La reunión del G-20 en Londres, realizándose ahora mismo, contiene una parte que debe ser hecha explícita —la del combate a los paraísos fiscales, es decir, de competencia entre gobiernos.

Para comprender el tema es necesario ver que entre las varias leyes económicas, como la de la oferta y demanda —existe otra que debe ser hecha explícita, la de la tendencia de los gobiernos a elevar sus ingresos, es decir, subir impuestos y otras maneras de recolectar ingresos propios.

Ya que los gobiernos sólo tienen una manera de obtener ingresos, la de retirarlos por la fuerza del bolsillo de los ciudadanos, esa tendencia indica una cantidad decreciente en manos de sus propietarios. Cuanto más gaste un gobierno, menos dinero tendrán sus ciudadanos.

La causa de la querencia de los gobiernos a elevar los impuestos y así tener más ingresos es la acumulación de funciones y responsabilidades —lo que confirma la hipótesis de Montesquieu: el poder siempre tiende a ser abusado. Alguien con poder siempre tratará de elevarlo.

Con una mayor cantidad de funciones, los gobiernos necesitarán de mayores recursos para realizarlos. Más allá de las responsabilidades gubernamentales de dar servicios de policía, impartición de justicia, relaciones diplomáticas y otras pocas más, los gobiernos se han asignado funciones que le son ajenas, como la seguridad social, la educación, y otras que, por ejemplo, en México incluyen la propiedad de un monopolio petrolero y otro de electricidad.

A lo anterior se unen funciones de combate a la pobreza, construcción de casas y muchas otras responsabilidades que tienen el efecto mencionado —la elevación de impuestos y cobros a los ciudadanos, que van a parar a un sistema de gasto que por diseño descuida la eficiencia.

¿Cómo eliminar esa tendencia de elevación de impuestos? La solución más directa es la de reducir el número de funciones de gobierno —menos responsabilidades implicarán menores gastos. Otra solución muy pragmática es la de la competencia entre naciones y sus sistemas fiscales, en los que los tax heavens o paraísos fiscales juegan un papel vital.

Un tax heaven puede tener una definición simple: un país con un gobierno que tiene como característica central el cobro de impuestos en extremo bajos y quizá, ningún impuesto —lo que, por supuesto, ocasiona las quejas de otros gobiernos que lamentan la existencia de una competencia desleal, igual que el empresario lamenta la existencia de competencia extranjera.

Los tax heavens, lejos de ser prohibidos o atacados, como se pide en la reunión del G-20 deben ser fomentados —y en verdad son una alternativa para muchas naciones que pueden modificar sus regímenes de impuestos: menores tasas y mayor simplicidad de pago.

Los impuestos son un costo de vida, que cuento más bajo sea, mayor bienestar crea en la gente —atrae inversiones y genera empleos en plantas que producen a menores costos. Los ejemplos de Irlanda, Luxemburgo, las Islas Vírgenes Británicas, Madeira, Malta, Chipre, Belice, Mónaco y otros más suelen mencionarse como ejemplos.

No es la única variable de la que depende la prosperidad, pero sí una de las condiciones necesarias en el combate de la pobreza que se logra por medio del crecimiento económico —y tiene como premisa una condición necesaria: la reducción del aparato gubernamental.

Puede encontrarse más información en el Adam Smith Institute —pero lo que he tratado de hacer es llamar la atención sólo sobre una paradoja interesante: quien pide que el gobierno crezca y tenga más funciones, también está pidiendo que el gobierno le quite más dinero del bolsillo. Es una actitud poco comprensible.

Quizá sea producto de una falta de conciencia personal, de cortedad de vista, o alguna otra causa. Es posible que la persona piense que a ella no el afectarán los impuestos, pero sí a otros y así piensa que se beneficiará del daño ajeno —una actitud egoísta y miope, pero que es común.

Si una empresa es sujeta a un alto impuesto, sus productos serán más caros, sus oportunidades de inversión menores y eso repercutirá en el resto de la gente, aunque ellas no paguen ese impuesto.

Competencia fiscal

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La idea es simple. La llamamos competencia.

Consiste en disponer de alternativas variadas de bienes y servicios.

Lo opuesto sería tener un monopolio, por ejemplo, de gasolina.

Con competencia, habría varias marcas que comprar.

Eso tiene ventajas para el consumidor: si el vendedor quiere tener éxito sostenido, debe de atraer a clientes y para hacerlo, debe darles gusto.

La vida del vendedor en competencia no es placentera, como sí lo es la del propietario de un monopolio que no tiene que complacer a nadie para tener ingresos.

La competencia es una situación compleja, en la que el deseo de ganar más que tiene el vendedor solo puede lograrse complaciendo al comprador.

Un mecanismo doble que pone freno a las maneras negativas en las que se busca ganar más.

Muy bien, eso lo sabe todo el mundo. Lo que bien vale una segunda opinión es trasladar la idea de competencia a otros campos.

Sabemos que la competencia funciona muy bien en economía. El punto ahora es trasladarla a, por ejemplo, la política.

Existe competencia en las elecciones, por ejemplo, pero eso es un día cada varios años. Sería una gran idea incorporar a la competencia durante todos esos años en los que realmente el gobernante no está en competencia con otros.

Una idea ilustra esto: la competencia fiscal, es decir, entre tasas de impuestos entre naciones y dentro de ellas.

El país A competiría en impuestos con el país B, cada uno ofreciendo quizá impuestos más bajos y más sencillos. O bien la región C dentro de un país podría competir de igual manera con la región D.

Esto permitiría a los ciudadanos seleccionar las opciones más ventajosas para ellos. Forzaría a los gobiernos a continuamente buscar complacer a la gente.

“Nosotros ciudadanos queremos competencia de impuestos porque queremos gobiernos que compitan para proveer el mejor gobierno al menor costo…”, dijo Grover Norquist recientemente.

La idea es fenomenal. Podemos ver el contraste con lo que actualmente se tiene.

Los gobernantes son máquinas de aumentos de impuestos y canales de gasto público, sin que exista preocupación alguna por ser productivo y eficiente. Peor aún, los gobernantes hacen algo que prohiben a otros.

Ellos buscan crear cárteles internacionales de impuestos: países que cobren todos los mismos y crecientes impuestos.

Critican y desean cambiar a los países cuyos gobiernos tienen la osadía de cobrar menos impuestos. Ellos son competencia indeseable, que les quitan clientes.

Odian los monopolios, pero tienen el peor de todos, el fiscal.

La idea de competencia entre países, con impuestos, puede llevarse al interior de cada uno. Esto nos lleva a dos posibles situaciones.

• Impuestos centralizados, cuando dentro de un país la gran parte de los impuestos se recolectan por el gobierno central y los gobiernos locales cobran una proporción muy pequeña.

• Impuestos descentralizados, cuando dentro de un país una parte grande de los impuestos totales que paga el ciudadano los cobran los gobiernos locales y proporcionalmente menos el gobierno central.

Esta descentralización es la que facilitaría la competencia fiscal entre regiones de un mismo país. La centralización fiscal, en cambio, dificultaría la competencia fiscal interna.

Piense usted en la situación de un gobierno local, cuyos ingresos dependen de la asignación de fondos que haga el gobierno central que es el que cobra la gran mayoría de ellos.

En este caso, los gobiernos locales se vuelven negociadores de asignaciones centrales, de las que depende su vida.

En esa situación, simplemente no les interesa complacer fiscalmente a sus gobernados, los que pagan los impuestos centrales. Pero sí les interesa complacer a quien reparte los fondos, y lo harán incluso con actos cuestionables.

Al final de cuentas, el asunto es uno se simple sentido común.

Si cuando voy a comprar un automóvil tengo a mi disposición una gran cantidad de marcas y modelos que compiten por mi preferencia, no veo razón alguna por la que no hagan lo mismo los gobiernos con sus impuestos.

Post Scriptum

La publicación de la que tomé la cita y otras ideas es Norquist, G. G. et al (2014). A U-turn on the Road to Serfdom: Prospects for Reducing the Size of the State (Occasional Papers). Institute of Economic Affairs. El pequeño libro puede ser obtenido sin costo en el sitio de IEA.

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