Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
No Puede Hacerse Por Decreto
Eduardo García Gaspar
30 enero 2009
Sección: ECONOMIA, Sección: Una Segunda Opinión
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De nuevo escuché hablar del tema. Sucede con periodicidad. Lleva siglos de ser mencionado. Es el asunto de los precios justos. En esta ocasión, un entrevistado en la radio, un gobernante que no supe quién era, hablaba de la necesidad de tener precios justos en los alimentos básicos, de los combustibles, de la energía, como algo inevitable y qué él trataba de hacer posible frente a la inflación actual.

¡Buena suerte! El tema lleva siglos y en realidad nadie ha podido fijar por decreto el precio justo de nada. Ni de los alimentos básicos, ni de los más refinados. Si el gobernante hablaba en serio, su preparación deja mucho qué desear.  Si hablaba con conocimiento, era un mentiroso que quería engañar al resto.

¿Puede haber justicia en los precios? Sin duda, pero ella no es sencilla de encontrar. La solución más superficial es la que dice que un precio bajo es más justo que uno alto, aunque no específica un precio concreto de nada. Y lo peor, decir eso resulta injusto para el vendedor, quien pensará que un precio alto es más justo que uno bajo. Y como un vendedor de algo es un comprador de otras cosas, nada se resuelve.

Otros han pensado que un precio justo es uno que suma todos los costos de producción del bien más una ganancia justa. No suena mal en la superficie, pero tiene el problema insoluble de definir justicia en las ganancias netas del vendedor. ¿Es justo ganar 10%, o más, o menos? Difícil de contestar ante el riesgo de pérdida al no vender.

Y si se busca justicia en la ganancia, debería buscarse justicia en la pérdida con un tope determinado. Entonces habría un problema, el de quién absorbería las pérdidas mayores a ese límite. Si alguien las absorbiera, se fomentaría la irresponsabilidad del vendedor. No hay solución posible de este lado a la justicia en el precio, por otra razón: no habría incentivos a la eficiencia.

Si ninguna de esas dos posibilidades da la respuesta a la justicia en los precios, la solución debe ser otra, y sí existe. La dieron hace muchos siglos varios clérigos franciscanos, dominicos y jesuitas a los que se conoce como Escolásticos, especialmente los Tardíos de la Universidad de Salamanca en España. San Bernardino de Siena, de Soto, Azpilcueta, Medina, Mercado (que vivió en México), Molina, Suárez, Juan de Mariana y otros.

Muy sofisticados pensadores fueron ellos y en general en todos se encuentra una idea revolucionaria, la de que el precio justo de un bien es el que existe ya normalmente en un mercado. La suposición de esto es maravillosa: si un comprador y un vendedor se pusieron de acuerdo en un precio es que ambos lo consideraron justo. Si muchos hacen lo mismo, ese precio será justo en ese momento para cantidad de personas.

Esta idea es incluso más refinada que la de Adam Smith al respecto y contiene el germen de una idea que más tarde fue expandida: el precio de un bien depende de su utilidad según la perciba quien lo compra, con independencia de su costo de producción y de la ganancia que tenga el vendedor.

Es decir, sí existe justicia en el precio, pero ella no la puede determinar ese gobernante que hablaba por la radio. Los únicos que puede decidir si un precio es justo o no son, al mismo tiempo, un comprador y un vendedor, en un momento dado. Nadie fuera de esos dos tiene la capacidad para saber si un precio es justo o no. Nadie.

La justicia de un precio acordado entre dos personas libres tiene un fundamento que ese político ignora: las dos personas no tienen necesidad de que nadie interfiera en sus acuerdos mutuos y si el político llegase a entrometerse fijando otro precio distinto al acordado, ese precio lastimaría a una de las personas o a las dos.

Lo que maravilla de todo esto es que esos clérigos vivieron entre el siglo 14 y el 17, mostrando un refinamiento del pensar que fue excepcional y se adelantó a concepciones económicas que hasta el siglo 19 comenzaron a considerarse, al corregir ideas de la Economía Clásica, incluyendo a su extremo, a Carlos Marx.

En fin, creo que el tema valió una segunda opinión para mostrar la tremenda falta de conocimiento que puede exhibir un gobernante, un ignorante en sí mismo, o que cree que los demás son tontos. ¿Dónde más puede existir justicia que en el libre acuerdo de dos personas? Y ese es el sitio en el que el gobernante jamás piensa.

Post Scriptum

Los sucesos en México, sobre las protestas del precio del diesel, son en el fondo el mismo problema de la justicia de los precios: los sectores pesqueros, campesinos y del transporte se quejan del precio del combustible, que es fijado por el gobierno. Quieren un precio más bajo, o al menos que no tenga aumentos y de no lograrlo harán protestas públicas.

La misma historia de siempre, repetida una y otra vez. Los precios son manipulados por la autoridad a su conveniencia y esto abre la puerta a la opción obvia: grupos organizados presionan para que esa manipulación sea a su favor. La opción de dejar que los precios sean fijados libremente se anula en ese sistema y sólo queda la alternativa violenta.

Para el interesado, hay dos libros que conozco que tratan de esos clérigos. Los dos son de tanta importancia y relevancia que de seguro no están incluidos en las lecturas de los estudiantes de economía en la mayoría de las universidades:

• Chafuen, Alejandro Antonio (1986). CHRISTIANS FOR FREEDOM : LATE-SCHOLASTIC ECONOMICS. San Francisco. Ignatius Press. De éste existe una versión en español que tiene un titulo distinto.

• Rothbard, Murray Newton (1995). ECONOMIC THOUGHT BEFORE ADAM SMITH: AN AUSTRIAN PERSPECTIVE ON THE HISTORY OF ECONOMIC THOUGHT. Aldershot, Hants, England ; Brookfield, Vt., USA. E. Elgar Pub. Este es el tomo I de dos, de una obra colosal.


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