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Dentro de la sección “Philosophy of History”, Magid señala que sí se le preguntase a Mill cuál es la causa eficiente del progreso, la respuesta que él daría no sería simple. En los pueblos hay etapas de civilización y en cada etapa pueden producirse situaciones que propician el avance a etapas siguientes. Un ejemplo de esto es la primera lección que debe aprenderse, según Mill.
La lección de la obediencia, condición necesaria previa al progreso, pero que no garantiza que él se tenga. El progreso o la marcha hacia grados superiores de civilización es producida por las ideas, por el ejemplo y por la moral de quienes son los líderes de la sociedad, los seres intelectualmente superiores. Para que ese grupo florezca, sin embargo, se necesita libertad como condición necesaria de progreso. Las nociones posibles de aislar tienen sentido. Existen diferentes estadios de civilización, lo que equivale a afirmar que no todas las culturas son iguales; las hay superiores, lo que choca contra el relativismo actual de considerar a todas las culturas como iguales. Segundo, las ideas tienen influencia en el camino que siga una civilización, lo que equivale a afirmar que el progreso no es un destino garantizado; otro ataque al relativismo intelectual de estos tiempos y que cree que todas las ideas son igualmente valiosas. Tercero, la necesidad de líderes intelectuales que sean ejemplo al resto, lo que es igual a afirmar que existe la necesidad de personas ejemplares en puestos de influencia; la corrupción y la mediocridad de los gobernantes, por tanto, ocasionaría efectos negativos en las personas. Y cuarto, se requiere libertad para progresar, lo que Magid explica de la siguiente manera. La argumentación a favor de la libertad sigue un proceso sencillo: el progreso es la consecuencia del surgimiento de nuevas ideas; esas nuevas ideas emergen únicamente como retos a las nociones aceptadas; poner en tela de juicio a las ideas prevalecientes en un momento dado sólo puede hacerse bajo la condición de que existe libertad. Pero en esto existe una amenaza. Las ideas prevalecientes en algún momento son las que producen estabilidad en la sociedad, es decir, retar a esas ideas aceptadas con nuevas ideas es un riesgo de inestabilidad que Mill reconoce.
Hay otra noción a señalar en lo anterior. La libertad es condición para el progreso por una razón de sentido común: sin libertad no puede haber exploración intelectual ni creación de nuevas ideas, las que son necesarias para progresar. Hasta aquí la noción sería simplista de no señalarse que las nuevas ideas no necesariamente garantizan progreso, pues ellas retan la estabilidad fundamentada en las viejas ideas. Se tiene, por tanto, al progreso como un camino incierto, dependiente de que las nuevas ideas lo produzcan; sería perfectamente concebible que no lo hicieran. Los signos de la civilización, continúa Magid, son la existencia de un gobierno responsable y el avance de la ciencia, especialmente de las disciplinas sociales. Además, Mill acepta el movimiento inevitable hacia democracias crecientes, equivalentes a más y mayor igualdad. Lo acepta como Tocqueville, creyendo que es un problema que deben enfrentar quienes desean progreso. La razón: la igualdad llevada a extremos es opuesta a la justicia, la libertad y el respeto a la excelencia intelectual y moral, que son las condiciones del progreso. Dos nociones son ahora posibles de ver, las dos referentes a la igualdad. Primero, el reconocimiento de una tendencia imparable hacia la igualdad, lo que fácilmente puede comprobarse en la exaltación actual de ella. Segundo, la igualdad no es un ideal exento de problemas, pues cuando ella se torna excesiva resulta peligrosa para otros valores como la justicia, el mérito y la libertad. Mill se une a otros autores que hacen llamados importantes al respecto.
En la sección “The Argument for Representative Government”, Mill, según su comentarista, establece que el gobierno representativo tiene un sólo rival, el despotismo benévolo. Pero este despotismo tiene un problema, el de estar basado en la palabra del déspota mismo, sin otra garantía que proteja contra sus potenciales abusos. La noción sin duda recuerda a Popper y su noción de la democracia como un sistema de gobierno que permite cambios sin violencia y que opera como un seguro contra gobernantes malos. La idea es atractiva: si pudiese encontrarse un dictador benigno y templado, éste sería una opción incluso superior a la de un gobierno representativo; pero ese personaje es irreal y esperarlo en un error que se comete con frecuencia en algunas naciones con electorados tendientes a buscar ese mesías. Por tanto, la única opción válida es la del gobierno representativo. Además, muy característico de Mill, según Magid, es la argumentación que sostiene que el despotismo requiere obediencia por parte de los ciudadanos, lo que es igual a impasibilidad. Esta pasividad es opuesta al dinamismo que necesita la excelencia intelectual, moral y práctica que deben desarrollar los ciudadanos. La obediencia es un hábito deseable para tener y el despotismo ayuda a desarrollarlo en las personas, pero una vez que se ha logrado, el avance de la civilización sólo puede ser posible dentro de un gobierno popular.
Son varias las nociones a rescatar de lo anterior. Primero, puede deducirse que no todas las naciones están listas para un gobierno representativo; el electorado requiere cierto nivel de ilustración; Mill habla de la obediencia a la autoridad lograda en sistemas autoritarios y que posteriormente dan paso a sistemas representativos. Pero esa pasividad inherente a la obediencia no produce progreso, porque éste requiere dinamismo, el que sólo puede tenerse en condiciones de libertad. El gobierno popular, representativo, continúa Magid comentando a Mill, protege los derechos de las personas al mismo tiempo que promueve su desarrollo intelectual y moral, posible sólo en estados grandes. El gobierno popular es posible en estados pequeños; los grandes se aproximan al gobierno ideal por medio de la democracia representativa. Es una forma de gobierno que no es la aconsejable en casos en los que los ciudadanos tengan aún por aprender alguna lección, como la obediencia. Otra noción a considerar. El gobierno directo, por parte de los mismos ciudadanos, es mejor, pero no puede aplicarse en casos de estados grandes, por lo que la solución es la representación de ellos, como había señalado antes Montesquieu. Y, de nuevo, la noción de la preparación ciudadana; no siempre una nación está lista para ese gobierno representativo. Pero la democracia tiene sus riesgos para Mill. Por ejemplo, una democracia sin control se convierte en una democracia déspota no diferente al gobierno de un tirano. También, la democracia requiere de una oposición ilustrada, que enfrente a la mayoría en el gobierno, pues de lo contrario el grupo gobernante se tornaría mediocre e incompetente. Y finalmente, en este resumen, de nuevo una noción que invita al cuidado y la atención: la democracia tiene sus peligros si es llevada a extremos, lo que recuerda la idea de los regímenes corrompidos de los griegos. La democracia exagerada es tan avasalladora como lo puede ser un tirano. Segundo, una noción que exalta de nuevo la importancia de los líderes, en este caso la oposición que necesita ser ilustrada para tener un efecto positivo en el resto del gobierno, el de evitar su mediocridad. Por criticable que Mill u otros autores puedan ser para los partidarios del liberalismo, no cabe duda de que ellos pueden tener nociones útiles al conocimiento. De las nociones anteriores de Mill quizá las más llamativas en estos tiempos son las referentes a los peligros de la igualdad y la democracia cuando son llevadas a la exageración. Son llamados de mero sentido común ante fenómenos actuales que han colocado a la democracia y a la igualdad en nichos sagrados que no deben ser discutidos. Si se hace caso a Mill sería negativo el no tener la libertad para poner en tela de juicio a la democracia y la igualdad.
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Mill es un autor ambivalente, que con razón ha sido acusado de iniciar el movimiento opuesto al liberalismo y facilitar la creación del socialismo no marxista. Sin embargo, en esta idea que ustedes destacan, debe reconocerse que le asiste razón.
Comentario del día marzo 25, 2009 a las 12:30