Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
No Hay Caridad Forzada
Leonardo Girondella Mora
1 septiembre 2009
Sección: DERECHOS, Sección: Asuntos
Catalogado en: , ,


Una persona camina por la calle —pasa por delante de un mendigo que pide caridad extendiendo el brazo y sosteniendo una lata en la que suenan monedas. En la entrada de una iglesia se encuentran niños que venden golosinas y piden caridad. No son situaciones aisladas —y ellas ponen sobre la mesa uno de los problemas morales de mayor repercusión.

Es en lo general reconocido que existe la obligación de que los que tienen más deben ayudar a quienes tienen menos. Puede llamarse compasión, solidaridad, caridad, o cualquier otra palabra que acarrea una connotación moral fuerte y clara.

Permanecer en ese nivel no lleva a nada sólido que señale las acciones concretas que tal obligación indica. Quien tiene dos autos está en una posición menos favorecida que quien tiene siete y es evidente que no necesita ayuda. Es decir, quien necesita ayuda debe ser mejor definido —quizá como alguien que está en una posición de urgencia para satisfacer las más básicas necesidades, como comer y vestir.

Una vez señalado lo anterior, quiero poner atención en la diferencia que una acción caritativa debe hacer: es necesario que ella separe la idea de “obligación” de la de “derecho”. Acepto que quien está en una situación favorecida tiene la obligación de ayudar a quienes están en una situación clara de miseria. Pero rechazo que quien está en esa situación clara de miseria tenga el derecho de reclamar ayuda.

Lo que pretendo es mostrar que mientras que se tiene la obligación moral de ayudar a quienes lo necesitan, no existe un derecho a reclamar esa ayuda.

Una persona cualquiera disfruta una situación material cómoda —no es necesariamente un millonario, sino sencillamente una persona que sí tiene medios aunque sean escasos, que puede dedicar a ayudar a quienes lo necesitan.

Sostengo que esa persona tiene la obligación moral de ayudar a las personas que están en una situación de pobreza urgente. Si lo hace o no, eso será una decisión personal y libre. Si lo hace, la ayuda puede tomar una enorme variedad de formas —la más sencilla de ellas es el sacar dinero de la bolsa y darlo al pordiosero que extiende su brazo en la calle.

Pero hay otras formas, como el servicio de voluntarios en un hospital, los donativos a fundaciones caritativas y demás.

Mi punto es que la persona que puede realizar esas ayudas tiene una obligación moral —y que comete una falta moral seria si no lo hace. Aludo a la falta moral real, la de quien en verdad lleva consistentemente una vida vacía de la preocupación por ayudar a otros y dedica su existencia a su propio placer.

Debe ser claro que la persona es propietaria de sus bienes y que hace con ellos lo que decida —donde lo criticable es la ausencia consistente de ayuda a quienes están en una situación de ayuda.

La otra persona que juega un papel en este caso es la que necesita ayuda —y mi punto es sostener que esta persona no posee el derecho de ser ayudada: no puede hacer un reclamo. A la obligación que reconozco en el que puede ayudar no corresponde un derecho en el que necesita la ayuda.

Esta persona en una situación desfavorecida no puede justificar el plantarse frente a la persona en situación favorecida y obligarla a darle una ayuda —el pordiosero que en la calle tiene una lata no tiene derecho a recibir las monedas que pide. Si acaso tuviera ese derecho, se presentarían problemas insolubles.

Cualquier persona en una situación desfavorable real podría presentarse en la casa de una persona favorecida y tomar de ella recursos suficientes según su criterio y sin violar la ley —sería un equivalente a legitimar el robo.

Habría un problema de selección —el pordiosero seleccionaría a una o más personas que a su criterio tienen los medios para quitárselos en una cuantía subjetiva que conduciría a la exageración de reclamos.

Se violaría la libertad de posesión —los derechos de propiedad estarían limitados a la voluntad de quienes están en una posición miserable.

Se fomentaría el aumento de personas en posiciones supuestamente miserables, ya que así se tendría un derecho a reclamar a otros la transferencia de sus bienes —sin esfuerzo, ni trabajo, se lograrían beneficios personales en un juego de suma cero.

Introduzco un nuevo jugador en las acciones caritativas —el gobierno. El dispositivo, cuando interviene el tercer jugador, funciona de la manera siguiente: la autoridad toma recursos de quienes los poseen por medio de impuestos y otros pagos obligatorios que los ciudadanos hacen; coloca esos fondos en su caja y de allí toma recursos que distribuye de acuerdo con algún criterio a los que juzga como merecedores de ayuda.

La única justificación posible de la acción del gobierno como tercer jugador es reconocer que existe el derecho de reclamar ayuda, es decir, que esa ayuda no es voluntaria, que es obligatoria y necesita la coerción gubernamental para ejercerla —que es el punto que niego: no existe el derecho a reclamar ayuda que signifique la transferencia de recursos propiedad de alguien.

Por supuesto, el propietario de los recursos que el gobierno retira para dar a los necesitados, no tiene mérito alguno —la caridad ejercida con sus recursos no fue voluntaria. No puede llamarse siquiera así. Tampoco tiene mérito alguno el gobernante que eso hace, porque los recursos son de terceros y no propios.

La ayuda distribuida por el gobierno tiene, además, serios defectos de eficiencia —serán dados de acuerdo con conveniencia política y no necesidad real; los recursos distribuidos serán menores a los recolectados; habrá corrupción; recibirán ayudas personas que no los merecen, como subsidios a empresas; fomentará la dependencia y la falta de iniciativa para la creación de riqueza que es con lo que se hace la caridad.

Con estas ponderaciones intenté mostrar que mientras que se tiene la obligación moral de ayudar a quienes lo necesitan, no existe un derecho a reclamar esa ayuda.


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