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Plan Abracadabra
Textos de un Laico
23 febrero 2009
Sección: ECONOMIA, Sección: Asuntos
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ContraPeso.info presenta una idea de Anthony B. Bradley. Agradecemos al Acton Institute el amable permiso de publicación. La idea central del escrito es exponer la premisa básica y falsa de la que parte cualquier plan de estímulo económico basado en un gasto extraordinario de gobierno.

El plan de estímulo económico por 787 mil millones firmado recientemente por el presidente Obama reconoce correctamente que ese gasto estimula a la economía. Esa medida, sin embargo, está fuera de objetivo.

El gasto del consumidor es la máquina que hace crecer a las economías, no el gasto frívolo del gobierno en “necesidades” futuras. Hemos olvidado lo que nos dijo Frank Taussig, el economista de Harvard y ex presidente de la American Economic Association. En Principios de Economía, de 1911, escribió, “Debemos aceptar que el último juez es el consumidor”.

Como lo muestra la historia reciente, las crisis económicas despiertan un pánico emocional que nos tienta a creer que la planeación central de la economía es la medicina para el crecimiento económico y la mejor salvaguarda en contra de volatilidad futura.

Para empeorar las cosas, expertos parlanchines guían a gente llena de ansiedad a creer en la noción de que sin la vigilancia gubernamental estamos perdidos. La historia ilustra una gran tentación moral de las crisis económicas: una creencia soberbia en nuestra capacidad para “salvar” a la economía por medio del control de los millones de personas que en ella participan a diario.

El pánico de la Gran Depresión produjo el incentivo de crear la Cowles Commission for Research in Economics en 1932, por parte de Alfred Cowles. La comisión intentó asociar a la teoría económica con las matemáticas y la estadística. Por tanto, muchos economistas trabajaron bajo la desviada presuposición de que podían predecir las preferencias futuras de los consumidores usando números.

Este intento mágico de equiparar ecuaciones matemáticas con los deseos futuros de 300 millones de personas, muestra el mismo tipo de exceso de confianza que sostiene a la idea de gastar miles de millones de dólares para crear una demanda artificial de los llamados “nuevos empleos”.

El 19 de abril de 1933, en uno de los intentos iniciales del gobierno para controlar la economía, los EEUU abandonaron el patrón oro por una proclama presidencial. F. Roosevelt nacionalizó el oro que era propiedad de los ciudadanos particulares y abrogó contratos en los que el pago se especificó en oro. Fueron destruidas casi 445,000 monedas recién acuñadas de 20 dólares, Doble Águila. El 5 de junio de 1933, el congreso anuló todas y cada una de las cláusulas de oro en contratos públicos y privados.

En 1936, John M. Keynes publicó la Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero. En ella mantenía que el modelo clásico que Taussig apoyaba era un caso especial y aplicable sólo a situaciones de pleno empleo. Keynes afirmó que en tiempos volátiles y de ansiedad, la economía necesitaba un gobierno activista para la creación de pleno empleo.

Las acciones reparadoras de los agentes gubernamentales serían más exitosos que la operación libre de las personas humanas. Keynes aconsejó a los gobiernos que elevaran la oferta monetaria para solucionar la depresión, una recomendación que influyó en el New Deal y de la que tiene ecos el plan de recuperación de Obama.

El 11 de noviembre de 1940, Frank Taussig falleció y con él murió el sentido común de que el consumidor es el árbitro final del crecimiento económico porque los consumidores intercambian dinero por bienes y servicios que desean. El plan de Obama, de crear 3.5 millones de empleos en transportación, ecología, banda ancha y otros proyectos de infraestructura, parece no entender este principio central.

Por ejemplo, ¿Por qué no existen ahora “empleos verdes”? Quizá no existan porque las personas no quieren “productos verdes”. ¿Es aconsejable, entonces, inventar preferencias que la gente no tiene? Crear empleos que no tienen demanda y producir bienes caros que la gente no quiere ni necesita, no estimulará a la economía en el largo plazo.

Es puro orgullo el que intenta rediseñar el carácter de la economía en uno que se acomoda la proclividad ideológica personal.

Nancy Pelosi, la demócrata Speaker of the House, en el congreso, dijo que la ley del estímulo es un crédito al progreso de la nación. “Invirtiendo en nuestros empleos, en ciencia e innovación, en energía y educación… estamos invirtiendo en los estadounidenses, lo que es la mejor garantía del éxito de nuestra nación”, dijo ella.

¿Es realmente “invertir” arrojar dinero que el país no tiene en programas sin éxito probado? ¿No es este experimento una carga excesiva a las generaciones siguientes quienes deberán pagarlo?

No importa cuál sea la fórmula mágica que los legisladores usen para intentar cambiar en el futuro las preferencias de gasto de los consumidores, mientras estos se sientan inseguros acerca del provenir la economía seguirá sin dinamismo. Las necesidades reales deben ser dejadas para crear la demanda real y, por tanto, empleos realmente sostenibles.

La arrogancia lleva a los políticos a pensar que ellos pueden arreglar a la economía agitando la mano con la vara mágica de gasto público. Pero las pociones mágicas económicas no funcionan y sólo crearán las condiciones, dentro de la siguiente generación, para la percepción de la necesidad de otro paquete de estímulo económico.

Nota del Editor

Las ideas de Bradley en esta columna recuerdan la vieja aclaración: no hay duda de que la economía de un país necesita ser planeada, la disyuntiva es quién la planea, el gobierno o los particulares. Si la planea el gobierno, ello por necesidad viola las libertades humanas, pues las decisiones que podrían ser libres son anuladas por las decisiones de gobierno.

Por otro lado, Bradley parece sugerir al principio que el gasto es bueno en sí mismo como estimulante de la economía (y defiende que el gasto lo decida la persona). No estoy tan seguro y prefiero ver el tema desde una perspectiva más amplia: es la persona la que decide y, por eso, toma decisiones no sólo de compra de bienes, sino también de ahorro, que es lo que se invierte, convierte en capital, genera empleos y eleva ingresos. El ahorro es también un estimulante de la economía y uno básico, que no hay que despreciar, como lo hizo Keynes.

No sé si el sentido común económico murió con Taussig. Más bien creo que se mantiene vivo en nuestros días, en las obras de personajes como Rothbard, Hazlitt, Mises, Hayek y muchos otros, todos opuestos a los “abracadabras” del intervencionismo.


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