Contrapeso En defensa de la libertad y el sentido común
Otro Asesino, Más Sutil
Eduardo García Gaspar
28 julio 2009
Sección: LEYES, Sección: Una Segunda Opinión
Catalogado en: ,


En Tres Ratones Ciegos, su autora, Agatha Christie (1890-1976), logró un clásico de la literatura de crímenes y misterio. Esta obra, también llamada La Ratonera, se representa en el Ambassador Theatre de Londres desde 1952.

Si no ha leído la muy breve obra, se la recomiendo ampliamente. El argumento incluye a una pareja de recién casados que han abierto, sin experiencia, una casa de huéspedes. No se preocupe, no le diré quién es el asesino, sólo apunto un pequeño pasaje.

La pareja recibe una llamada telefónica. Es la policía. Dice que enviarán a un inspector a su casa. No dicen la razón. El lector sabe que se debe a que la policía quiere capturar a un asesino, pero los recién casados lo ignoran. Y comienzan a tener miedo y padecer incertidumbre.

Se preguntan si acaso hicieron algo malo. Comienzan a recordar lo que han hecho. Es posible que sea por las dos libras de manteca que  ocultamente les enviaron de Irlanda. El permiso de posesión de la radio ya lo pagaron, no puede ser eso. Y además tienen el documento que lo prueba. Quizá sea el intercambio de un abrigo por cupones de razonamiento. Hace unos días, el marido estuvo a punto de tener un accidente de tránsito.

Deben haber hecho algo, razonan los dos. Después de todo, la policía irá a su casa.

Entonces el marido exclama, “El problema es que prácticamente todo lo que hacemos en la actualidad es ilegal. Por eso tenemos un sentimiento de culpa permanente”. Y sigue con otras divagaciones: tiene de seguro que ver con el nuevo negocio que han abierto, quizá no han cumplido con alguno de los trámites y permisos oficiales que ellos desconocen.

Ella se pregunta, “¿Por qué no podemos dirigir nuestra propia casa como nos venga en gana?”. Él contesta, “No lo sé. Eso es lo que diría cualquier persona. Pero como te digo, ahora todo está más o menos prohibido”.

El breve pasaje de no más de una página sugiere la existencia de otro drama. No sólo tiene el joven matrimonio en su casa a un asesino y ellos no lo saben. Están rodeados de otro criminal, más sutil y taimado: el exceso de leyes. Es tal el número de leyes y disposiciones gubernamentales que puede decirse que todo ciudadano las ha violado sin darse cuenta.

Ha sido calculado que en la UE, se emiten diez reglamentaciones diarias, incluyendo fines de semana. Otros cálculos indican unas 2,500 nuevas regulaciones por año, unas siete diarias. El efecto colateral es el obvio. No es posible estar al día, ni tener conocimiento de todas las leyes y reglamentos que existen. Por eso, una buena cantidad de ciudadanos estarán fuera de la ley.

La misma queja fue hecha por un amigo no hace mucho. Decía él que su intención es siempre pagar los impuestos y respetar la ley fiscal de su país, pero que le era imposible. Enfrentaba problemas de cantidad de disposiciones, a veces contradictorias entre sí y muchas de ellas expresadas en un idioma imposible de entender. Sabía que estaba violando alguna ley, pero no sabía cuál.

No es un problema nuevo, lo trató Diego de Saavedra Fajardo (1584-1648), en su obra, Las Empresas (tareas con las que debe cumplir un gobernante). Es una crítica razonada y pausada del exceso de leyes, que causa desprecio por ellas, complejidades innecesarias, gastos enormes, contradicciones, pérdidas de tiempo y freno al trabajo. En fin, lo dicho, en algún momento todo ciudadano está sin quererlo ni saberlo fuera de la ley.

Quizá la razón del exceso de leyes tenga una explicación: el cambio en la función que ellas deben cumplir. Las leyes más básicas establecen normas de sentido común, fáciles de entender por todos, y que en esencia castigan actos contrarios al interés público, como robos, asesinatos y demás. No hacen nada más que eso.

Pero si se cambia esa esencia de las leyes para ir más allá de prohibir conductas dañinas a todos, las leyes comienzan a distorsionarse. Ya no se le dice a los ciudadanos lo que no deben hacer, ahora se les ordena lo que pueden hacer sólo con permiso oficial. Si las cosas prohibidas son lógicas y poco numerosas, las otras son infinitas y las leyes innumerables.

Con cada nueva ley, los legisladores piensan que hacen un gran bien a la nación, pero no se dan cuenta que hacer leyes es un arte de simplicidad y claridad. Se comportan como ratones ciegos a la realidad.


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