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Populismo: Democracia Degradada
Selección de ContraPeso.info
13 julio 2009
Sección: POLITICA, Sección: Análisis
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ContraPeso.info presenta una idea de sobre el populismo en Latinoamérica. Agradecemos a CADAL el amable permiso de publicación. Los autores son Héctor Ricardo Leis y Eduardo Viola. Es un texto realmente notable, cuyo título original es El dilema de América del Sur en el siglo XXI: democracia de mercado con Estado de Derecho o populismo. Un tema también tratado en América Latina: Sus Populismos.

La tesis central apunta un cambio en el populismo al que tanto tiende la región: su arribo por la vía de elecciones democráticas y ya no por la del caudillismo. Los énfasis son del editor.

Es grande el retroceso político que se vive actualmente en varios países de América del Sur. En medio de un ciclo de democratización aún no consolidado, iniciado en los años ochenta del siglo pasado, la región registra una presencia cada vez más fuerte del populismo.

Este fenómeno ocupa casi todo el escenario político en la Venezuela de Chávez, en la Bolivia de Morales, en el Ecuador de Correa y en la Argentina de Kirchner. Aunque en menor grado, amenaza también el futuro de países como Perú y Brasil.

Por cierto, el populismo no es algo nuevo en América Latina, pero la actual ola tiene componentes singulares que no pasan desapercibidos (Halperin Donghi, 1970; Bethel, 1999).

El fracaso de las experiencias populistas anteriores en la región, así como sus características antidemocráticas, no permitían sospechar una nueva emergencia en el actual contexto democrático. Pero algo sucedió que hizo posible este anacronismo.

Aún cuando el populismo continúe respondiendo a la misma lógica contraria a la democracia del pasado, se presenta hoy con otra cara, aparentemente más atractiva. Tener en cuenta esta transformación es esencial para entender la realidad actual.

Otrora repudiado por los nombres más representativos del pensamiento democrático, tanto de la izquierda como de la derecha, debido a su fuerte carga autoritaria asociada de forma innegable a sectores reaccionarios del militarismo latinoamericano (¿cómo entender a un Vargas y a un Perón sin estos componentes?), el populismo retorna hoy prestigiado por las urnas de la democracia y con su pasado prácticamente olvidado.

Así, el retroceso tiene dos caras: con el mismo ímpetu que el populismo gana votos en un gran número de países de América Latina, también gana legitimidad ideológica en el campo democrático. Es difícil saber lo que es peor, ya que nada podría ser tan perjudicial para los procesos de consolidación democrática en marcha en el continente que confundir la democracia con el populismo.

Como un claro síntoma de los nuevos tiempos, son cada vez más numerosos los autores que derraman sus óleos sagrados sobre este fenómeno. El último libro de Laclau (2005) prestigia el tema ya desde el título: La Razón Populista.

Aunque el fenómeno del populismo no haya sido analizado con ese nombre por Hannah Arendt, su génesis está asociada a los procesos que la filósofa alemana describió como deterioro del espacio público en las sociedades pluralistas cuando estas se tornan sociedad de masas (Arendt, 1973).

El elogio del populismo no se presenta hoy justificado por los mismos argumentos antidemocráticos del pasado. Por el contrario, lo que preocupa actualmente es su retórica aparentemente democrática. La historia del populismo latinoamericano puede ayudar a entender mejor este punto.

Él siempre apareció asociado al apoyo de grandes masas de la población, pero nunca fue pensado como una herramienta para la construcción de las bases de la democracia política, como se está pretendiendo hacer ahora. En el antiguo populismo la cuestión de la democracia política nunca fue central.

Los populismos de Vargas y Perón, por ejemplo, fueron construidos como reivindicación de derechos sociales, antes que políticos. Más aún, muchas veces los golpes militares conservadores en América del Sur fueron realizados como reacción a experiencias y liderazgos populistas vividas por las elites y la opinión pública democrática como amenazas a las instituciones republicanas.

Los liderazgos populistas sudamericanos siempre tuvieron un perfil caudillesco derivado de la tradición ibérica y de la influencia de los fascismos (italiano, español, portugués y alemán).

Franco, gran figura inspiradora de Perón, auto-definió su cargo, en 1939, como: “Caudillo de España por la Gracia de Dios”. El elogio actual del populismo re-conceptualiza el fenómeno en términos de las supuestas excelencias de su racionalidad política. Ahora, el populismo aparece construyendo la democracia, haciendo ingresar a los excluidos en el sistema político democrático.

Por cierto, el gran desafío de la democracia es la inclusión de los habitantes de la nación en cuanto ciudadanos.

Pero, ¿será que el populismo crea ciudadanía? ¿Será que los procesos políticos detonados por liderazgos como Perón, Vargas, Chávez, Morales y Kirchner son generadores de ciudadanos?

Ya en los años treinta del siglo XX, el filósofo Leo Strauss (1996) criticaba al jurista Carl Schmitt por darle preeminencia política a la noción de enemigo y, por tanto, a la lógica de la guerra. Cuando el comportamiento político de los actores reproduce esta lógica, la nación termina, tarde o temprano, despedazada en partes irreconciliables; lo que, por su lado, conduce a un peligroso deterioro de la gobernabilidad que deja a los individuos indefensos, en cuanto ciudadanos.

En el final de un camino sembrado de enemigos se encuentra la dictadura como la única salida posible para el restablecimiento del orden.

A pesar del siglo XX haber registrado una larga serie de resultados catastróficos, en todo el mundo, derivada de los movimientos y procesos políticos guiados por esta lógica, pocas lecciones en este sentido parecen haber sido asimiladas en América Latina.

Los intentos de producir transformaciones sociales y políticas que apunten a mejorar la vida de los individuos son absolutamente válidos. Ni conservadores, ni revolucionarios, pueden discordar con esto. La política se legitima en la tentativa de mudar la realidad para mejor.

Pero el verdadero punto de inflexión no reside en los fines propuestos, sino en los límites que los actores deben definir y adoptar para que la política alcance tales fines (Berlin, 1991).

La política supone cierto grado de enemistad y de mentira entre los actores que se disputan el mismo espacio, sin  duda. Sin embargo, desde una perspectiva democrática los actores que construyen y consolidan la democracia tienen que evitar tanto la exacerbación del cinismo, como de la enemistad.

El repertorio populista no siempre es el mismo. A veces su menú trae más cinismo que enemistad, y viceversa, pero las consecuencias nocivas para la democracia son parecidas. El fenómeno populista emerge y se fortalece cuanto más avanza en la dirección de extremos donde la preeminencia de las lógicas del cinismo y del enemigo se imponen.

El populismo atenta contra la sustentabilidad de la democracia y del desarrollo porque estos son viables, básicamente, a partir de una lógica donde Estado, sociedad civil y mercado definen espacios de convivencia y de relativa confianza entre los diversos actores (Arendt, 1959; Peyrefitte, 1999).

Recordando los años sesenta, el nostálgico Roberto Campos (1994) señalaba que América Latina era tierra fértil para el surgimiento de dos protagonistas funestos para el saludable desarrollo de la democracia: uno el demagogo y, el otro, el extremista. Ambos actores pretendiendo resolver todos los problemas con fórmulas seductoras y rápidas.

Una buena noticia de las últimas décadas es que la amplia mayoría de los actores políticos del continente reivindica la idea de democracia; pero en compensación, la noticia pésima es que estos dos actores que antes atentaban contra la democracia en separado, ahora están juntos.

Una de las circunstancias más tristes de América Latina es la actual convergencia “democrática” entre demagogos y radicales, fruto del fracaso histórico de la revolución socialista en el mundo.

Para los populistas es fácil ser seductores: ellos gastan lo que no producen y culpan a los otros cuando la fiesta acaba. En todas sus variantes el populismo siempre fue contrario a la economía de mercado. Y peor aún, vende la imagen de que las riquezas son un fruto mágico de la nación que el Estado debe apenas administrar con “justicia”.

De este modo es fácil caer en las redes de la seducción, ya que nadie parece tener que hacer un esfuerzo mayor para mejorar su vida. Obviamente, si algo va mal ¡la culpa será del capitalismo y del imperialismo!

El resultado previsible en el corto o largo plazo es la degradación de la democracia y la infelicidad de la nación. Las promesas de la democracia son de procedimiento, apuntan principalmente en la dirección de garantizar las libertades económicas y políticas.

En rigor, la receta populista conduce a los países al fracaso porque centraliza todas las decisiones económicas y políticas. En un país como la Venezuela de Chávez, donde el Estado monopoliza el petróleo de la misma forma que la opinión pública, no hay lugar ni para el crecimiento de la economía, ni de los ciudadanos.

Por el contrario, las promesas de la democracia no giran en torno a dádivas ofrecidas por el Estado con pases de magia, sino del ofrecimiento de igualdad de oportunidades para que los ciudadanos cuiden de su destino de acuerdo con sus méritos. La democracia puede volverse seductora cuando es confrontada con la dictadura.

Pero América del Sur ya no puede continuar justificando la democracia en función de regímenes dictatoriales que existieron más de dos décadas atrás. Aquellos que maquillan la democracia con las soluciones fáciles del populismo están, en rigor, degradando la democracia para sus fines particulares.

La diferencia del antiguo en relación al nuevo populismo es que el primero no perjudicaba a la democracia con su fracaso (la cual, de hecho, se constituía en su alternativa). Hoy, sin embargo, las cosas son diferentes, las experiencias populistas afectan negativamente a las democracias que las albergan.

Las promesas de solución integral de los problemas de la nación en forma inmediata implican, cuando se da la llegada del populismo al gobierno, una segura violencia contra el sistema institucional establecido. El radicalismo de las promesas obliga a estos gobiernos a quemar etapas a fin de justificar su existencia en el corto plazo entre una elección y otra.

A propósito, ¿no sería ésta la mejor explicación para la corrupción desmedida del primer gobierno de Lula (2003-2006)? Su esquema de “caja dos” probablemente no tuvo como objetivo el enriquecimiento ilícito de sus operadores, aunque ciertamente esto haya acontecido en varios casos, su objetivo principal fue mucho peor, fue quemar etapas para que Brasil llegara lo más rápido posible a ser colonizado por el PT.

¿Y qué sucede con la ciudadanía cuando se resienten y banalizan las instituciones? En el límite acontece ciudadanía cero y exclusión total. El populismo quiere incluir a las masas dentro del sistema político, pero sin crear ciudadanía, sin  crear consensos en torno a los verdaderos procedimientos para encontrar soluciones para los problemas económicos y políticos.

La falsificación democrática del populismo reside aquí: no crea ciudadanía, sino mayorías desprovistas de conciencia al servicio de las elites de turno (todo a costa de las instituciones democráticas y del dinero de los contribuyentes).

Los excluidos merecen ingresar por la puerta en el sistema político, no por la ventana. La inclusión populista no sobrevive al paso del tiempo porque ella solo promueve el clientelismo político de las masas.

La emergencia del populismo muchas veces encuentra su justificativa en las crisis de la democracia, pero las promesas que elevan a los populistas hasta el gobierno nunca se refieren al perfeccionamiento de las instituciones. Por el contrario, la radicalización populista de la democracia se construye contra los derechos de los individuos y las reglas del libre mercado.

Infelizmente, la democracia es una construcción que no sobrevive al debilitamiento de las leyes y de las instituciones. En rigor, en el largo plazo, sin  un buen Estado y un buen mercado no hay democracia posible.

Los ciudadanos están obligados a ser realistas, porque con la utopía no se garantiza el aumento de la productividad de la economía ni un Estado eficiente, neutral y previsible. En este sentido, si existe algo que los populistas no saben ni quieren hacer es cuidar al Estado. ¡Para ellos el Estado es siempre un botín de guerra! Nadie debería extrañarse de esto.

Siendo la lógica de la guerra la que conduce a los movimientos populistas al poder, el Estado sólo puede ser concebido como patrimonio del vencedor. La entronización del asistencialismo clientelar y de una tributación excesiva, así como la multiplicación de los cargos de confianza para los militantes, la apropiación indebida de recursos y otros casuismos y violencias jurídicas, destinados a la perpetuación en el poder, son evidencias de que el avance del populismo está íntimamente asociado a la decadencia del Estado y del libre mercado.

Cuanto más débiles son las instituciones de un país, más expuesto éste queda a la aventura populista. Cuanto más avanza el populismo, más se debilitan las instituciones.

Sorprendentemente, aunque refiriéndose a Europa, un autor como Schmitter (2006) observa aspectos positivos y negativos del fenómeno populista en la realidad actual.

Podemos concordar con Schmitter que el populismo se justificaría cuando surge para combatir el déficit de democracia. Sin embargo, si este fuera el caso, para que existiera un populismo realmente “positivo” su liderazgo debería ser populista-institucionalista, lo que parece contradictorio, ya que la legitimidad del populismo se conquista contra las instituciones y nunca a favor.

El populismo es siempre una forma inestable dentro de una democracia que funciona, por lo tanto, cuando deja el escenario las instituciones democráticas quedan peor que antes. Para que las instituciones sean fortalecidas, el liderazgo populista, después de cumplir su función “positiva”, debería ir progresivamente perdiendo legitimidad e ir “apagándose” sin  luchar, combatido por el crecimiento de una ciudadanía ilustrada.

Sin embargo, no se registra ningún caso de un populismo como éste. La perversión del populismo en América Latina, a diferencia de lo que puede significar eventualmente en Europa, queda clara cuando observamos el desarrollo de la ciudadanía a través de los ojos de Marshall (1950).

Para este autor, la ciudadanía es un factor decisivo de la consolidación democrática, no obstante lo que debe ser correctamente observado es que existe un proceso evolutivo lento y gradual de adquisición de derechos civiles, políticos y sociales, producidos en ese orden.

Este orden es fundamental para la democracia porque si los derechos sociales son otorgados antes que los políticos tendremos una ciudadanía política inmadura que puede caer en la tentación de las promesas del liderazgo populista que ofrezca derechos sociales no sustentables económicamente a cambio de apoyo político.

Los autores

Héctor Ricardo Leis nació en 1943 en Avellaneda y emigró para Brasil en 1977, obteniendo la ciudadanía brasileña en 1992. Posee títulos de Master en Ciencia Política por la University of Notre Dame y de Master y Doctor en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro. Fue profesor de ciencia política en la Universidad de Buenos Aires, de filosofía en la Universidad Nacional de Rosario y de Relaciones internacionales en la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro. Actualmente es profesor asociado del Departamento de Sociología y Ciencia Política de la Universidad Federal de Santa Catarina, participando en el Postgrado en Sociología Política y en el Postgrado Interdisciplinario en Ciencias Humanas.

Eduardo Viola nació en 1949 en Campana, en 1976 emigró para Brasil y en 1989 se naturalizó brasileño. Doctor en Ciencia Política por la Universidad de São Paulo (1982) y Post-doctorado en Economía Política Internacional por la Universidad de Colorado (1991). Es profesor titular del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad de Brasilia desde 1993. Fue profesor de las siguientes universidades: Stanford, Ámsterdam, Colorado at Boulder, Notre Dame, Georgetown, San Martín, Estadual de Campinas, Federal de Santa Catarina, Federal de Rio Grande do Sul, Tecnológica Argentina y Buenos Aires.

Nota del Editor

Aquí fue presentada la primera parte del texto completo. En el futuro muy próximo se publicará la segunda. Ambas pueden ser leídas como piezas independientes, pero en conjunto son aún más valiosas. La bibliografía puede ser consultada en la publicación original.


ContraPeso.info es un proveedor de ideas que explican la realidad económica, política y cultural y que no contienen los medios dominantes. Sostiene el valor de la libertad responsable y sus consecuencias lógicas.


2 Comentarios en “Populismo: Democracia Degradada”
  1. Adriana E. Ferrante Dijo:

    … Pienso que el populismo es un derrame natural de una situción económico-social injusta heredada de estas elites que nunca estuvieron/estarán dispuestas a copmpartir \”sus\” riquezas/malolientes, sus beneficios de todo tipo, cuyo origen presenta más dudas que certitudes… Será mejor, señores académicos que escriban y teoricen sobre sus \” maravillosos\” países adoptivos. Realmente,vuestro artículo produce náuseas. NOTA DEL EDITOR: su odio por un sector rico por causa de privilegios de gobierno, le lleva a aceptar otra mala opción, el populismo.

  2. Luz Dijo:

    Los que suiscriben el artículo, a mi parecer y sin conocer su carrera ostentan toda la ideología y son hijos de su tiempo, de los Chicago Boys, aquella generación a los que les pagaron, inclusive estudios, en el extranjero por venir a establecer una ideología y un modelo a latinoamerica ( lease a Noam Chomsky o Naomi Klein, actuales), es interesante leer artículos como este, ¿qué parte no entienden, filósofos, periodistas, literatos hijos del sistema que los que habitamos estos paises somos “populares” somos prole, somos raza, nadie nos educó, ustedes nos crearon para servir a sus organizaciones, a sus empresas, sin educación, con salarios ínfimos, con vidas jornaleras y televisiones apaciguantes y ahora se quejan del populismo que ustedes mismos crearon????? les esta saltando el aceite en la sartén y en vez de retirarlo de fuego a mi parecer le echan agua, para que salte más para que la gente despierte más, lo cual gracias a artículos como este, infinitamente les agradeceremos :)





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