Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
No Más Presidentes Culpables
Eduardo García Gaspar
5 octubre 2009
Sección: GOBERNANTES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en:


Hay algo ya conocido en estos tiempos políticos mexicanos. Algo ya visto y vivido, pero también hay algo diferente y nuevo. Las quejas en contra de los gobernantes son costumbre arraigada y estos tiempos no son la excepción.

Tienen nuestros días un algo de los tiempos de Luis Echeverría, de López Portillo, del final de Carlos Salinas y de Fox. Quejas, lamentos, chistes, acusaciones, todo dirigido a una persona. A la más importante del arreglo político mexicano: el presidente.

Pero los tiempos actuales tienen algo nuevo, no visto antes en el país. Las quejas, los lamentos, las acusaciones, ya no son ellas lo individualizadas que eran. Son ahora generalizadas, dirigidas a eso que ha sido llamado la clase política. Ya no es que Echeverría haya sido esto o aquello, o que haya cometido tal o cual fechoría.

Ahora, hoy mismo, esas acusaciones son genéricas. Bien representado está lo que digo en los comentarios de una persona a la que escuché diciendo,

“No puede ya culparse de los errores del gobierno al presidente, pues ya no tiene el poder de antes, ahora los errores son de todos, un imposible conjunto de incapaces que creen ser indispensables”.

Este sentimiento lo he encontrado en muchas partes, desde el que limpia calzado hasta el graduado de universidad. De la culpa presidencial hemos pasado a la culpa gubernamental. Es lógico que sucediera.

En el sistema antiguo, el mandamás incuestionable era el presidente y, por eso, lo bueno y lo malo tenían un responsable claro, fácilmente identificable por todos. Pero, con la naciente democracia, el presidente ya no es ese mandamás claro y las culpas de los errores gubernamentales son más fáciles de lanzar genéricamente: a la clase política, a los partidos.

El cambio tiene consecuencias, que bien valen una segunda opinión. Cuando la culpa era presidencial, la esperanza de un cambio de presidentes era el remedio político. El que venga, se decía, será diferente. Pero esa esperanza de cambio a mejor ya no existe cuando se cree que todos los gobernantes son malos. ¿A quién poner en el poder, cuando ninguno de ellos vale nada?

La situación actual, la del boquete fiscal, empeora la situación. Es claro ya para muchos que México como país no tiene problemas económicos, ni financieros. El problema económico mexicano es gubernamental y sólo gubernamental, producido por mal uso de sus recursos y que quiere ser remediado haciendo que la gente cubra la mala administración de gobierno.

Más aún, la idea comienza a ser comprendida como nunca antes. Las razones y causas del retraso mexicano son gubernamentales: malas políticas económicas y parásitos que viven de su presupuesto. Es decir, la culpa del retraso y las dificultades están siendo asignadas a la clase política, a toda ella en general… ya no más al presidente. El cambio es notable y la culpa es grande, muy grande.

Me imagino que es por esta situación que ha comenzado a hablarse de posibilidades de levantamientos sociales… una expresión que en el código verbal político mexicano significa violencia espontánea, al estilo de una revolución y con la participación de un caudillo en contra de los gobernantes actuales y a esos a quienes privilegian. La frecuencia de estas menciones es alarmante.

¿Se han dado cuenta de esto los gobernantes? Supongo que sí, al menos algunos de ellos. Pero en la realidad, no hay evidencia de un cambio de conducta. Sus palabras siguen siendo las mismas, sus acciones, también. No sólo, por ejemplo, no hay reducciones de impuestos, sino propuestas de elevarlos.

Y la lucha por el poder, entre los partidos, es causa de vergüenza ajena, como el caso de “Juanito” y no por lo que haya hecho el personaje. Lo que maravilla es que haya ganado elecciones, lo que habla mal del electorado no sólo de la clase política que lo nominó.

En fin, las cosas cambian y mucho, pero hay algo en ellas que se mantiene constante: la consistente y muy persistente queja del mal desempeño de la institución más poderosa jamás tenida, los gobiernos. Antes, en México, se culpaba al presidente y la elección de uno nuevo creaba esperanzas de mejora. Ya no más.

Ahora, la culpa es genérica, llevada a una acusación general a toda la clase política y eso ya no tiene la cualidad anterior de generar esperanza de mejora. Ahora el sentimiento es más bien de desesperanza y desesperación… como bien lo probó la propuesta de votar en blanco.


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