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La última reunión del Grupo de los 20 se convirtió en una nueva oportunidad para practicar uno de los deportes nacionales preferidos: opinar según lo que dicta la moda de turno. La tendencia a repetir como loros lo que se pone de moda es una costumbre argentina. Perecería que no plegarse a la ola de reiteraciones fashion de la hora implica una mancha insoportable para un conjunto de gente que prefiere estar a la moda antes que pensar. Como consecuencia de la reunión del G 20 que se celebró en Londres hace poco en donde se habló del delineamiento de un nuevo orden económico mundial, muchos han salido a repetir mantras automáticos acerca de la presunta defunción del llamado Consenso de Washington. El Consenso de Washington fue formulado originalmente por John Williamson en un documento de noviembre de 1989 (“What Washington Means by Policy Reform” que puede traducirse como “Lo que Washington quiere decir por política de reformas”). Fue elaborado como documento de trabajo para una conferencia organizada por el Institute for International Economics, al que pertenece Williamson. El propio Williamson cuenta que en ese histórico borrador, incluyó “una lista de diez políticas que yo pensaba eran más o menos aceptadas por todo el mundo en Washington y lo titulé el Consenso de Washington.” Originalmente ese paquete de medidas económicas estaba pensado para los países de América Latina, pero con los años se convirtió en un programa general. Esas diez medidas son las siguientes:
Teniendo en cuenta esta enumeración, recordé la famosa frase irónica sobre la educación: “si creen que la educación es cara, prueben con la ignorancia”, y se me ocurrió parafrasear, a partir de ella, cada una de las ideas del Consenso de Washington. Veamos cómo quedarían:
No sé cuántos de los críticos del llamado “Consenso de Washington” han leído alguna vez las diez líneas de su contenido. O incluso si creen que es una especie de tratado de diez tomos. Pero lo cierto es que el mero contraste entre los que las diez sugerencias proponen y sus opuestos, es suficiente prueba de la ignorancia que supone el proponer algo diferente. Es más, en alguno de esos casos, más que ignorancia lo que habría es cinismo porque los que lanzan diatribas contra el “Consenso” son los más entusiastas aplicadores de sus recomendaciones. ¿Qué diríamos de los Kirchner, por ejemplo y su desvivirse por la disciplina fiscal, por el mantenimiento del dólar alto o por sus reclamos contra el proteccionismo agrícola? Mientras algunos argentinos que tienen ascendencia sobre otros, por sus posiciones y sus posibilidades, sigan más pendientes de lo que está de moda que de lo que es cierto, seguiremos teniendo un país cada vez más fashion y cada vez más falso.
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