libertad de conciencia? Mucho se ha escrito sobre las coincidencias y las divergencias entre la doctrina de la Iglesia Católica y la teoría liberal. Los enfoques son tan diversos como  los autores que han abordado el tema.

Comencemos por considerar al hombre como un todo, unidad esencial de cuerpo y alma, un ser trascendente en virtud de su inteligencia y su libertad. El hombre ha sido creado por Dios a su imagen y semejanza, como un ser distinto de todos los demás seres materiales, que es consciente y dueño de sí mismo y se va construyendo progresivamente en un horizonte de libertad, comprometiéndose frente a valores y entrando en diálogo con otras personas.

La imagen de Dios implica una relación especial del hombre con el mundo material. El hombre ha sido colocado en el universo como cooperador y lugarteniente de Dios, todas las demás criaturas están ordenadas y sometidas a él; debe trabajar, cooperando con Dios, para que la perfección del mundo se complete.

Llegado a este punto, podemos afirmar que la libertad es signo eminente de la imagen de Dios en el hombre, de ahí que, la dignidad humana requiera que el hombre actúe según su conciencia y libre elección, de acuerdo con sus propias decisiones y planes, es decir, inducido por  su propia convicción interior y no por coacción externa o sujeto a las arbitrariedades de otro.

Desde ya que no es posible evitar completamente la coerción, que es función de la ley,  de los funcionarios encargados de hacerla cumplir y del estado. Este estado, que  tiene como misión salvaguardar la propiedad, la libertad y la convivencia pacífica, debe tener el monopolio de la coerción, la cual debe ser mínima, restringida a aquellos aspectos en los que es necesaria su intervención para evitar males o poner orden, ayudar a los necesitados y a los desvalidos.

La libertad es el fundamento esencial y sine qua non de la moral, a su vez la moral solo puede existir en una sociedad libre; solo en la medida en que el hombre tenga la facultad de elegir será posible afirmar que ha elegido lo que está bien.

La libertad lleva implícita la responsabilidad, es impensable la una sin la otra. Cada persona debe responder ante Dios y  ante sus semejantes por las acciones que ejerce a lo largo de su vida, y asumir las consecuencias que de ello depare, sea beneficioso o contrario para el interesado.

El hombre es un ser social por  naturaleza, Dios lo creó de esta manera al ver que no era bueno que estuviera solo. Por lo tanto, el hombre tiene necesidad imperiosa de vivir en sociedad y relacionarse con los otros de la mejor manera, puesto que por el mero hecho de ser persona su misma naturaleza lo lleva a constituir una o diversas comunidades.

Durante mucho tiempo la tradición católica consideró a la teoría liberal como individualista, pero contrariamente a lo que se creía, el liberalismo es eminentemente social. El hombre es protagonista esencial e ineludible de todo proceso social, el cual incorpora cada ser humano en toda su variedad y complejidad para su mejor funcionamiento y para conceder libertad a todos.

La igualdad entre los hombres es otro de los pilares de la teoría liberal. Aquí igualdad quiere decir, que todos los hombres fueron creados por Dios, tienen la misma naturaleza, la misma esencia. Sólo en este sentido podemos afirmar que todos los hombres son iguales.

Porque en realidad, como también lo afirma el Concilio Vaticano II todos los hombres son distintos, tienen capacidades y cualidades tanto físicas como intelectuales y morales, que los hacen distintos entre sí. Y en la medida en que sean distintos entre sí podemos tratarlos con igualdad, desde su singularidad.

La ilimitada variedad de la naturaleza humana, el amplio grado de distinción en la potencialidad y capacidad de los individuos es una de las más preciadas realidades que ofrece la naturaleza humana.

Hay una gran diferencia entre tratar a los hombres con igualdad e intentar hacerlos iguales, lo que implicaría una mera forma de servidumbre. Y aquí entra a jugar la igualdad ante la ley, puesto que la igualdad de los preceptos legales y de las normas de conducta social  es la única clase de igualdad que conduce a la libertad.

La igualdad supone la justicia, que es el tercer pilar del liberalismo, debe existir un sistema legal adecuado, que vele por los derechos de todos y aplique la ley.

La propiedad privada es un derecho fundamental e indiscutido en la teoría liberal y en la Doctrina  Social de la  Iglesia. Es un derecho natural e inalienable del hombre, según dice el Papa Juan XXIII en su encíclica Mater et Magistra “el derecho de propiedad privada tiene un valor permanente, incluidos los bienes de producción, ya que es un derecho contenido en la misma naturaleza, la cual nos enseña la prioridad del hombre individual sobre la sociedad civil y,  por consiguiente , la necesaria subordinación de la sociedad civil al hombre”.

Esta párrafo nos muestra,  por un lado, que el derecho de propiedad está intrínsecamente inserto en la naturaleza del hombre y, por otro lado, la importancia que la Iglesia le asigna al individuo como ser único, creado por Dios especialmente y por encima de las demás sociedades que éste pueda integrar en su vida de relación, en un todo de acuerdo con  el liberalismo.

No es el individualismo egoísta que algunos suponen, sino  la correcta expresión del término individuo,  como persona que puede actuar con libertad en un medio social, con fines sociales, teniendo en cuenta que sus actos inciden directamente sobre el prójimo, y por consiguiente no presenta contradicción con la doctrina liberal, puesto que ya Adam Smith se ocupó de remarcar el carácter social que implica la acción individual del hombre, aunque éste no sea conciente de sus resultados.

Porque muchas veces se confunde el ideal de libertad de la persona para la persecución de sus propios fines con la creencia de que tal libertad se traducirá en el empeño por lograr únicamente fines egoístas.

Sin embargo, la libertad para conseguir los propios fines es tan importante para aquellas personas en cuya escala de valores las necesidades de los demás ocupen un lugar muy elevado, llámese altruista, como para cualquier egoísta.

El liberalismo es el sistema económico que  ha contribuido más que cualquier otro sistema a la creación de riqueza y bienestar general para toda la raza humana. Antes del desarrollo y aplicación de las ideas liberales el mundo se sumía en la pobreza generalizada,  las condiciones  de vida  de la mayoría de la población eran paupérrimas.

A partir de allí, con la implementación de la división del trabajo y de la libre competencia de los medios de producción se pudo acceder a un mayor número de bienes que satisficieron las necesidades básicas de la población, antes insatisfechas.

Se logró así, un ascenso en el nivel de vida de la gente impensado sólo unos años antes. Todo esto gracias al progreso tecnológico y a la innovación  que son frutos del  intelecto humano. Aquí se pone de manifiesto el valor decisivo que desempeñan la invención y el descubrimiento en la vocación humana de dominar la tierra. Puesto que el hombre es principio y fin de todo proceso productivo.

Contrariamente a la opinión generalizada  de que el liberalismo ha sido la causa de los males de nuestra sociedad, se puede afirmar indudablemente que el  grado de desarrollo y bienestar del que goza actualmente la civilización humana se debe a las ideas liberales implementadas a partir del siglo XIX en el mundo.

Por supuesto que es un sistema que adoleció de defectos, es imperfecto como el hombre es imperfecto, puesto que ellos lo constituyen, pero el saldo es altamente positivo, las ventajas superaron a las desventajas.

El progreso de la civilización humana en los últimos doscientos años fue superior al de todos los siglos anteriores. Es injusto achacarle los males de nuestro tiempo a las ideas liberales.

La libre competencia promueve constantemente métodos de producción cada vez más eficientes y tiende a reducir sus costos, que implican un incremento enorme del bienestar material de toda la población, porque de esta manera se abaratan los productos que al principio solo llegaban a personas con alto poder adquisitivo y ahora con la innovación y el progreso tecnológico pueden llegar a aquellos con ingresos menores.

La clave de la riqueza es la mente humana, su causa es el espíritu humano, centrado de una manera creativa y productiva. Para Adam Smith, la causa de la riqueza de las naciones es la inteligencia, la investigación y el descubrimiento, combinados con la voluntad de explorar nuevos horizontes y de correr riesgos.

Las causas de la pobreza no son la política económica liberal ni la superpoblación ni los países ricos que sojuzgan a los pobres, la causa se encuentra en la aplicación de un sistema de política económica que reprime la creatividad económica de la que cada hombre se encuentra dotado.

Por supuesto que los problemas de la pobreza no desaparecerán con la aplicación de las ideas liberales, pero la combinación de democracia y capitalismo hará más que cualquier otra alternativa conocida por  liberar a los pobres de la pobreza y de la tiranía y hacerles desarrollar su creatividad, aunque no sea el Paraíso en la Tierra.

El liberalismo es una teoría que se interesa por la actuación del hombre en el mundo, procurando su progreso externo y su bienestar material,  pero no se ocupa de las necesidades espirituales del hombre sino de la satisfacción de sus necesidades en el mundo exterior. Cualquier política económica con los medios que tiene a su disposición puede enriquecer o empobrecer a la gente, lo que en cambio no puede es darles la felicidad ni satisfacer sus más íntimos deseos.

El liberalismo no desprecia lo espiritual sino que centra su atención en el bienestar material de los pueblos en razón de que  ”lo alto y lo sublime no puede ser procurado por recursos externos” como dice von Mises, solo promueve el bienestar general puesto que las riquezas espirituales brotan del propio corazón del hombre y de su búsqueda de la verdad y no pueden ser insufladas en el hombre desde afuera.

Por lo tanto, recurriendo nuevamente a von Mises “el liberalismo aspira a procurar a los mortales los presupuestos externos precisos para el debido desarrollo de la vida interior”, que es absolutamente personal.

De lo dicho precedentemente podemos inferir, que la condición para que la riqueza, el bienestar y el progreso de la humanidad se materialice está en la actuación del hombre y fundamentalmente en sus actitudes morales.

La moral es esencial para que toda actividad emprendida con responsabilidad, esfuerzo y encaminada a  la búsqueda del bien  llegue a buen término. Deben existir un mínimo de convicciones éticas fundamentales, es un supuesto tácito dentro de la sociedad.

Ni el mercado, ni la competencia, ni el juego de la oferta y la demanda pueden generar las reservas morales que la sociedad requiere, ellos las presuponen y utilizan, pero debe traerlas el individuo de otras esferas más allá del mercado, y no existe ningún tratado de economía política que pueda sustituirlas. La persona humana se debe formar en el rigor de la moral sin concesiones, debe ser riguroso en este aspecto.

La autodisciplina, el sentido de justicia, la honradez, la hidalguía, las sólidas normas éticas y el respeto por la dignidad humana, entre otros, son todos valores que debe aportar el hombre por anticipado cuando entra en el mercado y se mide con los demás en la competencia. Son los puntos de apoyo insustituibles que preservan al mercado y a la competencia de su deformación. De estos valores debe proveer la familia, la Iglesia, las distintas comunidades que integra el individuo y la tradición.

La conducta de los individuos que participan en el mercado requiere una base moral muy amplia y profunda, puesto que cuanto más amplia y profunda sea, mejor será el funcionamiento de ese mercado. La coerción, la deshonestidad,  las falsas medidas, la corrupción entre muchos otros vicios son dañinos para los mercados y sus resultados se evidencian en que sus beneficios no llegan a todos los integrantes de la sociedad sino a unos pocos, generando situaciones conflictivas e injustas.

Por consiguiente la disciplina moral es el punto capital del liberalismo. Lo moral es en el hombre un valor que resulta del ejercicio de su libertad, puesto que todo acto humano voluntario y libre es un acto moral.

Teniendo en cuenta la imperfección del ser humano llegamos a la conclusión que a pesar de sus defectos y de sus inclinaciones el hombre debe actuar con un elevado sentido ético en todas sus actividades cotidianas. Es la fórmula perfecta para una mejor convivencia y para alcanzar el bienestar y la felicidad terrena.

Es importante desterrar la idea del individualismo centrado sólo en el propio interés que impregna la mayoría de las críticas hacia la teoría liberal, puesto que la solidaridad, para nosotros caridad cristiana,  está absolutamente contemplada  en ella desde sus comienzos.

Como ya dijimos, siempre tuvo en cuenta al individuo como ser social que coopera con su trabajo y su progreso a mejorar las condiciones de vida de sus semejantes, quizás sin quererlo, quizás voluntariamente. Esta caridad debe ser estrictamente voluntaria, nunca exigida por ley alguna.

Por supuesto que provoca gran satisfacción ver aquellos empresarios que además de hacer buenos negocios e inversiones, practican la caridad con sus empleados y con los que no lo son también; no obstante, el mero hecho de haber adquirido sus bienes honradamente, en una economía de mercado, ya significa un beneficio para toda la comunidad, puesto que realizar una buena inversión puede ser visto como un acto de servicio a los demás.

En conclusión, no veo antagonismo entre el liberalismo y la Doctrina Social de la Iglesia, se puede ser católico y liberal. Los principios éticos y morales son los que hacen la diferencia, sin ellos se cae en las variadas formas de servidumbre a los que la historia moderna nos tiene acostumbrados. La ética y la economía están íntimamente ligadas, todas las decisiones económicas tienen un aspecto ético a contemplar.

[La bibliografía se encuentra abajo]


ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.

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No hay comentarios en “Liberalismo y Catolicismo”
  1. Alfonso Dijo:

    Tu pagina apesta, eres el tipo mas retrograda que he leido. Me das asco. NOTA DEL EDITOR: otro caso muy claro de la falacia ad hominem.





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